Cannes 2026: Rodrigo Sorogoyen es el ser querido de la jornada frente a Hirokazu Kore-eda y James Gray

Cannes 2026: Rodrigo Sorogoyen es el ser querido de la jornada frente a Hirokazu Kore-eda y James Gray

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Querido Teo:

La armada española desembarca en Cannes con la primera de las tres opciones que compiten este año y que, ya de por sí, arrojan una edición histórica para nuestro cine. Rodrigo Sorogoyen se quedó a las puertas de competir por la Palma de Oro con "As bestas" en 2022, a la postre un éxito internacional que incluso ganó el César a la mejor película extranjera, y ahora se ha ganado la plaza en una jornada en la que ha tenido que compartir protagonismo con Hirokazu Kore-eda y James Gray, dos habituales con suerte desigual en la croisette. Eso sí, Sorogoyen es el triunfador del día construyendo un ejercicio de tensión a través de los claroscuros de una relación paternofilial con el arte, en este caso el rodaje de una película, como elemento de catarsis y redención.

"Sheep in the box" (Hirokazu Kore-eda) // Sección Oficial

En un futuro no muy lejano, una pareja afligida que ha perdido a su hijo acoge en sus vidas a un humanoide con la misma apariencia y voz que su difunto hijo.

"Sheep in the box" supone la octava participación en la sección oficial para uno de esos nombres que han sido indisociables al certamen durante los últimos años (recayendo en él la Palma de Oro por "Un asunto de familia" en 2018). La cinta es un ejemplo modélico del Kore-eda más humanista a través del duelo por la pérdida de un hijo y su replica robótica para unos padres que se resisten a su marcha ante los avances de la IA.

Una película que con sus baches termina reconfortando aunque esté lejos de los grandes momentos del cine del director japonés. Kore-eda convierte la convivencia con un hijo androide en un drama familiar tierno y esperanzador sobre el duelo que va más allá sobre lo que es la familia de sangre y anteponiendo la elección a seguir amando para canalizar ese vació y esa necesidad vital.

Kore-eda nos lleva a un futuro reconocible entre drones, gadgets inteligentes y casas a la última en equipación tecnológica. Una ciencia ficción que no apuesta por el thriller o la negritud desesperanzadora sino que plantea el debate a partir de la emoción y que, como si estuviéramos ante un capítulo de "Black mirror", se pregunta hasta qué punto la tecnología juega un papel positivo o contraproducente a la hora de dejar ir a un ser querido y asumir su ausencia. Es a lo que no se resignan unos padres con mucho amor por dar y que cubren con la tecnología de la Inteligencia Artificial su pérdida.

Con sencillez, empatía y con minuciosidad observacional, "Sheep in the box" habla de familia, memoria y duelo cuando esos padres que están intentando lidiar con la pérdida de un hijo fallecido en accidente de tráfico ven que se les presenta la oportunidad de sanar, en parte, su dolor a partir de una réplica en forma de robot que basa su diseño en los recuerdos frutos de la convivencia con los que se le ha programado. ¿Es más sano dejar ir o intentar amarrarse a un recuerdo perpetuado a través de la tecnología?

Haruka Ayase y Daigo Yamamoto son esos padres que se mueven en la ambigüedad de amar o no, bien de la misma manera o simplemente con el fin de amortiguar el peso de la ausencia, a un robot que es un extraño pero también la recreación de su propio hijo surgiendo la oportunidad, incluso, de corregir errores del pasado a la hora de construir esa nueva relación. 

Una cinta que se mueve más en terrenos de fábula alegórica que distópicos en un trabajo tan onírico como melancólico que también arroja dudas sobre el hecho de plantearse hasta qué punto los seres queridos pueden alterar la finitud de una vida ya que si los hijos no pertenecen a los padres mucho menos cuando estos, tristemente, han fallecido.

"Sheep in the box" no se adentra en ademanes pesimistas o con grandes debates morales sobre el calado ético de esta premisa sino que a través de una fina sensibilidad, desarmante cotidianidad y pequeños gestos, supone una catarsis para poder enfrentarse a la desolación y el sentimiento de culpa que invaden a unos padres que se han enfrentando al peor drama posible para un progenitor.

Un Kore-eda que parece abrazar al Spielberg de "Inteligencia Artificial" (2001) pero desde una perspectiva más sencilla y doméstica, sin grandes trascendencias, dejando traslucir la conexión con la naturaleza que tiene la historia, y ese espíritu de convivencia entre los niños robots al final de la cinta. Eso sí, a pesar de no contar con la contundencia emocional de anteriores trabajos, Kore-eda sabe anteponer de manera modélica su humanismo característico y no ver a la tecnología como un peligro sino como una vía de conocernos a nosotros mismos.

Siempre con el amor y el respeto por bandera, y sin renunciar a las temáticas que más le interesan como los nuevos modelos de familia y los lazos que la construyen, asistimos a un Kore-eda que no perdurará pero que mantiene sus señas de identidad intactas con un dilema ético y tecnológico de gran pertinencia en estos tiempos.

"El ser querido" (Rodrigo Sorogoyen) // Sección Oficial

El aclamado director de cine Esteban Martínez es una leyenda tanto por sus películas como por un pasado marcado por la violencia y los excesos. En su nuevo proyecto, le ofrece un papel a su hija Emilia con el pretexto de ayudarla a relanzar su estancada carrera como actriz. Convivir en el set fomentará una cercanía que no han compartido en años, pero también reabrirá viejas heridas que nunca cicatrizaron.

"El ser querido" es un nuevo ejercicio de tensión de Rodrigo Sorogoyen que ahora no necesita de corrupciones y desmanes políticos, operaciones de antidisturbios en el contexto de las cloacas del Estado, o el contraste y recelos entre lugareños en un recóndito pueblo del norte de España, sino que se adentra en nuevos terrenos ante la disección en clave de autopsia de una relación mortecina; la de un padre y una hija marcada por la ausencia, la culpa y el reproche que les impide mirarse el uno al otro.

Es lo que ya presenta la película desde unos portentosos 20 minutos iniciales en los que ambos, él director de cine que regresa a España tras haberse afincado en Nueva York y ella una hija actriz que va de casting en casting y no ha encontrando su oportunidad en la profesión viviendo en la precariedad, se dan cita en un restaurante. Un reencuentro en el que el padre le hace la oferta de contar con ella para protagonizar su próxima película; una cinta sobre el Sahara en la época colonial.

"El ser querido" impresiona por sacar toda la potencia posible a una premisa que podría parecer previsible pero que le convierte en el Sorogoyen más personal, profundo y dialogado a la hora de abordar con profundidad relaciones humanas y actos del pasado que rebotan en el presente como un lastre anclado como una garrapata en sus respectivas existencias y que acentúa una compleja dinámica entre padre e hija durante un rodaje.

Javier Bardem y Victoria Luengo rozan la excelencia alternando la vulnerabilidad y la capacidad de imponerse el uno al otro, circunstancia que es aprovechada por una cámara que juega con los primeros planos en los que se van robando el espacio abordando un proyecto en el que será imposible que las propias vivencias y circunstancias acumuladas por el paso del tiempo entre ese padre y esa hija, con mucho que decirse pero con el enquistamiento fruto del silencio y el paso del tiempo, impregne el ambiente de ese rodaje ambientado en Fuerteventura.

Conflictos morales en los que pasado y presente, realidad y ficción, se dan la mano ante el portentoso manejo de la cámara de un Sorogoyen en este relato de perdón y memoria con un plató de rodaje como escenario de canalización de emociones. El abandono de los españoles a las colonias del Sahara dejando a este pueblo a su suerte es la premisa temática de esa película de ficción que supone una analogía de la propia relación entre padre e hija.

Un director de cine, con muchas aristas y complejidades, conocido por episodios violentos en el pasado y abusos de poder que le han convertido en una figura prestigiosa (habiendo ganado el Oscar y la Palma de Oro) pero también maldita y que ahora tiene que ser consciente de que una nueva sociedad no va a permitir comportamientos del pasado, no dudando en poner freno a arrebatos de masculinidad tóxica y violencia auspiciada en un poder piramidal en forma de gritos, humillaciones y desplantes amparados en un egoísmo en el que hasta hace poco que el resultado (o por el bien del arte) era suficiente para justificarlo todo.

Un padre que no dudó en huir fruto de su ego dejando a su hija atrás, formando una nueva familia lejos de España y lejos de querer saber nada más de ella hasta que realmente la ha necesitado por interés y por querer sanar, a su manera y con sus propias reglas, un vínculo afectivo en estado comatoso en el que se plantea ante el espectador si ante el daño tan profundo que ha dejado una herida por cicatrizar se es posible recuperar la confianza.

Un conflicto a través de la memoria y de la narrativa que cada uno de ellos se ha construido y que convive en un rodaje en el que la tensión del mismo hace que salten determinados resortes que, bien por educación o complacencia, permanecían soterrados pero con potencialidad de explotar en cualquier momento.

Ese es el gran acierto de un Sorogoyen, excelente como siempre en la narración formal y en el manejo del ritmo, que conecta y hace confluir realidad y ficción entre el nervio y el desasosiego con escenas especialmente memorables como aquella en la que intentan rodar una secuencia y es imposible ante la furia iracunda de un director que asiste a los continuos fallos de los actores a la hora de decir sus frases o a la hora de simular que están comiendo y que resulte creíble. Una cinta que es mucho más que un padre y una hija enfrentándose durante dos horas en un estado permanente de calma tensa ante una complejidad emocional que está muy por encima de las opiniones que hablan de cierto artificio burgués a la hora de definirlos. 

Una película en la que los actores vuelven a brillar en el cine de Sorogoyen tanto en lo más expresivo como en miradas desde la distancia o o gestos espontáneos. Javier Bardem no hace más que superarse y crea un personaje complejo, tan carismático como temperamental de un instante a otro, que impone y perturba pero que también encierra cierta ternura al ver a una figura tosca incapaz de relacionarse de manera sana con los demás, más allá de transmitir sus imágenes en la pantalla. Por su parte, Victoria Luengo no se achanta y brilla tanto en la réplica como en unos gestos tan medidos como orgánicos que la confirman como una de las actrices del momento a través de una desbordante naturalidad.

No hay tampoco que olvidar el trabajo de Raúl Arévalo, Marina Foïs, Mourad Ouani, Raúl Prieto o Melina Matthews que forman parte de ese séquito que, casi como alivio cómico entre sus egos y preocupaciones propias de la burbuja en la que viven, asisten al día a día de los encontronazos entre padre e hija combinándose momentos de acercamiento entre ambos, fruto de la admiración y los lazos sanguíneos, pero otros en los que su carácter temperamental y el peso del pasado actúan como bolas de demolición.

El conflicto de la cinta queda evidente cuando Esteban (Bardem) recuerda cuánto le gustaba llevar a Emilia (Luengo) al cine cuando tenía 12 y 13 años siendo un recuerdo que ellos comparten. Pero para ella permanece de otra manera refiriéndose a la vez que fueron a ver "Kill Bill: Volumen 2" y Esteban, borracho y drogado, se metió en una pelea a puñetazos. Un ser narcisista con falta de autocrítica que crea su propia realidad en un ejercicio de negación frente a lo que ha quedado en su hija.

Alguien que en la vida y en el trabajo no acepta un "no" por respuesta y que es incapaz de ser consciente del daño infringido a los demás como el culmen del artista que está por encima del bien y del mal y que por ello piensa que todo le tiene que ser justificado. Un Sahara abandonado a su suerte por una España que no asumió sus responsabilidades y deberes, lo mismo que un padre que solo pensó en él, cargado de razón y fruto de su carácter y adicciones, emprendió otro camino sin echar la vista atrás y ser consciente de lo que había dejado.

"El ser querido" es un paso adelante en la carrera de un director que no hace más que sorprender y que difícilmente da pasos en falso porque siempre tiene algo que contar, sabiendo darle interés a sus historias llevando al espectador por donde quiere ante un ritmo en forma de metrónomo que, incluso en los momentos más calmados, está activo en todo momento gracias a un montaje modélico y engarzado que lleva a que incluso el director se permita honrar esta labor con el cameo de su propio montador, Alberto del Campo.

Un juego de espejos magistral, tanto en lo formal como en lo emocional, que sabe superar lugares comunes y que enfrenta la necesidad de un perdón (más sanador y liberador para ella frente a alguien que vive en la permanente justificación como él) frente al peso de la memoria.

Aunque una vez más parece que el cine del director va de más a menos durante su metraje, y que quizá haya películas superiores en su filmografía, "El ser querido" no hace más que confirmar el poder narrativo y técnico de un cineasta que, gracias a un sólido guión que sabe partir de algo clásico para que parezca algo nuevo, y unos actores en estado de gracia, es capaz de abrirse emocionalmente más que nunca siendo capaz de culminar un nuevo hito en su cine.

"Paper tiger" (James Gray) // Sección Oficial

Dos hermanos que persiguen el sueño americano se ven de repente envueltos en un plan que resulta ser demasiado bueno para ser verdad. Pero mientras intentan abrirse camino en un mundo de corrupción y violencia cada vez más peligroso, se encuentran ellos mismos y su familia brutalmente aterrorizados por la mafia rusa. Sus lazos empiezan a deshilacharse y la traición, antes impensable, se convierte en algo posible.

Es la sexta vez que James Gray forma parte de la sección oficial del Festival de Cannes y hasta ahora nunca ha salido con premio. No parece que eso vaya ahora a cambiar con una cinta en la que vuelve a explorar sus temáticas preferidas (lazos familiares, corrupción policial, mafia, peso del pasado, sentimiento de culpa y frustración acumulada) con granulado propio de la década de los setenta y con un reparto siempre entonado. "Paper tiger" es una cinta digna en su filmografía pero que se queda a medio camino, lejos de títulos como "La otra cara del crimen" (2000), "La noche es nuestra" (2007) o "Two lovers" (2008), sin llegar a rematar ni a convencer ya que esta apuesta no deja de ser más de lo mismo dentro de su cine.

"Paper tiger" nos lleva al barrio de Queens en el Nueva York de la década de los ochenta, lugar en el que Gray ambienta sus historias siempre relacionadas con el fracaso del sueño americano para unos personajes con dilemas éticos que intentan mejorar su suerte. Miles Teller y Adam Driver interpretan a dos hermanos que, buscando prosperar, se ven relacionados con la mafia rusa poniéndose en peligro tanto a ellos como a los suyos. El primero es un hombre taciturno e inseguro pero honrado y trabajador, felizmente casado y con dos hijos, mientras el segundo es un despreocupado vividor más tendente a chanchullos y que mete a su hermano en uno de ellos.

Una cotidianidad doméstica sustentada en la austeridad y el afecto que deriva en una aspiración raída por la corrupción y la violencia que les llevará a traicionar sus principios y perdiendo tanto la inocencia como la legitimidad de alcanzar un éxito a través de un atajo, fruto de la desesperación por sentir que por mucho que se esfuercen parecen no ser dignos del éxito y la prosperidad. Un capitalismo que enseña que todo está permitido cuando se está ante la intención de conseguir un fin mayor pero que, en un paso en falso, puede también hacer que se pierda todo lo conseguido a base de esfuerzo y estabilidad más que de fortuna y ambición.

"Paper tiger" no ofrece nada nuevo y su calidad en la puesta en escena a través de una dirección estilosa no es suficiente para levantar una cinta tosca, obvia y poco profunda que funciona mejor en los márgenes más que en el núcleo central. Más allá de la relación entre esos dos hermanos interesan esos críos (hijos y sobrinos respectivos) a los que se les cae la venda de los ojos y que acaban inmersos también en esta espiral, en paralelo a una madre (una Scarlett Johansson cuyo glamour inherente y una peluca poco natural no le hace terminar de ser creíble en el papel), mujer de clase obrera que tiene como máxima preocupación proteger a los suyos y convertir a sus hijos en hombres de provecho empezando a sentir unos síntomas que derivan en fatal diagnóstico médico.

Una película tosca, obvia y poco inspirada que pierde fuerza por su carácter funcional y melodramático. El regreso al cine criminal de James Gray (tras la fallida "Armageddon time") ha quedado por debajo de lo que esperábamos. Una pena para un director que sigue siendo un realizador de nicho, con fieles fans, pero al que le cuesta ir más allá siendo un símbolo de eficacia pero sin terminar de definir una carrera con capacidad de perdurabilidad en el tiempo.

Otros títulos

* En la Semana de la Crítica "La gradiva" de Marine Atlan apunta a que va a salir como una de las sensaciones de este certamen. Un debut fulgurante y humanista sobre un pequeño grupo de estudiantes de secundaria franceses que se embarca en un viaje escolar a Pompeya para explorar sus ruinas y los cuerpos petrificados por el Vesubio en el año 79 d.C., quedando absorbidos por la dimensión y el pasado que allí emana indagando en la deriva socioafectiva de unos adolescentes que se enfrentan al espejo de sus dudas, esperanzas, deseos e identidad. 

* En Quincena de Cineastas se ha podido ver "Clarissa" de Arie Esiri y Chuko Esiri reimaginando el universo de "La señora Dalloway" en la Nigeria actual sabiendo captar un misterio hipnótico y sensual sobre el paso del tiempo y la influencia del colonialismo contando en su reparto con Ayo Edebiri, Sophie Okonedo, David Oyelowo e Idia Amarteifio. 

* También en Quincena de Cineastas ha tomado protagonismo "Double freedom (La libertad doble)" de Lisandro Alonso, cinta sobre un leñador que disfruta de su vida solitaria en el bosque hasta que tiene que hacerse cargo de los cuidados de su hermana mayor. Un trabajo con el que el director vuelve al universo de su película de 2001 para ofrecer una cinta bella, íntima y minimalista sobre el paso del tiempo, el prejuicio racial y la convivencia en una Argentina que ha pasado del corralito a los recortes de Milei.

El "flash" de Cannes 2026

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Nacho Gonzalo

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