“Vida oculta”

“Vida oculta”

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La web oficial.

El argumento: Franz y Fani Jägerstätter son un feliz matrimonio que vive con sus tres hijas en su granja alpina en Sankt Radegund, Austria. Son campesinos, viven y trabajan rodeados de un impresionante paisaje montañés. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, los hombres comienzan a respaldar el nazismo, pero Franz no se deja arrastrar por la corriente mayoritaria. Se resiste a prestar juramento a Hitler y se convierte en el primer objetor de un mundo de ferviente nacionalismo y creciente ideología de odio. El amor incondicional de su esposa y su fe inquebrantable, se convertirán en sus principales aliados para afrontar las graves repercusiones que su decisión provocará…

Conviene ver: Terrence Malick vuelve al cine con “Vida oculta” y es que, tras los vapuleos e idas de autor engullidas por un sentido de la divinidad demasiado abstracto en títulos como “To the wonder” (2012), “Knight of cups” (2015) y “Song to song” (2017), el director ha vuelto a demostrar todo su magisterio en una obra bellísima, emocionante, calculada con precisión de artesano y catedralicia por todo lo que tiene de ejercicio monumental de tres horas en el que el realizador de 76 años lleva a cabo su obra magna, una especie de “La lista de Schindler” en su regreso a la II Guerra Mundial contando la historia del objetor de conciencia Franz Jägerstätter que tras negarse a servir junto a los nazis en la II Guerra Mundial, negándose al saludo oficial del régimen, fue ejecutado por estos en 1943 con un pueblo que iba arrodillándose ante el mal. Decimos que “Vida oculta” se asemeja a la obra de Steven Spielberg por todo lo que tuvo en su momento de obra cumbre para el director y es que Malick, sin abandonar un cine que tira de reflexiones en voz en off que parecen derivar desde el alma más interna de sus personajes, o incluso de la propia divinidad que parece en cierta manera contemplar desde el cielo lo que ocurre, demuestra que no hay director que maneje la cámara con igual mezcla de grandilocuencia, belleza pictórica, calculado detalle, capacidad de fascinación y riesgo en su incursión a la II Guerra Mundial centrándose en una historia en concreto, tan corriente como peculiar y sepultada por los libros de Historia, que nos lleva a una población campesina llamada Radegund donde vemos el día a día de una familia entre la siembra, el ganado y la contemplación de un paisaje idílico desde una perspectiva panorámica como si la cámara de Malick fuera directamente la del ojo de Dios. Y es que, a pesar de eso, donde la cinta no hace más que subir puntos es en ese minimalismo que lleva a que sean los silencios y el transcurrir de los acontecimientos sin necesidad de escenas bélicas, momentos cruentos o villanos arquetípicos para poder sentir de igual manera el ambiente enrarecido, la angustia de los que se quedan y el aliento en el cogote del intento de imperialismo nazi.

“Vida oculta” tiene todo el cine del director en su película más rotunda, emocionante e impecable en fotografía, música y acabado formal. Para quedarse embelesado con una obra que es el mejor legado de Malick en su conexión permanente entre el cine y la divinidad, aquí centrándose en un objetor de conciencia, campesino padre de familia, que lleva a cabo su particular “via crucis” por no servir a la patria mientras los suyos, especialmente su mujer a cargo de las tres niñas pequeñas del matrimonio, tiene que sacar la granja y las tierras hacia adelante con la única ayuda de su fortaleza y la rabia de los que le privan de que su marido pueda estar con ella y sus hijas sólo por su valentía y sus ideales. Un contraste entre el viaje a los infiernos de unos y otros, tanto burocráticos por un lado como físicos y emocionales por otro, así como las contradicciones que emergen y sin ninguna posición de querer sentar doctrina o meter el dedo en el ojo del lagrimal, mientras un régimen cruel y deshumanizado es capaz de condenar y abandonar a su suerte incluso a los suyos, sólo por no seguir el demencial plan invasor y político del nazismo. ¿Se puede palpar el miedo, la miseria y la dignidad en tiempos tan nefastos como los de la II Guerra Mundial? Esta cinta demuestra que sí calando en los huesos con oficio, a fuego lento y sin aspavientos con una economía narrativa y de gestos encomiable para todo el poso que hay debajo de la superficie.

No es que Terrence Malick sea un ejemplo de director de actores pero aquí todos ellos están perfectamente insertados en la historia, desde los que tienen más relevancia hasta los que pasan a ser meramente anecdóticos. Es el caso de un August Diehl que se echa a la espalda la película con sobriedad, laconismo pero también contención que desarma ante una mirada entre la resignación, la determinación, el dolor y la dignidad. Un actor que encuentra aquí un gran trabajo para cincelar tras una extensa carrera en Alemania volviendo a aprovecharse Malick de esa facilidad suya a la hora de retratar ecosistemas familiares dando preponderancia al papel de la madre en relación con sus hijos, correspondiendo ahora a Valerie Pachner ese papel de sufridora que no puede tirar la toalla siendo la única que puede sacar a su familia adelante tras la larga ausencia de su marido arrinconada y ninguneada por unos vecinos y una iglesia egoísta e hipócrita que se apuntan a la sombra poderosa nazi que en ese caso es la que lleva el viento a favor tomándose el acto de este hombre común como una traición a la causa. En el reparto, dentro de un buen número de actores más o menos conocidos, a destacar las últimas interpretaciones de los fallecidos y recordados Michael Nyqvist y Bruno Ganz.

La insuperable fotografía de Jörg Widmer, sacando todo el partido a la luz natural de los Alpes austriacos y al día a día de los trabajos de los campesinos y los juegos de los niños, y la brillante y envolvente banda sonora de James Newton Howard redondean una película inabarcable, bellísima y monumental digna de estudio sobre la amplitud del mal y la dignidad humana a través del pacifismo como ejemplo de que incluso el propio cine puede trascender y alcanzar una dimensión mayor con genios como Terrence Malick permitiéndose tratar temas tan complejos como el de la resistencia y la fe en tiempos de crisis, auges de radicalismos y deriva de los organismos políticos y religiosos rindiendo culto a esos héroes desconocidos ejemplos ante las incertidumbres del futuro y sin las loas que en su pasado merecieron. Una pena que no haya tenido el recorrido en premios que se merecía ya que, tras su exhibición en el Festival de Cannes, se confirmó su compra por parte de Fox Searchlight Pictures por un valor de 14 millones de dólares superando las ofertas de A24, Netflix o Paramount pero, finalmente, la cinta ha pasado desapercibida sin merecerlo. Un monumento fílmico para admirar que, a pesar de decaer en momentos por sensación de repetición y empacho formal, cuando encaja en su sinfonía toca el cielo como canto de valentía y honestidad frente a los que achantan con sus ideas representadas en el discurso del odio.

Conviene saber: A competición en el Festival de Cannes 2019.

La crítica le da un OCHO

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