Cine en serie: "Riot women", la música y las ganas de vivir frente a la visibilidad perdida
Querido Teo:
Esta serie llega con el sello de Sally Wainwright, persona capaz de convertir una cuesta mojada de Yorkshire en un ring emocional y, si hace falta, en una pista de baile con botas militares. Si en "Happy Valley" (2014-2023) nos deja sin uñas y en "Gentleman Jack" (2019-2022) nos hace sonreír por su colmillo afilado, aquí decide mezclar energía punk, humor ácido y una verdad que estalla cada día ante nuestros ojos y oídos. No va solo de música, aunque la música manda a golpes y con ritmo. Va de la visibilidad perdida, esa que a muchas mujeres se les cae del bolso cuando alguien las llama señora por primera vez, cuando cumplen cincuenta y alguien decide tratarlas como si fueran un mueble antiguo, útil pero silencioso. "Riot women" dice lo contrario. Dice que el mueble tiene altavoces, y que además sabe gritar.
La premisa es tan simple como peligrosa, que es la clase de mezcla que suele acabar en tragedia o en comedia, y aquí están las dos máscaras que ya dieron forma los griegos. Cinco mujeres, metidas de lleno en el valle de la menopausia, deciden formar una banda de punk para un concurso de talentos local. Lo que empieza como escape termina como catarsis. Y catarsis no como palabra bonita, y también griega, sino como sudor real, instrumentos pesados, discusiones con motivo, y una sensación de estar viva que no cabe en un informe médico.
La idea no nace solo de la imaginación de la guionista. Sally Wainwright ha explicado en varias entrevistas que el impulso inicial llegó tras conocer experiencias reales de bandas femeninas surgidas en el norte de Inglaterra, formadas por mujeres de más de cincuenta años que descubrieron tarde el punk como forma de liberación. En ciudades como Leeds, Sheffield o Manchester han existido grupos de este tipo que tocaban en pubs y festivales pequeños.
Uno de los ejemplos que más llamó la atención en la escena local fue el colectivo punk femenino The Menstrual Cramps, nacido en Bristol pero muy activo en circuitos alternativos británicos, cuyas canciones mezclaban humor ácido, crítica social y referencias directas a la experiencia de envejecer como mujer en una cultura obsesionada con la juventud. Aquellas bandas nunca aspiraron a la fama, pero sí a algo más importante: subirse a un escenario y gritar que seguían ahí. "Riot women" recoge ese espíritu y lo convierte en ficción.
El reparto parece un "quién es quién" del talento femenino británico, con Joanna Scanlan ("After love") al frente de una Beth que respira experiencia, cansancio y ganas de no pedir perdón; Rosalie Craig ("1899") como Kitty, con un dominio musical que en la ficción funciona como espejo y, a ratos, como pique sano; Tamsin Greig ("Episodes") aportando esa inteligencia irónica que parece suave hasta que muerde; Lorraine Ashbourne ("Los Bridgerton") clavando una energía de clase trabajadora que no se disfraza para caer bien; y Amelia Bullmore ("Sherlock") con una presencia que mezcla ternura y mala leche en proporción sabia, como una receta secreta que te deja temblando y sienta bien.
Wainwright entiende algo que no solo a productores y ejecutivos se les escapa a veces: la madurez femenina no es un epílogo, es un segundo acto con más libertad y menos paciencia. "Riot women" no idealiza. No vende una postal de "reinventarse" con luz dorada y música motivacional.
Aquí la reinvención viene con sofocos, con cambios de humor sin disculpas, con cuerpo que protesta, con cabeza que se dispersa, con rabia acumulada que por fin encuentra micrófono. La serie lo formula en frases con peso, en dolores de cabeza, y también en chistes, porque si no te ríes, te dan ganas de tirar el bajo por la ventana, y el bajo cuesta una pasta.
Las actrices, además, hablan de la experiencia sin el maquillaje típico de la promoción vacía. Joanna Scanlan lo explica desde la raíz generacional, y ahí está una clave del motor emocional de la serie: "Es específico para nuestra generación de mujeres. El punk llegó en 1976, pero una generación entera fue liberada por ese feminismo de los setenta que luego fue completamente suprimido. Estas mujeres vuelven a recuperar esa voz". No es nostalgia. Es memoria con uñas. Es la sensación de que hubo una puerta abierta, luego alguien la cerró, y ahora ellas vuelven con una patada que suena a acorde.
Tamsin Greig, por su parte, pone sobre la mesa algo que algunas ficciones esquivan como si fuera vergonzoso, cuando es biología pura y vida diaria: "Con mi cabeza de menopáusica puesta, a veces el calor era insoportable. Tuve que decir: 'Es imposible hacer esto'. Para una mujer menopáusica, este nivel de calor significa que no puedo hacer mi trabajo. La conversación solo avanza si tú la mueves, poco a poco". Esa frase podría ser lema de la serie, y no solo por el calor literal. La conversación social sobre la menopausia avanza si alguien la empuja. Aquí la empujan con amplificador.
El rodaje se hizo en Hebden Bridge, en el valle de Calderdale, Yorkshire, territorio fetiche de Wainwright. Ese lugar no es decoración, es personaje. Se cerraron calles y aparcamientos durante junio y julio de 2024 para que el pueblo respirara como respiraba la serie: con realismo sucio, con vecinos mirando, con sensación de vida alrededor.
Es casi cómico imaginar a un pueblo entero convertido en testigo de ensayos, como si la menopausia hubiese pedido permiso en el ayuntamiento para pasar con una pancarta. Y, ojo, que esa pancarta tiene sentido del humor: aunque la banda se queda con "Riot women", el personaje de Jess insistía en llamarse "Hot flush", o "Sofoco" en español, guiño directo a los síntomas que comparten. Si no te ríes del sofoco, el sofoco se ríe de ti.
La música empuja. Al principio planean versiones de ABBA, que ya sería una idea peligrosa si la haces con rabia y guitarras, pero pronto la cosa deriva hacia un sonido más crudo, más honesto, más "menopausecore", ese término que podría sonar a moda absurda y aquí suena a necesidad real. La banda sonora original nace del dúo punk ARXX, Hanni Pidduck y Clara Townsend, en colaboración con la propia Wainwright.
Los temas originales como Seeing red, Sting pineapples y Just like your mother capturan una rabia femenina que no es pose, es biografía. Y se cruzan con himnos generacionales que no se eligen por capricho, se eligen por herida y por fuerza: Garbage con Only happy when it rains, Skunk Anansie con Weak, Iggy Pop, o Hole con Violet, que funciona como tema recurrente al final de cada episodio. Si te digo que Violet suena como un portazo necesario, me quedo corto. Suena como un portazo con razón.
Lo mejor, y aquí la serie se gana el respeto de cualquiera, es que lo que ves en pantalla es real. No hay mímica de instrumentito fingido. Joanna Scanlan en teclados, Tamsin Greig en bajo, Lorraine Ashbourne en batería y Amelia Bullmore en guitarra pasaron seis o siete meses aprendiendo a tocar para la serie. No para salir perfectas, sino para salir verdaderas.
Rosalie Craig, con formación musical previa, aporta ese contraste de talento que en la ficción se nota, y en la vida también: siempre hay alguien que toca mejor, pero eso no te quita el derecho a subir al escenario. Scanlan lo confiesa sin azúcar, y ahí aparece el punk de verdad: "No estábamos actuando que estábamos nerviosas; estábamos aterrorizadas. Tocar un instrumento a los sesenta años frente a una cámara es un acto de humildad extrema. Te sientes expuesta, pero hay algo profundamente punk en decir: 'No soy perfecta, pero aquí estoy'".
Wainwright, además, se metió en el barro físico: aprendió a tocar la batería mientras escribía, para entender el ritmo en brazos y espalda, no en teoría. Quería sentir esa energía que exige una banda. Y algunas letras nacen de cosas reales, con esa alquimia que convierte una agresión en bandera. Just like your mother, que debe traducirse como "Cada día te pareces más a tu madre", surge de un marido que usaba la frase como insulto, y Wainwright lo reescribe como celebración: "Era algo que me decía para herirme, pero al escribir la canción lo convertí en una celebración de la fuerza de mi madre y de todas las mujeres".
En otra escena, una frase de Seeing red, "Estoy tan deprimida que no puedo ni vestirme", llega por sugerencia de Lisa, asesora policial de la serie, desde su propia experiencia con estrés y menopausia en un entorno hostil. Aquí la autenticidad no se presume. Se trabaja.
Y luego está el detalle de los cuerpos, que en el punk importan porque el cuerpo también es instrumento. Y claro, las notas de vestuario indican cuero, botas, sudor, presencia. "Queríamos cuero, queríamos botas militares y queríamos sudor. Sally no quería que pareciéramos caricaturas de señoras intentando ser jóvenes. Quería que pareciéramos mujeres que finalmente han dejado de intentar complacer a los demás". Esa frase, si la imprimes en una camiseta, se vende sola. Y si la conviertes en escena, funciona doble.
Lo que termina de rematar el conjunto es que la serie no se queda en el discurso. Se nota la dinámica de banda, la unidad que se forma fuera de cámara. Amelia Bullmore lo resume con una mezcla de pudor cero y verdad máxima: "Nos convertimos en una unidad. Teníamos nuestras bromas internas, nuestros códigos y, sobre todo, una falta total de vergüenza. Hablábamos de todo: desde la sequedad vaginal hasta la política internacional, sin filtros. Ese es el verdadero ‘Riot’ de la serie". Si eso no es punk, que baje Iggy Pop y lo discuta.
El pub local "The Albert" se convierte en "The Duke of Wellington", los vecinos aparecen como extras, y Wainwright lo describe como su trabajo más centrado en Hebden hasta la fecha. Que un pueblo entero respire con la serie le da una textura que no se fabrica con dinero, se fabrica con atención. Atención al tercer capítulo, donde algunas interpretaciones alcanzan el nivel más alto, y donde a la máscara de la comedia empiezan a caérsele las comisuras de la boca.
Y cierro con una idea sencilla: "Riot women" es más que una serie necesaria y divertida, que es la mejor combinación que puede tener una necesidad. Contiene el dolor de la vida pero te ríes, te pica, te emociona, te da ganas de poner un tema a volumen alto y recordar que la vida no se acaba cuando alguien decide que ya no eres "el público objetivo". Y si alguien pregunta si eso es prudente, la serie responde como se debe: prudente es una palabra preciosa, pero para otro día. Hoy hemos venido a vivir.
"Riot women" puede verse en España en Movistar+
Carlos López-Tapia


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