"Cállate. El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante"

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En "El padrino II" (1974), Vito Corleone pide a un casero que no desahucie a una vecina. El hombre lo despacha con amenazas, hasta que averigua quién es su interlocutor. Entonces vuelve, acepta que la mujer se quede y empieza a rebajarle el alquiler. Corleone apenas habla. El casero negocia contra sí mismo. Dan Lyons utiliza la escena para explicar el poder del silencio. Nosotros podemos disfrutarla sin adoptar la intimidación mafiosa como método.

Título: "Cállate. El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante"

Autor: Dan Lyons

Editorial: Capitán Swing

El cine proporciona otros ejemplos eficaces. Lyons contrapone a Clint Eastwood como Harry el Sucio y a Jim Carrey como Ace Ventura: dos detectives cuya relación con las palabras produce impresiones opuestas. Podemos entender la comparación sin confundir el laconismo con la inteligencia. Una persona callada también puede estar perdida; una habladora puede tener algo importante que explicar.

Es evidente la presencia de una cultura que necesita elevar continuamente el grado de estupidez del espectáculo. La escalada de "Jackass" aparece en el mismo paisaje. Son comparaciones satíricas, no pruebas de que la humanidad sea cada año menos inteligente. Bo Burnham, en su especial "Inside" (2021), plantea una pregunta más cercana: por qué todos debemos expresar nuestras opiniones sobre todo, a la vez. Podemos reconocer el absurdo sin pedir que desaparezcan las voces incómodas o las denuncias necesarias.

La precisión importa, porque "Cállate. El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante" propone una disciplina que admite usos muy distintos: escuchar, pensar antes de responder, evitar una indiscreción o conseguir que otro revele más de lo que pretendía. El libro lleva un subtítulo explícito: "El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante". Su interés va más allá de las buenas maneras. Nos obliga a preguntarnos qué valor tiene tanto comentario y quién obtiene beneficio de él.

Lyons conoce el asunto desde dentro. Fue periodista tecnológico en Forbes y Newsweek, creó el blog satírico en el que suplantaba a Steve Jobs y trabajó como guionista de "Silicon Valley" (2014-2019), la comedia de HBO. Es también autor de "Disrupted", su relato sobre la cultura empresarial de las compañías tecnológicas emergentes. Ha observado durante años a quienes venden innovaciones, exageran sus promesas y convierten su personalidad en parte del producto. Tiene experiencia para distinguir una explicación de una presentación comercial.

También tiene antecedentes como bocazas. Cuenta que una publicación impulsiva contra el director de la empresa donde trabajaba contribuyó a su salida antes de consolidar todas sus opciones sobre acciones. Años después calculó que, si hubiera permanecido y conservado aquellas acciones, habrían valido ocho millones de dólares. Es una estimación retrospectiva de una oportunidad perdida, no ocho millones que le retiraran de una cuenta. Su manera de hablar, añade, estuvo a punto de costarle el matrimonio. El libro empieza por su responsabilidad y evita colocarlo por encima de quienes critica.

La prueba más cómica llega cuando entrevista a una profesora de escucha. Al revisar la transcripción descubre que ha hablado durante el 80% de la conversación. Había acudido a aprender a escuchar y casi no le había permitido explicárselo.

Reconocemos enseguida a los "egohabladores" que describe: personas convencidas de que sus ideas merecen más tiempo que las ajenas. Lyons señala a empresarios que han ganado dinero con el software y, por extensión inexplicable, se consideran autoridades en cambio climático, cirugía cardíaca o cualquier asunto que aparezca en la conversación. Su fortuna puede acreditar una habilidad concreta. No les concede conocimientos universales.

El problema se agrava cuando la notoriedad sustituye a la cualificación. El especialista suele precisar de qué sabe, de qué no sabe y qué falta por comprobar. El opinador permanente encuentra esas limitaciones incómodas: necesita responder ahora, mantener la atención y conservar su personaje. Un "no lo sé" le parece un fallo del espectáculo. Para nosotros debería ser una señal de seriedad.

Conviene distinguir, además, la incompetencia de la manipulación. Podemos equivocarnos de buena fe. Otra cosa es vender una conclusión, ocultar un interés económico o político y presentar como información lo que favorece al anunciante, al partido o al negocio propio. Esta distinción es nuestra lectura del problema que plantea Lyons: además de preguntar si alguien sabe, necesitamos saber qué obtiene de nuestra credulidad. La seguridad al hablar no resuelve ninguna de las dos preguntas.

Uno de los mejores ejemplos del libro afecta a una creencia muy antigua: las mujeres hablan mucho más que los hombres. En 2006, Louann Brizendine afirmó en "El cerebro femenino" que ellas pronunciaban unas 20.000 palabras diarias y ellos 7.000. La proporción resultaba memorable y confirmaba el prejuicio. Muchos medios la difundieron. El tópico acababa de recibir un certificado con apariencia científica.

Lyons reconstruye la debilidad de aquellas cifras y recuerda la comprobación posterior del equipo de Matthias Mehl. En un estudio publicado en 2007, con 396 participantes, hombres y mujeres hablaban alrededor de 16.000 palabras diarias, sin una diferencia estadísticamente significativa. Según cuenta el libro, Brizendine reconoció el error y retiró los números de ediciones posteriores. La rectificación, sin embargo, tenía que competir con una historia que el público ya conocía y encontraba convincente.

Tampoco debemos convertir aquel estudio en una verdad definitiva. Una investigación de 2025, posterior al libro, amplió el análisis a 2.197 personas y encontró diferencias según la edad, con más palabras de las mujeres en la adultez temprana y media. Sus autores señalan una considerable incertidumbre estadística. No respalda la famosa proporción de casi tres a uno. Sirve, precisamente, para recordar que comprobar incluye revisar lo que creíamos comprobado.

El episodio permite separar un error reconocido de una mentira deliberada. Ambos pueden alimentar desinformación; no tienen la misma intención. Y las correcciones necesitan explicar cómo se obtuvieron los resultados, no limitarse a ofrecer otra cifra rotunda.

El libro cambia de escala cuando entra en las redes sociales. Una discusión que nos parece espontánea se desarrolla dentro de un negocio que necesita retenernos. Publicar, responder y volver a comprobar las reacciones consume tiempo, ofrece información sobre nosotros y oportunidades para mostrar publicidad. La indignación resulta útil porque invita a intervenir.

Lyons recoge investigaciones de un trabajo publicado en 2021, que examinó 12,7 millones de tuits de 7.331 usuarios y realizó dos experimentos. Encontró que las recompensas sociales a las expresiones de indignación aumentaban la probabilidad de repetirlas. Lo que se midió: expresiones de indignación, no una prueba de que todos los usuarios estuvieran igualmente enfadados por dentro.

Podemos aprender a escribir de manera más airada porque funciona. Quien busca seguidores encuentra un incentivo para exagerar; quien pretende manipular dispone de un público dispuesto a compartir antes de comprobar. El volumen de comentarios termina pareciendo una confirmación. Pero cien personas repitiendo una falsedad no constituyen cien verificaciones.

Lyons recuerda a Tristan Harris y "El dilema de las redes sociales" (2020), el documental en el que antiguos profesionales del sector explican las herramientas que ayudaron a crear. Antes compara su intento de reformar Google desde dentro con "Jerry Maguire" (1996): un empleado cuestiona la cultura de su empresa. La referencia funciona porque enfrenta la convicción personal con un negocio al que cambiar le cuesta dinero.

La propuesta gana valor cuando regresa a la conversación cotidiana. Escuchar exige contener el impulso de contar nuestra propia historia, ofrecer un consejo inmediato o preparar la siguiente réplica. Lyons descubre que sus hijos pueden explicarle sus preocupaciones y encontrar soluciones sin recibir un sermón. A quienes trabajamos con palabras nos conviene recordar que una buena pregunta puede aportar más que una intervención brillante.

"Cállate. El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante" tiene excesos: acumula ejemplos, generaliza y a veces aproxima demasiado la anécdota a la demostración. Su entusiasmo por los beneficios del silencio merece el mismo examen que recomienda aplicar al ruido. Tampoco el silencio garantiza virtud: los poderosos pueden usarlo para intimidar o eludir explicaciones, y quien sufre un abuso quizá necesite hablar más, no menos, pero en conjunto es un libro digno de atención.

Nos quedamos con una práctica más modesta y útil: reconocer lo que no sabemos, comprobar antes de compartir y permitir que termine quien está hablando. No hace falta imitar a Corleone. Basta con no convertir cada conversación en una comparecencia propia. Y, cuando no tenemos nada que añadir, ahorrarnos el comentario.

Carlos López-Tapia

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