“Un año ajetreado”

“Un año ajetreado”

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Anne Wiazemsky era una chica de 19 años cuando se le vino encima Jean-Luc Godard, con 17 años más que ella y enamorado como si Cupido existiera y le hubiera atravesado con todo el mazo de flechas de su carcaj. La conexión mutua fue inmediata. Ella era la nieta del mandarín francés de la literatura. Él un artista de mala reputación entre la burguesía bien pensante. Un año después consiguieron casarse. Esta es la historia de aquel año.

Título: “Un año ajetreado”

Autor: Anne Wiazemsky

Editorial: Anagrama

La autora y protagonista nos sitúa en el verano de 1966 para contarnos que fue entonces cuando decidió enviar una carta a Godard, hablándole de su amor por la persona que había detrás del filme “Masculino, femenino” (Lacarta.txt). Las consecuencias de aquel acto derivaron en varios meses de felicidad y angustia entrelazadas. Godard provocaba reacciones entusiastas o de desprecio con cada una de sus películas. Anne vivía como una joven heredera de una familia de la aristocracia intelectual. Él acababa de terminar la relación con una de sus actrices y se sentía solo, ella se levantaba a primera hora para recoger melocotones junto con los agricultores, y descansaba después en un auténtico castillo del siglo XVIII, parecido a los castillos de los cuentos de hadas; no había decidido que estudiar aún, pero acababa de protagonizar una película de Bresson.

La escritora, directora de cine y actriz, conviviría con Godard como su esposa y actriz fetiche durante doce años, tal vez los más interesantes del director francés. Su talento literario quedó probado al recibir el premio Goncourt en 1993, refrendado cuatro años después con el de novela de la Academia Francesa. Dos de sus obras se han llevado al cine y ahora ha deseado contar el año más intenso de su juventud.

Lo hace con maestría de gran escritora, con sensación de facilidad, y centrando en ella misma todo el relato, recreando algunas conversaciones y dejándonos entrar en su intimidad. La cantidad justa de páginas para hacer desear seguir leyendo más, y también la evocación de una joven con sus errores e indecisiones. La autora acaba de cumplir 65 años, y el libro parece ser un auto regalo, la recuperación de su juventud en primera persona, en tiempo real, sin reflexiones desde el futuro, sin análisis ni arrepentimientos posteriores; como si hubiera escrito “sentándose en el suelo y cruzando las piernas”, como era su costumbre por entonces.

El ritmo y el estilo de una frescura sorprendente, a veces similar a un diario, otras a una crónica social, con detalles de relato familiar. Privilegiada por su nacimiento como nieta del escritor François Mauriac, y su adolescencia como “chica buena, rara e inepta”, hace pasar ante nosotros retazos de la revolución estudiantil que se preparaba y estallaría en 1968; momentos de rodaje en un París rompedor y agitado por un cine nuevo que asombraría al mundo por su emoción; pero sobre todo sentimientos de una joven con criterio, enamorada de un hombre mayor, popular y extraordinario. En 217 páginas no se puede decir más.

Carlos López-Tapia

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