Cine en serie: "Las cuatro estaciones", o cómo reírse de la madurez sin molestar

Cine en serie: "Las cuatro estaciones", o cómo reírse de la madurez sin molestar

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Querido Teo:

El año pasado nos llevamos una sorpresa agradable cuando una serie de ocho capítulos impactó en nuestras pantallas dejando un reguero que afectó a todos aquellos que disfrutan de los cincuenta con suficiente experiencia como para saber aplicarse tiritas en las heridas de toda convivencia. "Las cuatro estaciones" parecía, de entrada, una comedia amable sobre matrimonios que viajan juntos, comen juntos, se interrumpen juntos y se quieren con esa mezcla de lealtad y agotamiento que solo se consigue después de muchos años. Luego vimos que la serie tenía más filo del que aparentaba. No era una postal de amigos maduros con casas bonitas, sino una radiografía con mantel, copa, maleta de fin de semana y una pregunta rondando por debajo de cada conversación. ¿Cuánto de lo que llamamos estabilidad es cariño y cuánto es costumbre con buena cartera?

Ahora llega la segunda temporada y la buena noticia es que sostiene una serie que ya era interesante. Lo hace sin cambiar de naturaleza, sin ponerse solemne, ni pedirnos que admiremos a sus personajes como héroes domésticos. La serie se sostiene y hasta mejora porque confía más en ellos, porque ya conocemos sus tics y porque puede permitirse entrar en las situaciones emocionales sin tener que recurrir a un chiste.

La primera temporada presentaba el mecanismo. Tres parejas amigas, escapadas repartidas a lo largo del año, un calendario sentimental sostenido por estaciones, casas, hoteles, comidas, nieve, sol y esa clase de conversación en la que uno dice que está bien mientras el guion entero nos demuestra lo contrario. La segunda temporada ya trabaja sobre la grieta abierta. Y ahí la serie gana cuerpo, porque el humor adulto funciona mejor cuando no se limita a señalar canas, gimnasios y aplicaciones de citas, sino cuando recuerda que envejecer también consiste en descubrir que seguimos siendo torpes, solo que ahora muchos tienen mejores tarjetas de crédito.

Tina Fey interpreta a Kate, y basta nombrarla para situarnos porque viene de "Saturday Night Live" (1997-2026), "Rockefeller Plaza" (2006-2013) y "Unbreakable Kimmy Schmidt" (2015-2019), es decir, de una tradición de comedia americana capaz de envolver la neurosis en inteligencia. Kate es la amiga organizada, la que parece llevar la agenda del grupo y un pequeño tribunal dentro de la cabeza. Will Forte, otro veterano de "Saturday Night Live" y protagonista de "El último hombre en la Tierra" (2015-2018), interpreta a Jack, su marido, un hombre con aire de buena persona que a veces parece pedir perdón antes de cometer el error, lo cual no evita el error pero lo hace más educado.

Colman Domingo, actor de "Fear the walking dead" (2015-2023), "Euphoria" (2019-2026) y "Rustin" (2023), da vida a Danny con una presencia elegante, cálida y firme, de esas que hacen pensar que incluso sus silencios están planificados. Marco Calvani interpreta a Claude, su marido, y aporta una mezcla de fragilidad, encanto italiano y sentido escénico que convierte cada intervención en algo más que una réplica.

Kerri Kenney-Silver interpreta a Anne con una mezcla estupenda de desconcierto, orgullo y resistencia. Erika Henningsen interpreta a Ginny, personaje que podría haber quedado reducido a una función dramática menor pero que termina teniendo pulso propio, presencia y una gracia menos evidente, que siempre es la más agradecida.

Si abriéramos las maletas de los seis, en la de Kate encontraríamos una carpeta con reservas impresas, un cargador de emergencia y una chaqueta doblada con la precisión de alguien que teme que el caos empiece por una manga. En la de Jack aparecerían unas zapatillas cómodas, un libro que quizá no terminará y algún objeto práctico comprado con buena intención y destino incierto.

Danny llevaría ropa escogida con sentido, una libreta discreta y el tipo de frasco pequeño que parece contener crema facial pero también autoridad moral. Claude metería una bufanda elegante, un pequeño busto de vidrio soplado con la imagen de Sophia Loren, algo innecesario que defendería como imprescindible y una colonia de Issey Miyake.

Anne cargaría con prendas de distintas versiones de sí misma, una medicina por si acaso y una reserva de orgullo bien escondida. Ginny llevaría ropa más ligera, un teléfono con media vida dentro y algún capricho que parece frívolo hasta que entendemos que también es una forma de expresión natural.

La serie procede de la película homónima de Alan Alda, estrenada en 1981, pero no se limita a repetirla con teléfonos móviles y ropa más cara. Alan Alda, rostro inolvidable de "M*A*S*H" (1972-1983), y uno de esos actores que han sabido parecer inteligentes incluso cuando sus personajes metían la pata, imaginó una comedia de parejas con estaciones del año como estructura, y hace su propio cameo en el primer capítulo.

Tina Fey, Lang Fisher y Tracey Wigfield actualizan ese punto de partida y lo llevan a un territorio muy reconocible para nuestro tiempo. La diferencia con otras comedias de madurez es que aquí nadie parece escrito para dar una lección. Todos parecen escritos para equivocarse.

Hay una frase de Tina Fey sobre el espíritu del rodaje que ayuda a entender el resultado. Dijo que el objetivo era reunir a "un grupo de personas amables, delicadas y con talento, pasarlo bien y ojalá transmitir eso en pantalla". La declaración puede parecer modesta, pero contiene una clave. "Las cuatro estaciones" no presume de mala leche.

Prefiere la incomodidad civilizada, el comentario que parece inocente y corta, la mirada que en un guion se describiría así: Kate sonríe, pero la sonrisa llega medio segundo tarde; Jack baja los ojos, como quien busca una servilleta y encuentra una culpa; Danny escucha sin moverse, aunque la habitación acaba de perder temperatura; Claude coloca una mano sobre la mesa con elegancia, y en ese gesto cabe una discusión aplazada hasta el dormitorio. La serie puede leerse muy bien desde esas acotaciones invisibles, porque su fuerza no está solo en la imagen sino en el ritmo de las réplicas, en esa música secreta de las parejas cuando hablan de cualquier cosa menos de lo que importa.

La producción tenía una dificultad clara. Había que convertir una estructura de viajes en una historia con continuidad emocional. Cada escapada debía tener identidad propia sin parecer un capítulo turístico, cada estación necesitaba tono, clima y atmósfera, y el reparto debía moverse por lugares distintos manteniendo la sensación de que todos pertenecen a una misma conversación interrumpida. La segunda temporada aumenta esa ambición.

Las localizaciones no son un decorado neutral. Funcionan como espejo irónico. En la primera temporada tenemos casas junto al lago, espacios de retiro, un hotel playero "new age", campus universitario, nieve y habitaciones donde el bienestar material convive con la fragilidad afectiva.

En la segunda aparecen lugares como Catskills, las montañas a dos horas de Nueva York para escritores y ricos que prefieren colinas a playas; Jersey Shore, la franja de costa del estado de Nueva Jersey, con playas largas, paseos marítimos con olor a fritura y crema solar, casas de verano, familias que vuelven cada año, adolescentes haciendo ruido por tradición, adultos fingiendo descanso y esa mezcla americana de paraíso modesto, turismo de temporada y melancolía con helado; y el mayor salto, Trento, en Italia.

Si lo contamos como nota de producción, diríamos que los personajes avanzan por paisajes de catálogo mientras cargan con discusiones que no caben en ninguna maleta. La belleza de los lugares nunca tapa el malestar, lo subraya. Es el viejo truco de la comedia elegante: poner a seis adultos en un sitio precioso y dejar que se comporten como seis adultos, que suele ser una manera rápida de estropear un paisaje.

La música también tiene su broma interna. Vivaldi aparece como referencia inevitable, porque titular "Las cuatro estaciones" una serie y no invitar a Vivaldi sería como celebrar una boda y olvidar a quien paga el banquete. Sus conciertos sirven como marco, como guiño y como estructura emocional. Las cuerdas pueden sugerir armonía, pero debajo los matrimonios afinan como pueden. Y eso gusta porque se parece mucho a la vida adulta: por fuera intentamos sonar a concierto; por dentro, a veces, somos un solista rompiendo la partitura en el cuarto de baño.

La realidad y la ficción se llevan aquí razonablemente bien. Es ficción que los diálogos estén tan bien rematados, que las vacaciones tengan tanta estructura dramática y que cada conflicto encuentre la frase justa antes de que alguien pida café. Es realidad que los grupos de amigos largos acumulan historia, bromas privadas, pequeñas traiciones, viejos favores y esa confianza peligrosa que permite decir barbaridades con tono de cariño. Es realidad que a cierta edad nos sentimos más preparados para todo y, justo por eso, nos sorprende más cada derrumbe.

En la vida, una escapada puede arruinarse porque alguien ronca, porque otro no paga su parte o porque el navegador lleva al grupo al restaurante equivocado. En "Las cuatro estaciones", esos accidentes sirven para mirar algo más hondo. La serie puede hacernos pensar que la convivencia no se rompe de golpe, pero que a veces se descose, y seguimos llevando la prenda porque nos queda tan bien como ese vaquero viejo que lloras al tirar.

Kerri Kenney-Silver dijo sobre la segunda temporada que había "más humor", pero también "decisiones dramáticas, cosas grandes que ocurren y riesgos grandes". La frase resume bien el salto. La serie se ríe más y pesa más. Will Forte contó, con esa naturalidad de actor acostumbrado al absurdo, que en una escena llegó a patear un pavo cocinado real y que el pie le olió durante una semana. Ese detalle, casi de sainete doméstico americano, encaja de maravilla con el tono general. Estamos ante una comedia capaz de mezclar Acción de Gracias, torpeza física y crisis emocional sin solemnidad.

La primera temporada termina con un golpe dramático que parece un borrador de sonrisas, porque inyecta realidad inesperada y rompedora, pero el tiempo cura y ahora la segunda temporada resulta más rica porque reparte mejor el peso entre los personajes principales. Por eso "Las cuatro estaciones" funciona. Nos reímos sin sentir que la serie se burla de nosotros. Nos reconoce en ese momento de la vida en que uno empieza a tener pasado suficiente para que pese, futuro suficiente para que inquiete y presente suficiente para que haya que organizarlo en un calendario.

La primera temporada fue una sorpresa porque parecía pequeña y terminó dejando huella. La segunda confirma que hay más viaje, más humor y más verdad. Y también confirma algo que deberíamos aceptar con deportividad: madurar consiste en aprender a comportarse mejor sin conseguirlo del todo.

Menos mal. Una serie con adultos perfectos duraría cinco minutos y habría que verla de pie, por respeto o por aburrimiento.

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"Las cuatro estaciones" puede verse en España en Netflix

Carlos López-Tapia

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