Cine en serie: "Leyendas", o infiltrados "made in Britain"
Querido Teo:
Reino Unido entra en los años noventa con una epidemia de heroína que pasa de parecer un asunto de callejón a un problema de Estado. La serie muestra algo descorazonador pero realista desde el primer minuto: cuando la hija adolescente de un ministro muere por sobredosis, y aparece en la portada de un diario, es cuando hay que hacer algo. Cuando un gobierno declara una guerra contra la droga, casi nunca la libra quien pronuncia el discurso, sino alguien con un sueldo público, una familia en casa y una capacidad limitada para improvisar sin que le partan la cara. Ahí está el valor de esta producción británica de seis episodios, creada por Neil Forsyth, el mismo de la estupenda serie "The gold" (2023-2025).
La palabra "leyenda" alude aquí a una identidad falsa, lo que suele llamarse "tapadera". Una "leyenda" es el personaje que debe sostener un agente encubierto cuando cruza la frontera entre la ley y el crimen. Pero en "Leyendas" no son agentes, son funcionarios de Aduanas, eso sí, de Su Majestad. No han recibido formación ni tienen esa elegancia absurda de quien abre cerraduras con un clip mientras pide un martini. Son trabajadores corrientes a los que se les pide que se acerquen a redes de narcotráfico, que hablen su idioma, que aprendan sus códigos y que no pestañeen cuando la mentira empiece a tener más fuerza que su propia vida. Esto, contado sin grandilocuencia, tiene más peligro que muchas persecuciones con helicóptero.
La base documental que permite lo de "basada en hechos reales", procede de una operación de los años noventa y del testimonio de Guy Stanton, seudónimo de un agente encubierto de Aduanas que publicó el libro "The betrayer". La serie dramatiza aquella ofensiva en el país marcado por el aumento del consumo de heroína, por la presión pública tras muertes muy sonadas, como la de Olivia Channon, hija del ministro Paul Channon, y por la voluntad del gobierno de Margaret Thatcher de convertir la lucha contra la droga en una prioridad política.
Conviene matizarlo bien, porque la historia se sitúa entre el final del thatcherismo y el comienzo de la etapa de John Major. Thatcher fijó el tono habitual de "dama de hierro" en forma de guerra moral, de alarma nacional y de autoridad estatal, pero muchas de las consecuencias prácticas se desarrollaron ya cuando ella había abandonado Downing Street. "Leyendas" trabaja justo en ese punto donde el discurso político se convierte en operativo, y donde la frase solemne se concreta en que el gobierno de Thacher lo quería todo gratis, sin mejorar presupuestos ni dedicar una libra al proyecto.
La situación de la droga no era una peculiaridad británica, sino una herida europea porque la heroína no fue una sombra exclusiva de los barrios obreros ingleses. En los años ochenta y primeros noventa atravesó buena parte de Europa occidental con una violencia silenciosa. España la conoció en las calles, en las familias y en los telediarios, asociada a la marginalidad, al pequeño delito, al deterioro de muchos barrios y a una generación golpeada también por el sida.
Italia vivió una crisis muy dura en ciudades como Milán, Roma, Turín o Nápoles. Francia, Alemania, Países Bajos o Suiza tuvieron sus propios escenarios de consumo visible, de políticas policiales, de programas de metadona, de salas abiertas, de miedo social y de debate público. Por eso "Leyendas" se entiende mejor si no la vemos como una extravagancia británica, aunque lo sea el detalle aduanero, sino como una pieza más de aquella Europa que descubrió tarde que la droga no era solo un asunto criminal, sino una mezcla de fracaso sanitario, fractura social y negocio internacional.
La serie habla del Reino Unido, sí, pero su eco nos resulta cercano porque también hubo una España de madres buscando respuestas, de barrios estigmatizados y de administraciones que aprendieron a golpes que la represión sola no bastaba.
Neil Forsyth, que ya había mostrado en "The gold" una habilidad especial para convertir archivos criminales británicos en televisión, ha explicado que el atractivo de esta historia estaba en su mezcla de escala internacional y precariedad doméstica. Dijo que los recursos eran muy limitados y que aquellos agentes tuvieron que ser "extremadamente inventivos y creativos". También contó que usaban vehículos incautados y joyas requisadas, como si el Estado británico hubiera decidido combatir a grandes redes de narcotráfico con el equivalente policial de una caja de herramientas encontrada en un trastero. La frase que mejor resume su enfoque es esta: "Cuanto más escuchaba, más extraordinaria se revelaba la historia".
Tom Burke, reconocible fácilmente, interpreta a Guy, un hombre capaz, reservado y aburrido por la rutina, que encuentra en la identidad falsa un riesgo y una tentación. Forsyth lo ha definido como "un personaje introspectivo, una especie de solitario natural", y añade que esa condición le ayuda a convertirse en leyenda. Brady Hood, director de los cuatro primeros episodios, ha señalado que lo interesante en Burke era ver el cambio al interpretar el Guy real y el Guy inventado, porque siempre existe la sensación de que disfruta lo suficiente de su papel como para hacerlo bien, pero también lo bastante como para ponerse en peligro.
Esa es una de las buenas ideas de la serie: no convertir la infiltración en una proeza. Hemos sabido ya a través de muchos guiones sobre infiltrados que mentir durante mucho tiempo puede ensuciar por dentro, aunque se haga por una causa justa.
Steve Coogan, como Don, aporta una autoridad cansada y nada decorativa, hasta el punto de que a veces apetecería darle un bofetón. Su presencia podría haber llevado la serie a una comicidad demasiado visible, porque el espectador británico lo asocia a papeles cómicos muy populares, pero aquí funciona por su contención. Coogan ha dicho que Don es "más de vieja escuela, más de clase trabajadora", y que no está "a un millón de millas" de él porque ha conocido a gente así.
También dejó una reflexión muy propia cuando le preguntaron por la posibilidad de hacer más acción física: "Es un poco edificante ver a un tipo de más de sesenta noqueando a uno de treinta y dos que está en plena forma". Hay en esa frase una inteligencia actoral clara. "Leyendas" no necesita fingir juventud ni músculo. Se sujeta con experiencia, miedo y cálculo.
La producción tuvo una dificultad principal: moverse sin parar y hacer creíble una Gran Bretaña de comienzos de los noventa dentro de ciudades actuales. Forsyth ha dicho que rodaron casi por completo en localizaciones reales para que la serie pareciera cinematográfica y auténtica, pero admitió que la enorme cantidad de lugares fue un desafío de producción. Lo resumió con una imagen muy buena: "Hemos estado constantemente en movimiento, como un circo ambulante".
Se rodó en Londres, Liverpool, Portsmouth, St. Albans, Bedford, East Sussex, Reading y otros puntos de Inglaterra. Oficinas, hoteles, clubes, muelles, calles y espacios industriales. Un Reino Unido donde todo parece funcionar, aunque si levantas una esquina encuentras óxido, papeleo y alguien diciendo que no hay presupuesto.
Algunas escenas destacadas utilizan lugares muy reconocibles o muy bien aprovechados: Fabric, en Farringdon, sirve para una escena nocturna del primer episodio; el Museum Depot de Acton, con su inmenso arsenal de transportes londinenses, aparece en una secuencia tensa relacionada con el metro; también se emplearon Custom House en Londres, el Adelphi Hotel de Liverpool y la antigua fábrica Nabisco Shredded Wheat en Welwyn Garden City. Incluso cuando la serie hace trampas geográficas, como ocurre con algunos lugares que representan otros destinos, la trampa está al servicio de una textura realista.
Brady Hood, responsable de la música, ha dicho que no quería mirar los noventa "a través de una lente sepia" porque los recordaba vibrantes, excitantes, con chándales, pastillas y música de baile. Esa idea se escucha. La nostalgia no es una postal.
El contraste entre realidad y ficción está bien planteado porque "Leyendas" no pretende levantar un acta judicial episodio por episodio, sino convertir una investigación real en drama. Guy Stanton existió bajo seudónimo, las operaciones encubiertas de Aduanas existieron, la crisis de la heroína existió y la presión política también existió. Algunas situaciones condensan hechos, personas y tiempos para que la historia tenga ritmo de serie y no de expediente. Ese pacto es legítimo cuando se respeta la verdad de fondo. La ficción no sustituye a la realidad, pero puede iluminar lo que el documento no alcanza: el desgaste de fingir, la soledad de quien no puede contar nada en casa, el miedo de olvidar la máscara.
"Leyendas" interesa porque cuenta una guerra sin épica militar y una operación de Estado sin barniz triunfalista. Te coloca junto a funcionarios que no fueron entrenados para ser héroes, y quizá por eso resultan más creíbles. Hay algo muy británico, y muy humano, en esa mezcla de audacia, chapuza organizada, valor callado y papeleo. La serie no siempre avanza con grandes discursos. A veces avanza con alguien sentado en un coche, esperando a que llegue un traficante, repasando una biografía falsa y deseando no equivocarse en el nombre de su propia mentira. Ahí, en esos momentos, hay buena televisión.
"Leyendas" puede verse en España en Netflix
Carlos López-Tapia
























