"No llores más: Los oscuros secretos de Johnson & Johnson"
Después de que Estados Unidos declarara la guerra a España en 1898, tras la misteriosa y oportuna explosión del USS Maine en el puerto de La Habana, los soldados del ejército y la marina que desembarcaron en Cuba, llevaban trescientos mil paquetes de un nuevo apósito quirúrgico comprimido y una nueva camilla de tela, además de una garantía: "Millones de libras de algodón, millones de yardas de gasa, millas y millas de vendas, emplastos suficientes para rodear la Tierra. Son tuyos, Tío Sam, si los necesitas". La responsable de semejante despliegue era una de las primeras grandes firmas de la sanidad norteamericana: Johnson & Johnson.
Título: "No llores más: Los oscuros secretos de Johnson & Johnson"
Autor: Gardiner Harris
Editorial: Capitán Swing
Gardiner Harris investiga cómo la empresa de los cuidados infantiles convirtió su reputación en una defensa frente a los daños de algunos de sus productos, y lo hace con la habilidad del divulgador y el rigor de uno de los periodistas especializados en el tema más reputados.
La nieve que cae sobre Dorothy en "El mago de Oz" (1939) era amianto. Lo recuerda Gardiner Harris y el detalle resulta una buena entrada a su investigación. Durante años, una sustancia que hoy asociamos a enfermedades mortales sirvió para representar algo tan limpio como la nieve. Con Johnson & Johnson, sostiene el periodista, ocurrió algo más complicado: la imagen de limpieza sobrevivió incluso cuando dentro de la compañía ya se acumulaban motivos para desconfiar de ella.
El título juega con una promesa conocida por generaciones de padres: el champú infantil que no hace llorar. Dicho en forma de lema publicitario: "No más lágrimas".
Harris pasa del cuarto de baño a los laboratorios, las residencias, los hospitales y los tribunales. Su asunto es la distancia entre una marca que aprendimos a reconocer casi antes de saber leer y las decisiones de quienes la dirigían. El olor de un bebé recién bañado puede ser un formidable activo empresarial.
Para el lector español, la investigación resulta menos lejana de lo que sugieren sus escenarios estadounidenses. Johnson’s, Neutrogena, Aveeno o Listerine forman parte de una memoria comercial compartida por cualquiera de nosotros. Conviene precisar que, en 2023, el negocio de consumo se separó de Johnson & Johnson como Kenvue.
Harris reconstruye la historia del conglomerado que reunió esas marcas con medicamentos e implantes. Gardiner es un periodista muy acreditado como especialista en salud pública e industria farmacéutica en The New York Times y antes cubrió el sector para The Wall Street Journal. Ganó los premios más prestigiosos de información medioambiental y de investigación al revelar la exposición ilegal de mineros al polvo de carbón. Conoce el trabajo de contrastar una promesa empresarial con los documentos que la acompañan.
Este libro, publicado en 2025, tiene una acusación de fondo que va más allá de una sucesión de escándalos: una buena reputación puede abaratar la mala conducta. Si médicos, profesores, periodistas y reguladores dan por sentada la honradez de una compañía, ésta necesita menos explicaciones. Harris investiga cómo se adquirió esa presunción y quién siguió concediéndola cuando ya había razones para retirarla.
Algo que probablemente tengamos en el cuarto de baño, talco, proporciona el primer ejemplo. Hay que separar dos cuestiones que suelen mezclarse: el posible efecto cancerígeno del propio talco y su contaminación por amianto. Son minerales distintos, aunque pueden compartir yacimiento. Harris sigue análisis, correspondencia y litigios para sostener que la compañía supo que había problemas de contaminación y que trabajó para reducir el alcance público de los datos, porque datos hubo.
Hay hechos verificables: en octubre de 2019, la organización responsable de autorizar el uso de medicamentos de todo tipo, la FDA, comunicó que había encontrado fibras de una variedad de amianto en una muestra de un lote de Johnson's Baby Powder, que fue retirado. Otra muestra de otro lote dio negativo. En 2022, la compañía anunció que abandonaría mundialmente el talco en esos polvos durante 2023 y lo sustituiría por almidón de maíz, manteniendo su posición de que el producto era seguro y no causaba cáncer.
La realidad llegó más tarde, en 2024, cuando la agencia del cáncer de la OMS clasificó el talco como probablemente cancerígeno; el talco con amianto pertenece a la categoría de carcinógenos demostrados. Esa clasificación identifica un peligro y la solidez de las pruebas, no calcula la probabilidad de enfermar de una persona concreta. La precisión importa tanto para leer a Harris como para juzgar la respuesta de la empresa.
Después aparece otro nombre familiar aquí: Tylenol. Su principio activo lo conoce cualquier lector español: paracetamol. Harris revisa la célebre respuesta empresarial a los envenenamientos criminales con cianuro de 1982, convertida en lección de ética en las escuelas de negocios. Pregunta qué quedó fuera de aquella historia ejemplar y cómo ayudó a proteger durante décadas la imagen del grupo.
También examina la promoción de las presentaciones de mayor potencia y el peligro de que la familiaridad con un analgésico se confunda con ausencia de toxicidad. El paracetamol está presente en medicamentos combinados, y sumar productos puede hacer que se sume inadvertidamente el mismo principio activo. La ficha española advierte de esa circunstancia. La cuestión periodística es cómo se explica el riesgo de algo que llevamos tanto tiempo comprando que apenas lo miramos.
Pero las páginas más duras son las dedicadas a Risperdal, la marca de risperidona. Un antipsicótico puede ser decisivo para una persona con una enfermedad que lo requiere. Convertirlo en respuesta para casi cualquier conducta molesta abre un mercado mucho mayor. Harris reconstruye la estrategia "Vender según los síntomas": en vez de preguntar por un diagnóstico autorizado, el comercial preguntaba por ansiedad, agitación, hostilidad o impulsividad. Casi cualquier consulta ofrecía candidatos.
El procedimiento tenía una ventaja comercial evidente. Los pacientes con esquizofrenia son una población limitada; las personas que inquietan a sus familiares, profesores o cuidadores son muchas más. El libro describe la expansión hacia niños y ancianos, los incentivos de los visitadores y los pagos que ayudaban a conservar el medicamento en posiciones preferentes. La pregunta deja de ser quién necesita el tratamiento para convertirse en quién puede acabar recibiéndolo.
El caso no se sostiene únicamente sobre la interpretación del autor. En 2013, Johnson & Johnson y sus filiales acordaron pagar más de 2.200 millones de dólares para resolver responsabilidades penales y civiles relacionadas con Risperdal, Invega y Natrecor. El Departamento de Justicia incluyó promoción de usos no autorizados y pagos indebidos a médicos y a un gran proveedor farmacéutico de residencias. La resolución combinaba sanciones penales y acuerdos civiles: no era una sola multa por un solo medicamento.
España necesita aquí su propio párrafo. La situación regulatoria estadounidense no puede trasladarse sin más. La ficha técnica española consultada contempla risperidona durante un máximo de seis semanas para agresividad persistente en Alzheimer moderado o grave, cuando fracasan otras medidas y existe riesgo de daño. Exige reevaluar el tratamiento. Ya en mayo de 2004, la AEMPS había advertido del aumento del riesgo de episodios isquémicos cerebrales en pacientes con demencia y restringido sus condiciones de uso.
La diferencia es sustancial. Una indicación limitada no autoriza a convertir la sedación de residentes en una solución permanente para la falta de personal. Pero tampoco permite afirmar que toda prescripción española sea ilegal o carezca de fundamento. Lo que el libro ayuda a reconocer es un conflicto: la comodidad de la institución y el beneficio del paciente pueden separarse, aunque ambos se describan con vocabulario asistencial.
En los niños, el daño adquiere otra forma. Harris cuenta la historia de Austin Pledger, un menor autista cuyos padres aceptaron Risperdal después de consultar al médico y leer la información disponible. Cuando desarrolló mamas, atribuyeron el cambio al aumento de peso. El libro sigue la distancia entre lo que la familia sabía y lo que la empresa había averiguado sobre prolactina y ginecomastia. La indefensión empieza antes de la lesión: comienza cuando falta información para decidir.
Una declaración judicial citada por Gardiner pone los pelos de punta. Cuando un abogado preguntó al científico Gahan Pandina si las farmacéuticas debían ser sinceras con el público, respondió: "La sinceridad es un término muy amplio". Cuesta encontrar una frase más reveladora del lugar al que puede llegar una organización cuando hablar con claridad puede afectar a la cuenta de resultados.
Los opioides no podían faltar para un periodista norteamericano que ha convivido con el mayor envenenamiento registrado hasta la fecha. La historia más conocida tiene a Purdue, OxyContin y la familia Sackler como protagonistas, pero Harris se centra en los parches de fentanilo de Johnson & Johnson, que muchos pacientes de cáncer conocen bien. Su nombre popular es Duragesic; en la documentación española aparece Durogesic. La AEMPS lleva años alertando de exposiciones accidentales a estos parches, especialmente en niños, incluidos casos mortales.
El fentanilo farmacéutico y el producido ilegalmente no son intercambiables como explicación de una crisis. Tampoco lo son un tratamiento indicado para dolor intenso y una campaña comercial que minimiza el potencial de abuso. El interés del libro está en reconstruir como se tomaron decisiones concretas, no en convertir el nombre de una molécula en un personaje de terror.
Otro tramo reconocible del libro se centra en traumatología y ginecología. Las prótesis de cadera de metal sobre metal prometían resistencia; las partículas desprendidas podían dañar tejidos y obligar a reintervenciones. Con las mallas vaginales para el prolapso, la promesa de una reparación más sencilla terminó, para algunas mujeres, en dolor, erosiones y operaciones sucesivas. Harris recupera testimonios de pacientes cuya vida sexual, movilidad y trabajo quedaron alterados.
"Normalmente leve y fácil de tratar", dijo un ejecutivo sobre la exposición de malla a través de la pared vaginal, según recoge el libro. Frente a esa frase están las pacientes. La FDA ordenó en 2019 dejar de vender los dispositivos entonces comercializados para reparar el prolapso por vía transvaginal. La decisión no equivalía a prohibir cualquier malla quirúrgica ni todas las técnicas para tratar la incontinencia.
La FDA ocupa un lugar central en esa cadena. Harris cuestiona la relación de las tasas que pagan las industrias reguladas con las advertencias que tardan en llegar o no se traducen en sanciones eficaces. Una autorización, argumenta, puede acabar funcionando como escudo comercial incluso cuando los problemas se conocen después. Es una crítica al funcionamiento estadounidense, no una descripción automática de la vigilancia europea. Para quien lee desde España, la pregunta aprovechable es más concreta: qué pruebas respaldan cada indicación, qué resultados se publicaron y qué información llegó al médico que debía decidir.
La acumulación de historias bien contadas hace eficaz y legible un libro con términos médicos y clínicos, y también obliga a leerlo con atención. Harris es un fiscal vehemente de la conducta empresarial. Sus estimaciones de muertes atribuibles, los testimonios de los afectados, los acuerdos civiles y las condenas pertenecen a categorías distintas. Su investigación gana cuando tampoco exime a su profesión. Se pregunta por qué los medios tardaron tanto en reunir lo que trataban como incidentes separados y escribe: "Este fracaso fue en parte mío". Es una admisión que conviene conservar. Su crítica perdería fuerza si todos los engañados fueran otros y el periodista apareciera únicamente para descubrirlos.
Al final vuelve al cine. En "¡Qué bello es vivir!" (1946), de Frank Capra, George Bailey descubre lo que su comunidad habría perdido si él no hubiera nacido. Harris aplica la pregunta a Johnson & Johnson. Reconoce suturas, tratamientos e innovaciones que han salvado vidas. Esa contribución no resuelve por sí sola qué hacer con los daños causados deliberadamente o con riesgos que se ocultaron, pero si da al César lo que es del César, sin confundir critica y acusaciones con el poder real de investigaciones y soluciones.
El mérito de "No llores más: Los oscuros secretos de Johnson & Johnson" está en hacernos examinar las dos caras de la moneda sin permitir que una borre a la otra. La confianza de quienes compran un champú no debería trasladarse automáticamente a una prótesis, un antipsicótico o una declaración ante un tribunal. Después de leerlo, el nombre de una marca sigue siendo reconocible. Lo que cuesta más reconocer es la inocencia con la que antes lo mirábamos.
Carlos López-Tapia























