"La bola negra"
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El argumento: Las vidas interconectadas de tres hombres en tres épocas distintas. Tres existencias íntimamente ligadas por la sexualidad y el deseo, el dolor y la herencia; y una de las últimas obras, inacabada, de Federico García Lorca.
Conviene ver: "La bola negra" es una ambiciosa, rotunda y conmovedora propuesta que expande y conecta el universo de Federico García Lorca con tres historias en la España del siglo XX marcadas por el dolor, el silencio y la persecución. Una puesta en escena magistral, exquisita y apabullante que bordea la obra maestra y que va a catapultar a los Javis en el panorama cinematográfico internacional.
"La bola negra" es una obra de las que perdura en el cine español contando con una sensibilidad desarmante y unos planos memorables rindiendo tributo a la historia silenciada de un país. Todo ello desde un inicio que evoca al neorrealismo italiano con el ataque de los bombardeos en el pueblo que lleva a todos a convertirse en víctimas a pesar de su condición social, en el que ya la estética lorquiana cobra protagonismo, y en el que ya se evidencia el empaque que va a rodear a una cinta que alcanza grandes cotas en ese terreno, así como cuando se refugia en la poesía o la fantasía, pretendiendo un puente de entendimiento pero también de memoria histórica a través de la sombra y legado de una de las grandes figuras del siglo XX como es la de Lorca en el contexto histórico de tantas historias asfixiadas tanto por la Guerra Civil como por el odio, el rechazo y la represión que, pasada la contienda, ha seguido erosionando las raíces de un país y acentuando su división.
"La bola negra" conecta tres historias desarrolladas en 1932, con la proclamación de la República, en 1937, durante la Guerra Civil, y en 2017, en la que un joven dramaturgo regresa a Santander tras los pasos de su abuelo ante la noticia de la muerte de éste. Tres hombres "queer" entre las heridas frutas del olvido, el prejuicio y el silencio que, como tantas historias enterradas, se reivindican como un potente y conmovedor relato sobre la identidad, la memoria y la libertad como reparación frente el olvido colectivo. Un dolor arrastrado a lo largo de los años entre las sombras de una sugerencia que esconde lo explícito pero que también actúa como acicate y estímulo de supervivencia. La historia de la realidad de un país con muchas historias sepultadas sobre la falta de libertad y el negarse a uno mismo.
Un melodrama épico y ambicioso, complejo en su estructura formal y temática lo que exige que tenga mucho que decir tanto en su exquisito montaje como en su potente caudal sonoro, que pretende acercar un tipo de historias al nuevo público a partir de la figura de Lorca y avisando de las consecuencias de un fascismo, especialmente de cara esas nuevas generaciones que hacen ojitos a peligrosos discursos ante la ausencia de memoria o la pura ignorancia. La película es fuerte en lo alegórico y supera cualquier subrayado, manierismo o confusión en la trama (que los tiene) gracias a no regodearse en su vertiente más explícita en lo sexual o estética en lo formal. No hay nada gratuito y forzado sino que fluye de manera artística y siempre de la mano del sentimiento más profundo potenciando su clima inmersivo, cautivador y sabiendo canalizar un grado de emoción de gran impacto.
El título de la cinta es a su vez el de una obra inacabada del poeta granadino que conecta las tres historias. La acción desarrollada en 1932 es la de la propia historia, la de un joven burgués llamado Carlos (Milo Quiles), en realidad un alter-ego del propio Lorca, el cual bajo la nieve se preguntará si lo encontrarán alguna vez, que es vetado a la hora de ingresar como miembro en el Casino de Granada por su condición sexual siendo esa bola negra el resultado mayoritario de la votación en la que, quedando marcado, y ante la desaprobación de su padre, lo tomará como acicate para luchar por quien realmente es y que se representa en un poderoso y catártico número a ritmo de flamenco.
Años después, y siendo el verdadero motor de la historia, llegamos a la relación fortuita que se genera entre un soldado republicano herido (Miguel Bernardeau) que es detenido por los franquistas para sacarle información y su improvisado carcelero (Guitarricadelafuente), un miliciano analfabeto al que pusieron un fusil en la mano y que, frente a su miedo e inseguridad huyendo del bombardeo de su pueblo perteneciente al bando nacional y en el que suena una banda de música pensando que los aviones que sobrevuelan son parte de las tropas de Mussolini en apoyo, también podrá descubrirse a sí mismo a través del contacto del hombre al que custodia; en realidad Rafael Rodríguez Rapún, miembro del grupo teatral La Barraca y pareja de Lorca. Dos hombres, uno con un disparo en la espalda y otro con una flecha en el pecho, que desde diferentes trincheras conectan a través del afecto, el sentido de protección y el sentimiento de compartir el secreto del despertar de un deseo, reconociéndose el uno en el otro, y de una vida que no podrán tener que les impide incluso permitir el tocarse víctimas del desconocimiento, la represión y el miedo y el hecho de esperar a que uno de el paso, poniendo la mano sobre la cabeza, para que el otro pueda sentirse libre para poder hacerlo mientras encuentran consuelo en sus miradas y gestos.
Es ahí donde los Javis no solo se lucen más en la puesta en escena, con un arranque magistral que culmina con el soldado escalando entre las ruinas que simbolizan una España resquebrajada apoyándose en unas flechas de clara iconografía falangista sobre la figura martirizada de San Sebastián, contando con una fotografía de Gris Jordana en la que cada plano está cuidado al máximo y con un diseño de producción magistral, así como en el montaje de Alberto Gutiérrez, sino también en el caldo emotivo de la historia partiendo de la obra de teatro de Alberto Conejero y adentrándose en la preservación de la memoria pero también en la demostración del deseo furtivo, sin besos ni sueños de futuro, a través del retrato del cuerpo, de las miradas y de las caricias prohibidas en la que los directores se explayan al igual que a la hora de acentuar el homoerotismo de soldados sin camiseta corriendo por la arena dentro de un estamento de represión y ciertos recursos folclóricos propio de la iconografía más característica española a ojo de un público internacional.
Todo ello encaja con una tercera historia, más cercana en el presente desarrollada en 2017, y en la que se se enfrentan los deseos de memoria a través de dos generaciones; aquella que considera que es mejor mirar a otro lado optando porque el olvido no reabra heridas para poder seguir adelante, y los que, liberados de ciertas ataduras propias del paso del tiempo, quieren tener derecho a recuperar la memoria para saber de dónde vienen y dignificar a aquellos que quedaron atrás por el odio y el rechazo. Es la motivación de un joven dramaturgo (Carlos González) que se rebela frente a una madre llena de amargura y tan ausente como frustrada (Lola Dueñas), que ha potenciado su vacío existencial y su trauma en la infancia, y a un abuelo al que, ese silencio fruto de la represión, el miedo, la vergüenza, la culpa, la violencia y la incomprensión, ha impedido conocer de verdad.
"La bola negra" es ante, todo, un canto de dignidad y de comprensión a través de tres hombres que necesitan saber quienes son para poder sentir, crear, amar y vivir. Todo ello sostenido en un prodigio formal de gran exquisitez en la que los Javis trasladan todo su torrente de creatividad construyendo una atmósfera cuidada al detalle bien sea en un pueblo derruido por las bombas en el que el odio da fruto a la violencia, la opresión que se respira en ese casino castrador, soldados divirtiéndose en la playa bajo la luz de los fuegos artificiales, o en una letanía en la nieve que representa, tras esas bolas que caen sobre las escaleras al unísono, a la anhelada aceptación social que le acaba sepultando renegando de sí mismo por obligación y reflejando lo trágico de un destino marcado por su condición y una opresión que le encadena a vivir de esa manera. Y es que los Javis no esconden su rico abanico de referencias que hacen suyas y propias dándoles una nueva voz que encaja como un guante en su universo y que nos lleva al "Stalker" (1979) de Andrei Tarkovsky con la caída del casino y el caminar por la nieve, al "Beau travail" (1999) de Claire Denis con los soldados en la playa o incluso a la obra de Gregorio Prieto, amigo de Lorca, con los trajes de marinero.
Un deambular en el que ese personaje, en busca más de identidad que de autor, buscar salir a la luz en paralelo a la propia historia de un abuelo, escondido por el convencionalismo de la época, la presión de su entorno y el miedo implícito, que se revela en un poderoso y hermoso alegato de intimidad, identidad, sacrificio y amor sobre tantas personas que no pudieron vivir abiertamente ni reconociéndose a sí mismos ni frente a los demás en un entorno hostil. Un caos controlado y medido que lleva a que el público acabe encontrando el sentido y la profundidad a las conexiones de la historia justo cuando los personajes de la misma están descubriendo su propio lugar en el mundo. Una película sobre sobre las pasiones y el corazón como brújula a la que seguir y el como vivir es el mayor acto de libertad.
Además del gran poder visual de una cinta que da hechuras de maestros a sus directores hay que destacar el encomiable apartado sonoro, apoyado en una inmersiva partitura de Raül Refree y con ese sonido de trompeta con explosiones como telón de fondo, en el que los Javis alcanzan la grandeza fusionándolo con lo visual tal y como sucede en el número de flamenco contemporáneo de la primera historia, como ejercicio catártico de liberación del alma, o en la impagable cupletista que encarna Penélope Cruz yendo más allá del cameo en poco más de diez minutos bordando sus dos secuencias musicales, casi como una analogía del fervor gay hacia una diva pop, pero también la de mayor anclaje emocional con la conversación mantenida con el joven guerrillero y que es el reflejo con su picardía de la máscara de lo que en realidad se esconde y no se verbaliza. Un absoluto dominio de la escena el de una actriz que es reclamo pero que ofrece un carisma desbordante a la hora de manejarse tanto en la comedia como en la tragedia.
Dos secuencias que dan aire y mayor dimensión humana, tirando de gracia e ironía, a una historia en la que conocemos como una artista que actuaba en el Ritz ha terminado degradada a subir la moral de las tropas de Franco, así como goce para miradas libidinosas, de cara a unos soldados que, por mucho que lo intenten amoldar dentro de la camaradería reinante y la bravura de la juventud, no pueden ocultar la ponzoña moral de la guerra. Ver a Penélope Cruz con peluca rubia y subida a un tanque ya es historia del cine español. También suena una poderosa versión del pasodoble Soldadito español a cargo de Judeline o el Hello de Martin Solveig y Dragonette.
Los Javis vuelven a hacer gala de una inteligencia y una audacia encomiable alternando el drama histórico y el costumbrismo dotándola por momentos de humor y también un lirismo reparador con frases rotundas ("El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos", "El travestismo es la fantasía de la posibilidad, la guerra es todo lo contrario", "Siento que no he vivido porque las horas nunca me han pertenecido", "Se me han olvidado todas las palabras") y con hacer revisionismo pero sin buscar la confrontación sino buscando entender y también dar paz y cierta justicia a tantas historias que quedaron enterradas, las de aquellas vidas que no se pudieron tener por las circunstancias de su época. Una película que defiende el vivir, el quererse y el aceptarse. El no morir negando su propia identidad y sin haber sido libre.
Un propósito encarnado en el personaje de Glenn Close, otra de las sorpresas que nos depara la cinta defendiéndose más que dignamente en el español como una insigne hispanista de Estados Unidos (a lo Ian Gibson) que da conferencias sobre la Guerra Civil y sus consecuencias buscando que la llama de la memoria no se extinga, teniendo que venir voces de fuera (con un trauma personal que la ha convertido en abanderada de ello) a abrirnos los ojos frente a aquello que aquí se pretende o bien ocultar o utilizar como arma arrojadiza. "—Habla de lo que perdemos cuando nos negamos. —¿Y qué nos perdemos? —La vida".
Una de esas historias más grandes que la vida (pretendiendo salir del nicho que suelen tener las historias de temática LGTBIQ+) por las que muchos se enamoraron del cine (hay ecos a "El paciente inglés" o incluso "Titanic"), entre el elegante clasicismo formal y una sensibilidad muy contemporánea que desborda emociones de manera auténtica y profunda, también con un grado de fatalidad y conexión temática que nos lleva a "Las horas", y que, aunque sale ganando la puesta en escena al poder de la narración, sabe encajar las piezas de tres relatos que ya funcionan de manera independiente y que, en su conjunto, suponen una deslumbrante catarsis en forma de matrioska, con la arriesgada pero efectiva aparición del propio Lorca en su coda final interpretado por el poeta Alberto Cortés diciendo que "La bola negra" puede servir para que las nuevas generaciones no acaben como ellos y se pueda luchar por los que vendrán.
Un impacto no solo por su resonancia política y emocional, sino por la reivindicación de un contexto histórico que quiso ser ocultado o permeado por los ganadores de la Guerra Civil segando no solo vidas o borrando relatos o manifestaciones artísticas, sino también una serie de historias silenciadas que, partiendo de la realidad, la ficción o la fantasía, y fruto de la intolerancia, o bien nunca pudieron completarse o nunca fueron contadas y que siguen enterradas en las cunetas y los campos esperando a que se arañe la tierra para que puedan salir a la luz y que puedan existir más. La contraposición de una generación que no puedo ser quien era y otra que que se pierde en banalidades y frivolidad dando por hecho libertades conseguidas por las enterradas historias de los que sufrieron en el pasado y siempre amenazadas por los que acechan todavía.
"La bola negra" nos lleva hacia un clímax en el que el tiempo pasa a no estar definido y en el que el recuerdo se convierte en presente, el olvido en memoria, y los muertos en una representación de esa vida que les fue privada. La ilusión prestidigitadora que tiene el cine en forma de reivindicación y canto de dignidad para aquellos que quedaron atrás sin tener el derecho de poder vivir su propia historia partiendo de lo pequeño para resonar de manera universal y poder mirar con entereza al futuro tras resolver ciertas deudas con el pasado. Un acto de justicia poética que da voz, relevancia y luz a esas historias que el odio ocultó en su momento sabiendo construir una historia que te hace sentir muchas cosas al mismo tiempo atrapando, seduciendo y removiendo.
Un título ambicioso, tan operístico y barroco como íntimo y lírico, y que sabiendo el riesgo que tiene ello, como apuntan otros puntos de vista aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), en buenas manos y abordándose sin miedo o anclajes y sí con honestidad, lucidez, verdad y sentimiento, termina siendo imponente y arrebatador a la hora de hacer memoria pero también conformar una obra maestra de genialidad abrumadora y calado monumental en el cine español reciente apostando por la emoción, la empatía y la esperanza como la mejor arma frente las intolerancias de un país que no ha cerrado las heridas de su pasado y que no ha hecho justicia con los silenciados. Una película hermosa en su fondo y forma, necesaria en su mensaje y con un talento desbordante que impacta y arrebata. Los Javis no se caracterizan por la sutileza pero en su película reside una indudable grandeza generando una experiencia en su visionado poderosa, preciosa y dolorosa en la que las palabras cuestan en salir mientras se intenta asimilar la potencia y calado no solo de lo que cuenta sino de cómo lo cuenta en una película hecha para vivir y sentir.
Conviene saber: Mejor dirección en el Festival de Cannes 2026, proyectada en el Festival de Telluride 2026, representante de España para el Oscar 2027 a la mejor película internacional, Premio del Público en el Festival de Toronto 2026 y en la sección Perlas del Festival de San Sebastián 2026.
La crítica le da un NUEVE












Yo le doy un 10.La manera de pasar de una historia a otra es muy sutil, la fotografía maravillosa, los actores están todos espectaculares, Penélope Cruz. que tiene un papel pequeño está enorme. y la poesía siempre presente. Enhorabuena para los Javis, sin duda