“Tu pez interior. 3.500 millones de años de Historia del cuerpo humano”

“Tu pez interior. 3.500 millones de años de Historia del cuerpo humano”

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El cine popular tuvo que hacer creer a los espectadores que el hombre y los dinosaurios convivieron para poder retroceder en la Historia, aunque haya 60 millones de años de distancia entre nosotros y un Tiranosaurio. Retroceder más allá queda reservado al mundo documental. Tampoco es habitual dar con un libro que retroceda más allá de los grandes saurios. El ser protagonista de esta historia tiene cabeza, cara, ojos, extremidades y la base biológica que terminará en nosotros. También tiene 375 millones de años. Su nombre es Tiktaalik.

Título: “Tu pez interior. 3.500 millones de años de Historia del cuerpo humano”

Autor: Neil Shubin

Editorial: Capitán Swing

Tiktaalik significa gran pez de agua dulce, en la lengua del pueblo inuit del Ártico donde fue encontrado. Al día siguiente de que se anunciara su descubrimiento en 2006, el Tiktaalik abrió las portadas de periódicos como The New York Times. Esta atención fue el preludio de una semana como ninguna en la vida, por lo general más que sosegada, del profesor e investigador norteamericano Neil Shubinla. Dos años después escribiría la historia del hallazgo, y hace pocos meses se tradujo y editó en español.

Shubinla nos lleva hasta hace 3.500 millones de años y nos conecta con nuestro nacimiento como seres vivos. Para ello emplea a Tiktaalik, el primer ser reconocido con branquias y pulmones, con escamas y costillas, con una cabeza con cuello, con aletas vertebradas por hombro, codo y una muñeca que le permitiría elevar el cuerpo, o usarlas para arrastrarse fuera del agua. Es un colonizador de la tierra que podía llegar a medir casi tres metros de longitud, y del que no me gustaría estar cerca cuando hiciera flexiones en una playa lodosa.

A partir de su descubrimiento, Shubinla nos introduce en un túnel del tiempo hasta alcanzar el origen de nuestro cuerpo y cada una de sus partes, aprovechando la conexión de disciplinas físicas y químicas que se han producido en los últimos 20 años. Nunca supuse la importancia de los dientes en nuestra evolución, o el origen de los ojos que estás usando para leer esto. En este caso, Shubinla retrocede desde principios del siglo XX, cuando el investigador Mildred Hoge estaba registrando mutaciones de las moscas de la fruta, y encontró una mosca que no tenía ojos. Este mutante no era un caso aislado y Hoge descubrió que podía criar toda una línea de descendencia de este tipo de moscas, a las que llamó “sin ojos”. Cuando se secuenció el ADN hace algunos años, resultó que los genes de la mosca, el ratón y el ser humano, responsables de la ausencia o alteración del tamaño de ojos en las tres especies (la enfermedad en los seres humanos se conoce como aniridia), tenían unas estructuras y secuencias de ADN similares. Era el mismo gen. Si conocíamos un gen, o una secuencia de ADN, podíamos producir una mosca que careciera del gen o, a la inversa, una mosca con el gen activo en lugares erróneos. Utilizando estas herramientas, un equipo empezó a manipular el gen. Consiguió que estuviera activo casi en el sitio donde se propusieran; en las antenas, en las patas o en las alas. Si activaban el gen en las antenas, aparecía allí un ojo. Si lo activaban en un segmento corporal, crecía allí un ojo. En cualquier lugar en el que lo activaran obtenían un ojo nuevo. Por si fuera poco, algunos de los ojos mal situados mostraban una capacidad incipiente para reaccionar a la luz. Igualmente he retrocedido con este libro al origen de mis pulmones, o al precio que pago por la capacidad de hablar, o por haber evolucionado mi sistema nervioso desde los primeros seres que abandonaron el agua.

Si estás entre los lectores prácticos, la receta para cocinar Tiktaalik no está, y hay que atravesar por algunos nombres y familias de seres que no son populares, aunque sean nuestra familia lejana; pero la lectura de este trabajo es fascinante. Consecuencia: Dios puede que fuera un pez.

Carlos López-Tapia

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