Hollywood canalla: Jean Harlow, la rubia incombustible
Querido primo Teo:
Jean Harlow vivió apenas 26 años, pero dejó un profundo impacto en el Hollywood de los años treinta. Fue una de esas presencias sin las que no se puede entender el curso de ciertos fenómenos culturales posteriores, un destello eléctrico en una industria aún en formación. Fue la primera "rubia platino" de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown, y su melena, lograda mediante métodos químicos tan agresivos como peligrosos, se convirtió en una bandera de rebeldía. En una época en que ese color se asociaba a las mujeres de mala reputación, Harlow lo transformó en un emblema de deseo, independencia y provocación. Su estatus como gran estrella de la Metro-Goldwyn-Mayer coincidió con los años previos a la imposición del Código Hays, ese corsé moral que pretendía domesticar las pasiones del celuloide. Descarada, magnética, explosiva, Harlow encarnaba una sexualidad directa que desafiaba las convenciones y escandalizaba a los guardianes de la decencia. Pero no viviría lo suficiente como para saber si su carisma habría logrado resistir los golpes del puritanismo que se avecinaba. Murió durante el rodaje de "Saratoga", que se estrenaría tras su muerte como el mayor éxito comercial de su carrera.
No se puede hablar de Jean Harlow sin mencionar la figura inquietante de su madre, Jean Carpenter, una mujer que volcó en su hija todos sus sueños frustrados. Ambas llegaron a Hollywood en 1923 desde un entorno privilegiado de Texas. El plan original era que fuera Carpenter quien se convirtiera en actriz, pero Hollywood no abría sus puertas a mujeres que rozaban la treintena sin experiencia previa. Si ella no podía triunfar, lo haría su hija Harlean, de apenas 12 años.
La ambición materna se convirtió en misión: invirtió una buena parte de la fortuna familiar en moldear a su criatura, matriculándola en los centros más exclusivos, acercándola a las esferas de poder y empujándola a aceptar cualquier oportunidad que la acercara a los Estudios.
Harlean adoptó el nombre artístico de Jean Harlow como homenaje al apellido de soltera de su madre. Empezó como extra en la Fox, pero su gran oportunidad llegó cuando Howard Hughes la eligió para protagonizar "Los ángeles del infierno" (1929), la película más taquillera de su año. El magnate, con su habitual olfato para el escándalo, organizó una campaña publicitaria mastodóntica para lanzar a Harlow como una nueva diosa del deseo, centrada en su melena rubia, hasta el punto de organizar concursos nacionales de imitadoras. El público respondió con fervor, pero la crítica seguía tratándola como una estrella sin sustancia.
Pese a su timidez natural, Harlow terminó aceptando la exposición mediática. Hughes la impulsó, pero fue en la Metro-Goldwyn-Mayer donde su talento comenzó a ser realmente apreciado. Allí se la reinventó como actriz de comedia sofisticada, se pulió su presencia escénica y se la emparejó con grandes nombres del momento, como Spencer Tracy, William Powell y, sobre todo, Clark Gable. La química con Gable fue tan explosiva que el Estudio los convirtió en pareja habitual: protagonizaron seis películas juntos y todas arrasaron en taquilla.
Brilló en títulos como "Tierra de pasión" (1932) y "Cena a las ocho" (1933), e incluso se atrevió a renunciar temporalmente a su icónico rubio para teñirse de rojo en "La pelirroja" (1932). Pero su mayor logro fue encarnar una picardía sofisticada y desprejuiciada que la convirtió en símbolo temprano de liberación femenina. Esa estrategia funcionó hasta 1934, cuando el Código Hays impuso un giro conservador al cine.
De pronto, su exuberancia dejó de ser celebrada para convertirse en problema. Jean Harlow no fue la única actriz que capitalizó su sexualidad en la pantalla, pero sí una de las más identificadas con ese registro, junto a Clara Bow. Otras lograron adaptarse a los nuevos parámetros; Harlow, en cambio, parecía haber nacido para incomodar.
Su vida privada fue tan turbulenta como su imagen pública. Criada por una madre dominadora, buscó en sus relaciones sentimentales una forma de emancipación que nunca terminó de consolidarse. Se casó por primera vez a los 16 años con Charles McGrew, pero la unión duró poco, saboteada por Carpenter. Luego mantuvo un romance con Abner Zwillman, un mafioso conocido como "el Al Capone de Nueva Jersey", que la utilizó como peón en sus negocios cinematográficos.
Su segundo marido, Paul Bern, productor de la Metro-Goldwyn-Mayer, fue hallado muerto a los dos meses de casados, en un caso envuelto en misterio que se cerró oficialmente como suicidio. El tercer matrimonio, con el director de fotografía Harold Rosson, fue una farsa orquestada por el Estudio para mejorar su imagen pública. Su última relación conocida, con William Powell, tampoco llegó al altar.
En la primavera de 1937, mientras rodaba "Saratoga" junto a Clark Gable, su salud comenzó a deteriorarse. Las secuelas de una escarlatina infantil y una reciente infección dental complicaron su estado físico. Durante semanas, sus malestares fueron minimizados hasta que, ya muy debilitada, fue diagnosticada con una insuficiencia renal irreversible. Fue ingresada de urgencia en un hospital de Los Ángeles, pero nada pudo hacerse. El 7 de junio de 1937, Jean Harlow moría a los 26 años.
La Metro-Goldwyn-Mayer quedó devastada por la pérdida. Para terminar "Saratoga" (1937), recurrieron a dobles, cambios de guión y efectos de montaje. El resultado fue, irónicamente, el mayor éxito de taquilla de su breve pero intensa carrera. Como Rodolfo Valentino, James Dean, Marilyn Monroe, Heath Ledger, Amy Winehouse o Chadwick Boseman, Harlow forma parte de esa constelación trágica de ídolos que murieron jóvenes, dejando tras de sí un aura de leyenda.
Su figura fue absorbida por la cultura popular, y su peinado, otrora escandaloso, terminó siendo imitado incluso por las damas más respetables de la alta sociedad. Hoy, la cosmética capilar ha evolucionado, y nadie necesita recurrir a peróxidos abrasivos para lograr ese rubio platino que ella convirtió en mito. La fugacidad de su carrera fue un relámpago que iluminó una época. Y aunque nunca sabremos si habría resistido el paso del tiempo, o habría sido víctima del mismo sistema que la encumbró, lo cierto es que Jean Harlow vivió deprisa, murió joven, y dejó tras de sí el resplandor inquietante de las estrellas que no se apagan.
Mary Carmen Rodríguez






















