“Cafarnaúm”

“Cafarnaúm”

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La web oficial.

El argumento: Tribunal internacional. Zain, un niño de 12 años, declara ante el juez. El juez: “¿Por qué has demandado a tus propios padres?” Zain: “Por darme la vida”.

Conviene ver: “Cafarnaúm” es el nuevo trabajo como directora de Nadine Labaki (“Caramel”, “¿Y ahora adónde vamos”?) y pulveriza todas nuestras barreras emocionales por el desparpajo que tiene a la hora de narrar la odisea de un niño de 12 años en un pequeño pueblo de Líbano que se rebela contra sus padres imponiendo una demanda judicial en su contra hastiado de vivir con ellos y de su doble moral a la hora de cuidar a sus hijos, no importándoles traer descendencia al mundo de esa manera, siendo un ejercicio de irresponsabilidad ante la miseria de su entorno y la crisis de los refugiados que son carne de desarraigo, iniciándose un proceso que parte de una premisa tan rocambolesca como expositiva del mundo que vivimos pero que sirve para tratar temas como la desidia paterna y la falta de oportunidades para unos críos desamparados y condenados a su suerte entroncándola en cierta manera con “Nader y Simin, una separación” o “Gett: El divorcio de Viviane Amsalem” en su baza judicial y a “Los olvidados” o “Ladrón de bicicletas”. Precisamente, el núcleo emocional de la película es la particular alianza que termina teniendo Zain, el niño protagonista, con una especie de “hermano de leche” y cómplice ante la adversiad que el destino le pone en su camino, cuando conoce a una madre soltera etíope, y del que tendrá que hacerse cargo por las mugrientas calles del país cuando se quede desamparado. La película puede en algún momento pasarse de alardear y dar vistosidad a la pobreza y darle, incluso, un toque luminoso, picaresco y humorístico, pero eso sin duda lo que hace es convertirla en un plato mucho más accesible y exportable para el resto del mundo que, en verdad, necesita ver una cinta con secuencias muy poderosas, trascendencia en su mensaje y un gran trabajo de dirección de actores ya que Labaki, no sólo ha dado forma y consistencia a una película que llega al espectador con fuerza emocional, sino también en saber dirigir y captar las reacciones de sus jóvenes protagonistas tirando de intuición y naturalidad genuina en un proceso muy orgánico que lleva a que la película sea lo que es gracias al trabajo de los dos niños (uno de ellos un bebé de apenas un año que es todo expresividad y verdad) que asumen la vida que se les presenta con obligada madurez ante sus desventuras, algunas de ellas cobrando realidad durante el propio rodaje y confluyendo con lo que en la película se estaba contando.

Es una pena que el término “pornografía emocional” se haya etiquetado a una película tan valiente como necesaria en el que la voz de Labaki, apoyándose en escenas potentes, momentos costumbristas, música atmosférica y épica, y diálogos siempre pertinentes y propios de la inocencia de la infancia, dando un aire universal y popular al conjunto sin renunciar a la cuota de autor. Aunque muchos le critiquen a Labaki precisamente adoptar una mirada más propia de una extranjera (influida por el mercado internacional que ya le llevó a ganar el Premio del Público en el Festival de Toronto con su anterior trabajo en 2011) que de verdaderamente una ciudadana pegada a la realidad de su país (otra crítica es que se reserve el bienintencionado papel de la abogada como conciencia moral de la historia), pero la cinta destaca por su calidad, contundencia y mensaje hacia la reflexión del mundo que estamos construyendo y al que sólo prestamos atención a través de los telediarios y mirando, de manera consciente o no, hacia otra parte.

Un primer plano final arrebatador hacen que la esperanza y el pesar, la sonrisa y la lágrima, se den de la mano y confluyan y emerjan de manera definitiva tras todo el peaje de una película, que se ve durante todo momento entre la ternura que nos despiertan sus personajes, el drama de lo que les pasa y el estupor ante la inoperancia de la comunidad internacional, y que realmente es el trabajo más redondo de Labaki y su salto definitivo como realizadora por su manejo de la cámara y de la tensión y emoción que atesora su historia, y que lo apoya todo en la mirada curiosa pero rota de una infancia perdida por el continuo espíritu de supervivencia. Interpretación inolvidable y llena de fuerza y rabia de su crío protagonista, Zain Al Rafeea, niño sirio que ahora vive en Noruega con sus padres siendo víctima también él del éxodo, el rechazo y la pobreza, y que sostiene la película sobre sus espaldas siendo un pícaro de carácter quijotesco que aún es capaz de sentir que su deber es ayudar a los que están peor que él y también rebelarse como un animal herido ante la injusticia, en un crescendo tan consecuente como vibrante que desemboca en un final que te deja destrozado sin dejar de dar paso a un halo de esperanza con una Labaki que tiene sus trucos como realizadora pero también una mirada limpia y nada cínica sobre la situación que describe y prevaleciendo un gran talento como narradora para construir un arco dramático y una narrativa emocional que debería ensenarse en todas las instituciones humanitarias, políticas y escuelas, tanto las de cine como las generalistas en las que películas como ésta son importantes y trascienden lo fílmico porque nos alertan y enseñan para reflexionar y mejorar como seres humanos a través de la visión de los que más sufren, los débiles, en este caso como una infancia que ante la dejación de las funciones de muchos, y la falta de toma de conciencia de otros, asiste al retrato de las injusticias de nuestro tiempo.

Conviene saber: Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2018 y nominada al Oscar 2019 a la mejor película de habla no inglesa siendo la segunda candidatura consecutiva de Líbano en estos premios.

La crítica le da un NUEVE

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