Cannes 2026: Los Javis arañan la tierra de las historias silenciadas y Lukas Dhont lleva el amor y el deseo a la primera línea de batalla

Cannes 2026: Los Javis arañan la tierra de las historias silenciadas y Lukas Dhont lleva el amor y el deseo a la primera línea de batalla

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Querido Teo:

La penúltima jornada a competición en el Festival de Cannes se ha reservado a dos de los platos fuertes que todavía pueden cambiar la inercia de esta edición de cara al palmarés. Los Javis se han ganado el pase directo a la sección oficial con su segunda película, siendo unos desconocidos para Thierry Frémaux y comité de selección lo que ya hablaba muy bien sobre el papel del potencial de "La bola negra". Por su parte Lukas Dhont compite por segunda vez en el certamen que le vio nacer con "Girl" (2017) y "Close" (2022). Con "Coward" da un paso adelante con la historia de dos soldados que se enamoran durante la contienda bélica en un entorno de masculinidad hegemónica y represión social.

"La bola negra" (Javier Calvo y Javier Ambrossi) // Sección Oficial

Las vidas interconectadas de tres hombres en tres épocas distintas. Tres existencias íntimamente ligadas por la sexualidad y el deseo, el dolor y la herencia; y una de las últimas obras, inacabada, de Federico García Lorca.

"La bola negra" es una ambiciosa, rotunda y conmovedora propuesta que expande y conecta el universo de Lorca con tres historias en la España del siglo XX marcadas por el dolor, el silencio y la persecución. Una puesta en escena magistral, exquisita y apabullante que bordea la obra maestra y que va a catapultar a los Javis en el panorama cinematográfico internacional.

Cannes ha apostado decididamente por ellos, algo que no es habitual para un tándem de realizadores que solo había estrenado una película anteriormente y que gracias a que la película habla por sí misma, y al apoyo en la producción tanto de El Deseo como de Movistar+, se ha ganado poder subir las escalinatas del Palais siendo el cielo el único límite ante el fervor que ha desatado y la conmoción que ha provocado.

"La bola negra" es una obra de las que perdura en el cine español contando con una sensibilidad desarmante y unos planos memorables rindiendo tributo a la historia silenciada de un país. Todo ello desde un inicio que evoca al neorrealismo italiano y en el que ya se evidencia el empaque que va a rodear a una cinta que pretende sustentar un puente de entendimiento pero también de memoria histórica a través de la sombra y legado de una de las grandes figuras del siglo XX como es la de Lorca en el contexto histórico de tantas historias asfixiadas tanto por la Guerra Civil como por el odio, el rechazo y la represión que, pasada la contienda, ha seguido erosionando las raíces de un país y acentuando su división.

"La bola negra" conecta tres historias desarrolladas en 1932, con la proclamación de la República, en 1937, durante la Guerra Civil, y en 2017, en la que un joven dramaturgo regresa a Santander tras los pasos de su abuelo ante la noticia de la muerte de éste. Tres hombres "queer" entre las heridas frutas del olvido, el prejuicio y el silencio que, como tantas historias enterradas, se reivindican como un potente y conmovedor relato sobre la identidad, la memoria y la libertad como reparación frente el olvido colectivo.

Un melodrama épico y ambicioso que pretende acercar un tipo de historias al nuevo público a partir de la figura de Lorca y avisando de las consecuencias de un fascismo, especialmente de cara esas nuevas generaciones que hacen ojitos a peligrosos discursos ante la ausencia de memoria o la pura ignorancia. 

El título de la cinta es a su vez el de una obra inacabada de Lorca que conecta las tres historias. La acción desarrollada en 1932 es la de la propia historia, la de un joven burgués (Milo Quiles) que es vetado a la hora de ingresar como miembro en el Casino de Granada por su condición sexual siendo esa bola negra el resultado mayoritario de la votación en la que, quedando marcado, y ante la desaprobación de su padre, lo tomará como acicate para luchar por quien realmente es. 

Años después, y siendo el verdadero motor de la historia, llegamos a la relación fortuita que se genera entre un soldado republicano herido (Miguel Bernardeau) que es detenido por los franquistas para sacarle información y su improvisado carcelero (Guitarricadelafuente), un miliciano al que pusieron un fusil en la mano y que, frente a su miedo e inseguridad huyendo del bombardeo de su pueblo perteneciente al bando nacional y en el que suena una banda de música pensando que los aviones que sobrevuelan son aviones fascistas en apoyo, también podrá descubrirse a sí mismo a través del contacto del hombre al que custodia; en realidad Rafael Rodríguez Rapún, miembro del grupo teatral La Barraca y pareja de Lorca.

Es ahí donde los Javis no solo se lucen más en la puesta en escena, con una fotografía de Gris Jordana en la que cada plano está cuidado y con un diseño de producción exquisito, así como en el montaje de Alberto Gutiérrez, sino también en el caldo emotivo de la historia partiendo de la obra de teatro de Alberto Conejero y adentrándose en la preservación de la memoria pero también en la demostración del deseo furtivo a través del retrato del cuerpo y de las miradas.

Todo ello encaja con una tercera historia, más cercana en el presente desarrollada en 2017, y en la que se se enfrentan los deseos de memoria a través de dos generaciones; aquella que considera que es mejor mirar a otro lado optando porque el olvido no reabra heridas para poder seguir adelante, y los que, liberados de ciertas ataduras propias del paso del tiempo, quieren tener derecho a recuperar la memoria para saber de dónde vienen y dignificar a aquellos que quedaron atrás por el odio y el rechazo. Es la motivación de un joven dramaturgo (Carlos González) que se rebela frente a una madre ausente (Lola Dueñas), que ha potenciado su vacío existencial y su trauma en la infancia, y a un abuelo al que, ese silencio fruto de la represión, el miedo, la vergüenza, la culpa, la violencia y la incomprensión, ha impedido conocer de verdad.

"La bola negra" es ante, todo, un canto de dignidad y de comprensión a través de tres hombres que necesitan saber quienes son para poder sentir, crear, amar y vivir. Todo ello sostenido en un prodigio formal de gran exquisitez en la que los Javis trasladan todo su torrente de creatividad construyendo una atmósfera cuidada al detalle bien sea en un pueblo derruido por las bombas en el que el odio da fruto a la violencia, la opresión que se respira en ese casino castrador, soldados divirtiéndose en la playa bajo la luz de los fuegos artificiales, o en una letanía en la nieve.

Un deambular en el que ese personaje, en busca más de identidad que de autor, buscar salir a la luz en paralelo a la propia historia de un abuelo, escondido por el convencionalismo de la época, la presión de su entorno y el miedo implícito, que se revela en un poderoso y hermoso alegato de intimidad, identidad, sacrificio y amor sobre tantas personas que no pudieron vivir abiertamente ni reconociéndose a sí mismos ni frente a los demás en un entorno hostil.

Además del gran poder visual de una cinta que da hechuras de maestros a sus directores hay que destacar el encomiable apartado sonoro, apoyado en una inmersiva partitura de Raül Refree y con ese sonido de trompeta con explosiones como telón de fondo, en el que los Javis alcanzan la grandeza fusionándolo con lo visual tal y como sucede en el número de flamenco contemporáneo de la primera historia o en la impagable cupletista que encarna Penélope Cruz.

Dos secuencias que dan aire y mayor dimensión humana, tirando de gracia e ironía, a una historia en la que conocemos como una artista que actuaba en el Ritz ha terminado degradada a subir la moral de las tropas de Franco, así como goce para miradas libidinosas, de cara a unos soldados que, por mucho que lo intenten amoldar dentro de la camaradería reinante y la bravura de la juventud, no pueden ocultar la ponzoña moral de la guerra. Ver a Penélope Cruz con peluca rubia y subida a un tanque ya es historia del cine español. También suena una poderosa versión del pasodoble Soldadito español a cargo de Judeline o el Hello de Martin Solveig y Dragonette.

Los Javis vuelven a hacer gana de una inteligencia y una audacia encomiable alternando el drama histórico y el costumbrismo dotándola por momentos de humor y también un lirismo reparador con frases rotundas ("El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos" o "El travestismo es la fantasía de la posibilidad, la guerra es todo lo contrario") y con hacer revisionismo pero sin buscar la confrontación sino buscando entender y también dar paz y cierta justicia a tantas historias que quedaron enterradas.

Un propósito encarnado en el personaje de Glenn Close, otra de las sorpresas que nos depara la cinta defendiéndose más que dignamente en el español como una insigne hispanista de Estados Unidos (a lo Ian Gibson) que da conferencias sobre la Guerra Civil y su impacto buscando que la llama de la memoria no se extinga, teniendo que venir voces de fuera (aquí con un trauma personal que la ha convertido en abanderada de ello) a abrirnos los ojos a aquello que aquí se pretende o bien ocultar o utilizar como arma arrojadiza.

Una de esas historias más grandes que la vida (pretendiendo salir del nicho que suelen tener las historias de temática LGTBIQ+) por las que muchos se enamoraron del cine (hay ecos a "El paciente inglés" o incluso "Titanic"), entre el elegante clasicismo formal y una sensibilidad muy contemporánea que desborda emociones de manera auténtica y profunda, y que, aunque sale ganando la puesta en escena al poder de la narración, sabe encajar las piezas de tres relatos que ya funcionan de manera independiente y que, en su conjunto, suponen una deslumbrante catarsis en forma de matrioska, con la arriesgada pero efectiva aparición del propio Lorca en su coda final.

Un impacto no solo por su resonancia política y emocional, sino por la reivindicación de un contexto histórico que quiso ser ocultado o permeado por los ganadores de la Guerra Civil segando no solo vidas o borrando relatos o manifestaciones artísticas, sino también una serie de historias silenciadas que o bien nunca pudieron existir o nunca fueron contadas y que siguen enterradas en las cunetas y los campos esperando a que se arañe la tierra para que puedan existir.

"La bola negra" nos lleva hacia un clímax en el que el tiempo pasa a no estar definido y en el que el recuerdo se convierte en presente, el olvido en memoria, y los muertos en una representación de esa vida que les fue privada. La ilusión prestidigitadora que tiene el cine en forma de reivindicación y canto de dignidad para aquellos que quedaron atrás sin tener el derecho de poder vivir su propia historia partiendo de lo pequeño para resonar de manera universal y poder mirar con entereza al futuro tras resolver ciertas deudas con el pasado. Un acto de justicia poética que da voz, relevancia y luz a esas historias que el odio ocultó en su momento.

Un título ambicioso, tan operístico y barroco como íntimo y lírico, y que sabiendo el riesgo que tiene ello, en buenas manos y abordándose sin miedo o anclajes y sí con honestidad, lucidez, verdad y sentimiento, termina siendo imponente y arrebatador a la hora de hacer memoria pero también conformar una obra maestra de genialidad abrumadora y calado monumental en el cine español reciente apostando por la emoción como la mejor arma frente las intolerancias de un país que no ha cerrado las heridas de su pasado. Los Javis no se caracterizan por la sutileza pero en su película reside una indudable grandeza. 

"Coward" (Lukas Dhont) // Sección Oficial

1916. Primera Guerra Mundial. Pierre es un joven soldado belga, recién llegado al frente, que está ansioso por demostrar su valía. Allí conoce a Francis, que decide levantar el ánimo de sus compañeros montando un espectáculo teatral. En medio de la violencia, ambos hombres intentan encontrar la manera de escapar de la brutalidad de la guerra, aunque sólo sea brevemente, mientras se cuestionan las nociones de heroísmo y cobardía.

Lukas Dhont da un paso adelante con "Coward" dentro de una filmografía amparada e impulsada por el Festival de Cannes que ha encontrado en el belga uno de sus valores seguros en una nueva generación. Aquí ofrece una tierna historia entre trincheras entre dos soldados, Pierre y Francis, que se encargan de animar a las tropas surgiendo un delicado romance entre ambos con un epílogo arrebatador. Uno es un tímido agricultor y el otro un extrovertido aprendiz de sastre que conforman, gracias a su trabajo y al tono que adopta Lukas Dhont, una película sólida, con empaque y emocionante.

"Coward" se adentra en el alma de dos hombres jóvenes encauzados no solo a servir a su país sino también a asumir un rol para el que están predestinados. Es ahí donde la valentía radica en dejarse llevar por lo que sienten, una atracción física y espiritual a través del poder catalizador del arte que supone un bálsamo para un batallón que puede evadirse con los espectáculos que llevan a que, por un momento, las incertidumbres, los miedos, la añoranza del hogar y la sombra de la muerte queden a un lado. Hay madurez y poso en el trabajo de Dhont que ofrece un trabajo inmersivo en su puesta en escena y que por un lado evoca al clasicismo de "Senderos de gloria" (1957) pero también a la personalidad de su cine, siempre con un punto de descubrimiento autopersonal y rito iniciático.

Una cinta que cuenta con la baza del compromiso de los jóvenes actores Emmanuel Macchia y Valentin Campagne que bordan sus personajes entre la vulnerabilidad de sentir algo que les cohíbe y que sienten prohibido pero también la determinación de abrirse a ello y escuchar lo que nace en lo más profundo de ellos más allá de la opresión del entorno en el que se mueven y que exige de ellos, fruto de una masculinidad tóxica y una homofobia interiorizada, un rol en concreto encontrando, paradójicamente, en la violencia de la guerra la posibilidad de que en el campo de batalla estos hombres encuentren la libertad para poder amarse.

Eso la convierte en una apuesta vibrante que alterna la tensión con la sensualidad en este romance que se antoja imposible pero que supone una pequeña gran victoria para definir a los hombres en los que se están convirtiendo aunque su escena de epílogo la lleva a ese convencimiento de vida truncada que también se siente en clásicos como "Breve encuentro" (1945) y "Tal como éramos" (1973) y en la que, ante un mundo que se derrumba, el deseo y la mirada a los cuerpos se desarrolla entre el miedo y el anhelo, la culpa y la esperanza, quedando las heridas ocultas de la guerra a través de una historia de amor tan tortuosa como reparadora. Una contención conmovedora que no renuncia a una intensidad embriagadora que mantiene el interés durante todo el metraje respirando autenticidad y saliéndose de peajes más efectistas.

Sutil y sentida que, quizás, no destila rotundidad pero que sí que ralla a gran altura cuando alterna con poderío sonoro las escenas bélicas, la burbuja de vodevil que pretende ser un parapeto catártico frente a las preocupaciones de la guerra, y el intimismo de las escenas románticas en la que fluyen las emociones como contrapunto a ese silencio cautivo de lo prohibido con atmósfera casi de ilusión gracias a la fotografía de Frank van den Eeden. Un lugar en el que la inocencia de los jóvenes se desvanece, el coraje se erosiona y el miedo toma el control hasta el punto de que esos chicos llenos de ilusión pueden pasar a ser hombres traumatizados para siempre

Un trabajo satisfactorio en su conjunto y que cuida el detalle de sus planos con precisión milimétrica siendo abordada esta historia de amor y descubrimiento con sencillez, delicadeza, sensibilidad y, a pesar de todo, luminosidad siempre a partir de la riqueza de la conexión entre dos soldados en una conmovedora mirada a cómo el arte, la expresión y la actuación pueden traer alegría y consuelo en medio de los horrores de los tiempos que a uno le pueden tocar vivir.

"Ulya" (Viesturs Kairišs) // Una cierta mirada

Ulya, una adolescente letona de casi dos metros que crece en una granja en 1964, es llevada a Riga para jugar al baloncesto tras llamar la atención de unos entrenadores. Mientras lucha por encajar y encontrar su identidad, descubre que tanto su entorno como el deporte la definen solo por su altura. Al final, deberá decidir entre ocultarse o aceptar quién es y aspirar a lo más alto.

"Ulya", la historia real de una adolescente letona en los sesenta que de manera fortuita salió del entorno para el que parecía destinada a no salir y se convirtió en estrella del baloncesto pasando del prejuicio a la gloria, es una inspiradora y efectiva cinta con un pulcro blanco y negro y una épica emocional combinada con el cine de autor que nos evoca a lo que contaba "El día más feliz en la vida de Olli Mäki" (2016), film de Juho Kuosmanen que triunfó en esta sección.

Una película elegante, sutil y contenida que se mueve entre la épica deportiva en un contexto histórico complejo y también el despertar personal. Absoluta entrega del Karlis Arnolds Avots asumiendo el papel de Ulyana Semeona, la cual tuvo que lidiar con la incomprensión de la sociedad y las características de su propio cuerpo, siendo criada en un entorno rural antes de convertirse en una figura histórica de esta práctica primero en Letonia, después en la Unión Soviética y más tarde a nivel mundial.

"Ulya" es la historia de una joven inadaptada e inocente en un entorno conservador y cerrado que encontrará en la posibilidad de viajar a Riga como deportista una verdadera oportunidad no solo para escribir su propio destino sino también para pasar más desapercibida entre la multitud, hecho que no ocurre teniendo que soportar miradas burlonas y prejuiciosas, tomando conciencia de sus propias contradicciones y teniendo que dilucidar si agarrarse al estrellato y la fama que le puede dar el deporte convirtiéndola en símbolo de todo un país o volver a la tranquilidad de su lugar de origen.

Una película que no necesita trascender para ser efectiva y que, aunque termina visitando lugares obvios, los camufla por hecho de centrarse en una singular figura alejada de los estándares de este tipo de historias.

"Victorian psycho" (Zachary Wigon) // Una cierta mirada

En 1858, la institutriz psicópata Winifred Notty llega a la aislada Ensor House para enseñar a los niños. A medida que los empleados desaparecen misteriosamente, los propietarios empiezan a sospechar de sus verdaderos motivos ocultos bajo su inquietante naturaleza.

"Victorian psycho" es un disfrute gótico a cargo de la diabólica institutriz que encarna Maika Monroe llegando a una mansión victoriana con dudoso pasado y propósitos luciferinos. Una horita y media muy refrescante con hechuras, mala leche y buen reparto en un híbrido entre terror y sátira que lleva al extremo los tópicos del subgénero en una espiral de sangre y esperpento que adapta la novela de Virginia Feito y de la cual es una delicia ver a Maika Monroe consolidándose como la "scream queen" de nuestro tiempo y que acaba jugando como quiere con la familia y el servicio que vive en esa mansión y que quedan atrapados en la telaraña de su juego.

Una cinta salvaje, retorcida y desquiciada que, distribuida en una serie de capítulos, apunta a ser película de culto contemporánea a pesar de que, rallando todos sus mimbres a buen nivel, la cinta no termine de impactar más allá de una evasión juguetona muy entretenida que termina quedándose sin aire en su segunda mitad perdiendo ingenio y chispa y ganando en desbarre en una charcutería sanguinolenta en la Inglaterra victoriana.

Eso sí, su exquisito diseño de producción, su tono distendido y el trabajo de Maika Monroe, secundada por Jason Isaacs, Ruth Wilson, Thomasin Harcourt Mackenzie y Jacobi Jupe, nos lleva a una oscuridad adictiva que hace que "Victorian psycho" gane en personalidad y en motivos suficientes para que no quede engullida como una más familias adineradas que, desde las paredes de lujo de su mansión, se preparan para que el servicio quiera imponer su venganza. 

Otros títulos

* Cierre a la Quincena de Cineastas con "Le vertige (Vertiginous)" de Quentin Dupieux, una de animación conceptual en la que la realidad y la ficción quedan permeadas con el hecho de que un hombre le comunique a su amigo la revelación de que toda la humanidad forma parte de una simulación.

El "flash" de Cannes 2026

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Nacho Gonzalo

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