El miedo como vanguardia, o por qué el cine de terror sigue reinventando Hollywood
Querido primo Teo:
Antes de que Hollywood descubriera las franquicias como fórmula casi infalible de rentabilidad, el cine avanzaba gracias a la irrupción periódica de nuevas voces, nuevas ideas y nuevas formas de mirar el mundo. Hoy, cuando buena parte de la industria parece atrapada entre secuelas, remakes y universos compartidos, resulta revelador comprobar que la verdadera innovación sigue llegando desde el lugar más inesperado: el cine de terror. Los recientes éxitos de "Obsession" y "Backrooms", impulsados por jóvenes cineastas alejados de los cauces tradicionales de la industria, no son simples sorpresas comerciales. Son la confirmación de que el género continúa desempeñando la misma función que ha ejercido durante décadas: actuar como el laboratorio creativo donde el cine ensaya su futuro.
Existe una ironía evidente en este fenómeno. El terror ha sido históricamente considerado un género menor, una categoría asociada al entretenimiento popular más que al prestigio artístico. Sin embargo, basta recorrer la historia del cine para comprobar que pocas corrientes han demostrado una capacidad tan constante para renovarse y renovar a los demás. Mientras otros géneros dependen en gran medida de convenciones estables, el terror está condenado a evolucionar. El miedo nunca permanece igual porque las sociedades tampoco permanecen iguales. Cada época genera sus propias inquietudes y el terror, mejor que ningún otro género, ha sabido traducirlas en imágenes.
Los monstruos de cada generación son, en realidad, retratos indirectos de sus obsesiones. Los años cincuenta proyectaron sobre la pantalla los temores nucleares de la Guerra Fría. Los setenta reflejaron la pérdida de confianza en las instituciones tras Vietnam y el Watergate. Los ochenta incorporaron las ansiedades derivadas de la transformación tecnológica y la cultura del individualismo. El nuevo siglo ha encontrado sus propios fantasmas: la hiperconectividad, la soledad, la fragmentación de la identidad, la vigilancia permanente, la sensación de vivir en una realidad cada vez más artificial y la creciente dificultad para distinguir entre lo auténtico y lo fabricado.
Por eso resulta significativo que algunas de las películas más influyentes de los últimos años hayan surgido precisamente del terror. El caso paradigmático es "Déjame salir" (2017). Jordan Peele no solo entregó una de las obras más inteligentes y perturbadoras de la década, sino que alteró la percepción cultural del género. Su dominio en los premios de la crítica y triunfo en los Oscar, donde obtuvo la estatuilla al mejor guion original, simbolizó algo más profundo que un reconocimiento individual. Demostró que el terror podía ser simultáneamente una obra popular, una reflexión política y un acontecimiento cultural de primer orden.
Lo extraordinario de "Déjame salir" no era únicamente su brillante construcción narrativa. Era su capacidad para utilizar los mecanismos clásicos del suspense para explorar cuestiones relacionadas con el racismo, la apropiación cultural y las contradicciones de la sociedad estadounidense contemporánea. La película recordaba algo que el género siempre había sabido hacer y que a menudo se olvida: los monstruos rara vez son el verdadero tema de una historia de terror. Son metáforas. Vehículos para hablar de aquello que una sociedad teme reconocer de manera explícita.
A partir de ese momento se consolidó una tendencia que ya venía gestándose desde años atrás. Obras como "It follows" (2014), "The Babadook" (2014), "La bruja" (2015), "Hereditary" (2018), "Midsommar" (2019), "Háblame" (2022) o la reciente "Weapons" (2025), que se hizo con el Oscar a la mejor actriz de reparto para Amy Madigan, demostraron que el terror contemporáneo estaba menos interesado en los sobresaltos que en explorar heridas psicológicas, conflictos sociales y angustias existenciales.
Los demonios dejaron de habitar únicamente en castillos abandonados o mansiones encantadas para instalarse en el interior de las familias, en las relaciones personales y en la propia conciencia de los personajes. El género comenzó a funcionar como una radiografía emocional de nuestro tiempo.
Sin embargo, la transformación más reciente afecta no solo a los contenidos, sino también al origen de quienes los producen. Durante buena parte del siglo XX el acceso al cine estaba controlado por estructuras industriales relativamente cerradas. Los creadores debían recorrer largos itinerarios profesionales antes de poder dirigir una película. Internet ha alterado radicalmente ese proceso. Hoy una generación entera de cineastas ha aprendido a contar historias fuera de los circuitos tradicionales, utilizando herramientas accesibles y construyendo comunidades propias mucho antes de establecer contacto con los grandes Estudios.
El caso de Kane Parsons resulta especialmente revelador. Nacido en 2005, pertenece a una generación para la que la frontera entre internet y la cultura audiovisual convencional apenas existe. Su universo de "Backrooms" nació en YouTube y se expandió gracias a millones de espectadores que encontraron en aquellas imágenes una fuente de inquietud difícil de explicar. El proyecto no surgió de una estrategia empresarial ni de una propiedad intelectual diseñada por un Estudio. Nació de una intuición creativa y de una sensibilidad generacional. Solo después Hollywood comprendió el potencial que encerraba.
Las famosas "backrooms" constituyen uno de los símbolos más fascinantes del imaginario contemporáneo. Son espacios interminables de apariencia anodina: oficinas vacías, pasillos repetitivos, habitaciones iluminadas por fluorescentes donde nada parece ocurrir y, precisamente por eso, todo resulta inquietante. No se trata del terror tradicional basado en la aparición de una criatura amenazante. El horror surge del propio entorno. De la sensación de encontrarse atrapado en un lugar infinito que carece de propósito y del que parece imposible escapar. La pesadilla de quien va a curiosear al IKEA y no encuentra la salida.
Es difícil imaginar una metáfora más precisa para describir algunas de las angustias de la era digital. Las "backrooms" evocan la experiencia de perderse en redes infinitas de información, en algoritmos que nos conducen de un contenido a otro sin destino claro, en espacios virtuales donde la presencia humana parece haberse evaporado. Son el equivalente contemporáneo de los castillos góticos del siglo XIX o de las casas encantadas del siglo XX. Expresan un miedo nuevo utilizando imágenes nuevas.
Algo parecido ocurre con "Obsession", la sorprendente película de Curry Barker. Con apenas 26 años, y tras haberse formado creativamente en el ecosistema de YouTube, Barker ha protagonizado uno de los fenómenos cinematográficos más reveladores de los últimos tiempos. Realizada con un presupuesto de apenas 750.000 dólares, la película ha terminado convirtiéndose en el mayor éxito comercial de la historia de A24, una circunstancia que resulta tan significativa desde el punto de vista industrial como artístico.
Más allá de sus cifras de taquilla, "Obsession" conecta de manera directa con las ansiedades contemporáneas de una generación criada entre pantallas, redes sociales, aplicaciones de citas y flujos incesantes de información. Su propuesta transforma la obsesión digital, la vigilancia mutua y la incapacidad para desconectar en una experiencia de terror profundamente reconocible para el público joven.
Barker demuestra que las nuevas generaciones no solo consumen imágenes de forma distinta, sino que también construyen relatos mediante códigos narrativos que nacen en internet y luego se trasladan al cine. Como ocurrió en su momento con los pioneros de la publicidad y el videoclip, o con los cineastas moldeados por la televisión, su lenguaje visual incorpora ritmos, referencias y formas de percepción propias de su tiempo.
El éxito de "Obsession" confirma así que el relevo creativo ya está produciéndose y que algunas de las ideas más estimulantes del cine contemporáneo están emergiendo fuera de los circuitos tradicionales, en espacios donde la experimentación todavía resulta posible y donde el terror continúa funcionando como un privilegiado terreno de pruebas para el futuro del medio.
Mientras tanto, Hollywood atraviesa una paradoja cada vez más evidente. Nunca había manejado presupuestos tan elevados ni tecnologías tan sofisticadas y, sin embargo, rara vez había parecido tan conservador. Cuanto más cuesta una película, menor es la disposición al riesgo. La innovación se convierte entonces en un lujo difícil de asumir. El terror opera bajo una lógica opuesta. Sus presupuestos relativamente modestos permiten experimentar, equivocarse y probar caminos nuevos. Esa libertad explica por qué tantas revoluciones cinematográficas han comenzado dentro del género.
La historia lo demuestra una y otra vez. "La noche de los muertos vivientes" (1968), "La matanza de Texas" (1974), "La noche de Halloween" (1978), "El proyecto de la Bruja de Blair" (1999), "Paranormal activity" (2007) y "Déjame salir" (2017) nacieron en posiciones periféricas y terminaron influyendo en toda la industria. Lo que inicialmente parecía una excepción acabó convirtiéndose en tendencia. El terror funciona como una suerte de departamento de investigación y desarrollo del cine: un espacio donde las ideas pueden fracasar sin provocar catástrofes económicas y donde, precisamente por ello, tienen la posibilidad de prosperar.
Los fenómenos recientes no son, por tanto, una moda pasajera. Son la continuación de una tradición que se remonta a los orígenes mismos del género. Cuando el cine necesita reinventarse, cuando los modelos dominantes muestran signos de agotamiento y cuando una nueva generación busca formas de expresar sus inquietudes, el terror suele estar allí para abrir caminos. Lo hizo con los miedos atómicos, con las pesadillas suburbanas, con los traumas familiares y ahora lo hace con las ansiedades de la era digital.
Quizá porque el miedo posee una cualidad única entre todas las emociones: siempre apunta hacia el futuro. La nostalgia mira hacia atrás; el miedo observa el horizonte e intenta adivinar qué amenaza se aproxima. Por eso, para comprender hacia dónde se dirige el cine, conviene prestar atención a aquello que ocurre en las sombras.
En los pasillos interminables de "Backrooms", en las alegorías sociales de "Déjame salir", en las obsesiones digitales de "Obsession" y en la imaginación de cineastas que comenzaron creando vídeos para internet, puede estar gestándose la próxima gran transformación de Hollywood, tal y como pronosticó Francis Ford Coppola en la década de los noventa. Como tantas veces antes, el futuro del cine parece estar naciendo allí donde habitan nuestros temores.
Mary Carmen Rodríguez




























