“Una maldita historia”

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El cine transmite con frecuencia la imagen de la persona que se adentra en el Pacífico con el propósito de ahogarse. Hay que haber experimentado el tirón de la resaca en aquellas costas para entender que basta con que el agua te llegue a la cintura para que empiece a ser un esfuerzo el retroceder. Basta con adentrarse unas pocas páginas en “Una maldita historia” para que ocurra lo mismo.

Título: “Una maldita historia”

Autor: Bernard Minier

Editorial: Salamandra

Para crear la isla ficticia donde localiza la historia, Bernard se inspira en cuatro islas reales. Tres se encuentran en el estado de Washington: Isla Orcas, Isla San Juan e Isla de Whidbey. La cuarta, situada unos 80 kilómetros más al norte, forma parte de la Columbia Británica canadiense y se llama Isla de Bowen. Ésta es la que por su relieve, con dos pequeñas montañas, se parece más a la de Glass, donde viven los protagonistas. En verano llegan turistas de todo el mundo para ver las orcas. De buena mañana, hacen cola durante horas en las carreteras que conducen a los embarcaderos de los ferris, invaden los hoteles y los Bed and Breakfast del archipiélago y anclan decenas de veleros y yates en el puerto deportivo. Este frenesí estival, de Julio a Octubre, se debe a tres películas: “Liberad a Willy” (1993), “Liberad a Willy 2” (1995) y “Liberad a Willy 3” (1997) . El rodaje se realizó en parte en las islas, e hicieron tan populares a las orcas que todo el que llega sólo desea una cosa: ver una antes de volver a casa.

La capacidad extraordinaria de Bernard Minier para imaginar un mundo que no es el suyo, justifica su comentario en los agradecimientos de esta estupenda historia. Decir que ésta no es una auténtica novela norteamericana sí es un auténtico homenaje a la novela norteamericana (y también al cine norteamericano) escrito por un autor francés. En ese sentido sí es auténtica. En ese sentido tan sólo, pese al cuidado con que ha sido escrita. En varios momentos de la lectura, adictiva, me hallé recordándome que el autor no era norteamericano, sino un estudiante de medicina frustrado francés, que con su primer libro, “Bajo el hielo”, encantó a la crítica de su país y, una serie de televisión y tres libros después, es una referencia inevitable de la cultura popular francesa.

Las casas de esta isla de la zona noroeste del Pacífico, son chalets con el techo de tablillas de cedro, ventanas cuadradas y terrazas que ofrecen panorámicas impresionantes sobre el estrecho y las montañas. Todo el mundo tiene barco o acceso fácil a uno. La vida en la isla de Glass es dulce, apacible y carente de sobresaltos. Es imaginable que, en el tronco de un árbol, alguien haya grabado “El paraíso perdido”. Quizá uno de los turistas que cada año se quedan extasiados delante de la vista y por un instante sueñan con renunciar a su vivienda de la ciudad, su estresante vida dominada por la tecnología y su carrera contra el tiempo, para instalarse aquí.

El protagonista de la historia, cuando lo conocemos está a punto de abandonar la adolescencia para siempre, de aprender que los paraísos están hechos para perderlos. Y que muchas génesis comienzan con un crimen. Pero Minier va más allá de plantearnos una trama criminal, al cerrar el libro con un giro que nos deja helados y con la certeza de ser uno de los mejores finales en el género. A día de hoy nos acercamos a los 7.000 millones de abonados a la telefonía móvil y a los 3.000 millones con acceso a internet. Es un escenario implacable de actuación, que no puede obviarse… y que Bernard maneja tan magistralmente como hace con la información que nos da y que nos oculta. Francia parece haber perdido un médico mediocre para ganar un escritor sobresaliente.

Carlos López-Tapia

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