Cine en serie: "Un hombre mejor", o dar a probar la propia "medicina"
Querido Teo:
"Un hombre mejor", serie nórdica, llega con la etiqueta de "Atención, es muy buena”, lo que puede ser un error si el primer capítulo, desde los primeros minutos, no ofrece lo esperado. Bien, lo ofrece. No hay error. La serie abre con una escena donde dos amigas charlan en el camerino de una de ellas, una monologuista cómica que se inspira en el machismo para sus actuaciones. Conversan sobre una pregunta concreta: "Uniendo el tamaño de todas las pollas que se ha encontrado una amiga común en sus relaciones, ¿cuántos metros dice que sumarían?".
Corte a la segunda escena, donde el protagonista escribe en su ordenador: "Querida María: claro que iré a buscarte. No soy el típico que trata a las mujeres como si fueran hombres. Me alegra que te entusiasme Noruega, pero debo advertirte de que no es la utopía que te habrá mostrado Google. La agenda del feminismo radical aquí está ligada a tal nivel de prestigio que el precio se oculta a toda costa. Esta feminidad tóxica ha dejado al hombre escandinavo en ruinas: está deprimido, le quitan a sus hijos, satura las cárceles y las estadísticas de suicidio, y tiene que ver cómo les diagnostican TDAH a sus hijos y los lobotomizan con Ritalin solo por el hecho de ser chicos.
Noruega ama la fragilidad y odia a los hombres auténticos. ¿Y quién ha provocado ese desastre? El feminismo estatal: Karin Stoltenberg, Gro Harlem Brundtland y todas sus hijas, incluidos los hombres, sin los que Noruega tendría ley, orden y racionalidad. El poder vaginal de Noruega avergüenza a los triunfadores y hace creer a los ciudadanos más incompetentes que son perfectos solo por intentarlo. Enseña a los jóvenes que su sexualidad es, en el mejor de los casos, una broma primitiva y, en el peor, un delito contra las…".
La recepción de la serie en los países nórdicos ha estado marcada por el debate. Algunos han visto una crítica necesaria para desmontar los discursos conservadores de victimismo masculino; otros han interpretado que pone el foco en una herida social real que merece atención. La conclusión sea cual sea cada opinión es que toca un nervio sensible.
Es evidente la existencia y la consecuencia fatal del pensamiento machista, reforzado ahora por el crecimiento de movimientos conservadores que aprovechan las debilidades de democracias presentadas como fallidas en la reducción de la desigualdad social. Los hechos, en realidad, confirman lo contrario. La situación ha mejorado en democracia, la violencia se ha reducido por muy lamentable que sea su presencia continuada.
Tom Halstenssen representa a los hombres que han decidido convertir su frustración en discurso de odio. Vive en un piso pequeño y ordenado. Atiende una tienda familiar de ropa y visita a su madre en una residencia de vez en cuando. Todo parece pequeño en su vida, salvo su cuerpo, que es grande y poco atractivo.
El resto del tiempo lo pasa frente al ordenador: juega, navega por foros oscuros y participa en comunidades donde la misoginia funciona como refugio colectivo. Su identidad digital le ofrece poder y una sensación cálida: "Aquí al menos alguien me escucha", parece pensar cada vez que publica un mensaje cruel. El mundo real, en cambio, le resulta hostil y ajeno a sus deseos.
Anders Baasmo Christiansen, el actor que lo interpreta, encontró la clave en esa soledad: "Hay una soledad muy pesada en este personaje, y también me sentí así cuando rodamos, porque había muchas escenas en las que estaba solo, sentado ahí, troleando. Me sentí muy solo".
En el primer capítulo seguimos a Tom mientras pasa el tiempo troleando en foros de internet, culpando a las feministas y atacando a figuras públicas desde cuentas anónimas. Su actitud y sus actos en línea constituyen el eje inicial. Hay una subtrama relevante con un personaje secundario, Audun, un vecino que acaba de ser padre y cuya experiencia de masculinidad moderna, comprometida con su pareja en el cuidado del bebé y en las tareas domésticas, también se explora. Su mejor momento lo encontraréis en una conversación con una terapeuta en el tercer capítulo. El tercer personaje importante es la humorista feminista amenazada de violación.
Pronto se produce un giro que lanza la serie con fuerza. No se trata solo de que su identidad como troll sea revelada públicamente y se convierta en objeto de desprecio y humillación social. Es otra cosa que no conviene desvelar, aunque se descubre en los últimos minutos del primer capítulo. Si antes no había ocurrido, en ese momento quedas enganchado. No incluyo aquí el trailer porque desvela demasiado y os recomiendo no mirar nada antes de verla.
Ese giro inaudito lo enfrenta con la mirada de quienes antes despreciaba. Se desencadena un alud de situaciones, sentimientos y procesos de aprendizaje que se extiende a lo largo de los tres capítulos siguientes. Descubre comentarios condescendientes, insinuaciones incómodas, violencia y dudas constantes sobre su capacidad. Las situaciones no tienen desperdicio.
La serie evita la caricatura y no convierte a Tom ni en monstruo ni en víctima. Lo presenta como producto de una cultura que premia la rabia y castiga la vulnerabilidad masculina. "No soy el malo, soy el que nadie quiso escuchar", podría afirmar en un momento de confesión. Esa frase resumiría el conflicto central. El fenómeno no se reduce a una etiqueta simple. Indaga en la soledad masculina, en el fracaso sentimental, en la falta de educación emocional y en el papel amplificador de internet. No ofrece una redención simplista, sino un proceso doloroso y revelador.
Thomas Seeberg Torjussen, creador y director de la serie, tuvo claro su propósito desde que imaginó la situación de un hombre al que darle la vuelta: "La misantropía es fácil. La distopía es fácil. Es para críos y estudiantes de arte. Yo he sido ambas cosas, pero esta vez quería mostrar un camino del odio y el aislamiento hacia la intimidad y la reconciliación. En la Escandinavia actual, igualitaria y progresista, la provocación máxima es decir que el feminismo fue un error, que las mujeres deberían estar en la cocina.
No creo que debamos pensar que toda la gente que publica en redes crea de verdad en lo que trolea. Están diciendo lo peor que pueden decir en ese momento. Tenemos que intentar ser empáticos. ¿Cuál es la alternativa? No se me ocurre otro camino que la empatía para llegar a esos hombres que se sienten irrelevantes para las mujeres y para la economía. Estamos en tiempos oscuros. Pensé: 'A la mierda, esta será mi forma de ser más maduro y mostrar algo de valentía'. Es muy fácil decir que todo es un desastre y caer en una actitud misántropa".
"Un hombre mejor" señala algo que ya la mayoría sabe, la apuesta de las grandes aplicaciones por potenciar la toxicidad, cómo las redes crean, ante la indiferencia irresponsable de sus creadores, comunidades cerradas donde la aprobación sustituye a la reflexión. La misoginia aparece como lenguaje compartido y refugio colectivo. Eso conecta con datos comprobados sobre el impacto del machismo en Europa. La encuesta europea más reciente sobre violencia de género confirma que la violencia física, sexual y psicológica sigue afectando a millones de mujeres. No se trata de casos aislados, sino de un fenómeno estructural que atraviesa edades y clases sociales.
La Convención de Estambul, en vigor desde 2014, estableció un marco jurídico común para combatir la violencia contra las mujeres como una violación de los derechos humanos. En 2024 la Unión Europea adoptó su primera directiva integral contra la violencia hacia las mujeres y la violencia doméstica, incluidas formas digitales de acoso. La capacidad de nombrar y perseguir la violencia ha mejorado. La conciencia pública es mayor. Las herramientas jurídicas son más sólidas. Sin embargo, el progreso no ha sido lineal.
En algunos ámbitos ha habido retrocesos visibles. La misoginia digital ha encontrado infraestructuras eficaces y rentables. Plataformas globales como Facebook o X amplifican mensajes de odio con rapidez. Comunidades cerradas refuerzan agravios compartidos. En este contexto se sitúa el movimiento incel, creado por una joven canadiense como un espacio de frustración afectiva, de comunicación y participación para los que se sintieran solos, pero convertido en determinados foros en ideología de resentimiento. Se trata de comunidades de hombres que se definen como célibes involuntarios y que, en algunos casos, articulan discursos de odio hacia las mujeres. Tom lo expresará en estos términos sin la menor duda.
La contaminación machista se conserva activa en sectores de la extrema derecha occidental. Diversos estudios han advertido de cómo determinados movimientos radicales atacan las políticas de igualdad para conseguir votos y erosionar consensos democráticos. El feminismo se presenta como amenaza cultural. Las políticas de protección se describen como privilegios indebidos. Esta estrategia convierte la igualdad en campo de batalla ideológico cuando el discurso sobre protección de mujeres se utiliza para reforzar fronteras simbólicas y culturales.
Esa apropiación retórica no solo revela una instrumentalización interesada, mira hacia otro lado ante la Encuesta de Violencia de Género de la UE, coordinada por Eurostat y otras agencias, que indica que, aproximadamente, el 17% de europeas han experimentado violencia por parte de una pareja o ex pareja a lo largo de su vida.
Letonia, Lituania y Austria son los países donde se cometen más crímenes a manos de parejas, mientras que Grecia, España y Países Bajos son en los que se dan con menos frecuencia. Solo España mantiene un dato anual contrastado que en 2024 arrojó 48 mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas, la cifra más baja desde que se tienen datos comparables. En todo el mundo se calcula que el 60% de los feminicidios son provocados por parejas o ex parejas.
"Un hombre mejor" encarna tensiones reales y sugiere que la educación en igualdad no se logra solo con leyes. Requiere experiencia y empatía. Asistiréis a un proceso incómodo en el que la identidad masculina pierde privilegios y descubre una vulnerabilidad que tropieza con hábitos y con una cultura arraigada durante siglos.
El balance de las últimas dos décadas muestra avances innegables y problemas persistentes. Hay más marcos legales y mayor visibilidad de la violencia. Hay menos tolerancia pública hacia determinados comportamientos. Sin embargo, la brecha salarial no ha desaparecido. La violencia sexual sigue presente. La radicalización digital ha creado espacios de regresión. En algunos países europeos han surgido discursos políticos que cuestionan consensos básicos sobre igualdad.
La serie no ofrece soluciones simplistas. Plantea una pregunta abierta: ¿Puede un hombre criado en la cultura del desprecio transformarse cuando pierde su posición dominante? La respuesta es prudente. El cambio es posible, pero no automático. Exige reconocer el daño causado, renunciar a privilegios asumidos y evitar que en partidos políticos y ámbitos sociales se ataque con saña cuando los casos de machismo y violencia sexista afectan al adversario mientras se desvía la mirada cuando afectan a uno de los propios. "Un hombre mejor" puede lograr que algunas personas con poder entiendan esa contradicción y, aunque solo fuera por eso, merece ser recomendada.
"Un hombre mejor" puede verse en España en Filmin
Carlos López-Tapia





























