Cine en serie: "El peso de la ley", o Sudáfrica en la primera división
Querido Teo.
El actor Tony Kgoroge tomó durante el rodaje de "El peso de la ley" una decisión que, vista desde fuera, podía parecer bastante poco sociable: cuando las cámaras dejaban de grabar, procuraba mantenerse alejado de la actriz y coprotagonista, Nqobile "Nunu" Khumalo. No por antipatía. Kgoroge, al que muchos recordaremos por "Hotel Rwanda" (2004), interpreta a Moses, el hermano al que Mbali, de la que se alejaba en los rodajes, lleva catorce años dando por muerto, y quería conservar entre ambos algo de esa incomodidad que sentimos cuando debemos reconocer a alguien después de media vida. Había además una paradoja divertida: fuera del plató existía incluso cierta conexión familiar, porque la esposa del actor y una tía de Khumalo se conocen desde hace décadas. Aun así, durante las pausas él prefería sentarse lejos. "Necesitaba que ella y yo fuéramos extraños". Es una pequeña maniobra de actor, pero resume bastante bien lo que vamos a encontrarnos: detrás de una maquinaria de thriller que funciona a pleno rendimiento hay una historia familiar que cose toda la trama.
"El peso de la ley" es la adaptación sudafricana de la producción brasileña "Hermandad" (2019-2022), aunque trasladar aquella historia desde São Paulo hasta Johannesburgo ha supuesto mucho más que cambiar matrículas, uniformes y nombres. Aquí el escenario modifica el relato, la prisión adquiere otro significado, las relaciones familiares responden a un contexto distinto y hasta el peso de la corrupción institucional se convierte en una historia que conocemos mientras la vamos viendo.
Mbali Dlamini es fiscal, competente, elegante y convencida de que la ley constituye una frontera bastante clara hasta que reaparece Moses, el hermano cuya muerte había aceptado y que en realidad dirige desde prisión una organización llamada iGaz'lam, la Hermandad. A partir de ese momento todo empieza a desplazarse. La ley deja de ser una abstracción en cuanto pone precio a alguien que queremos, y Mbali puede saber perfectamente qué debería hacer una fiscal mientras comprende, al mismo tiempo, lo que haría una hermana.
Nunu Khumalo sostiene esa contradicción con una contención que resulta esencial para que el personaje funcione, y durante bastante tiempo nosotros también queremos creer que todavía existe una salida jurídicamente limpia, aunque cada puerta que se abre conduzca a una situación algo más sucia que la anterior.
Khumalo ha dicho algo que sirve además para responder a una pregunta inevitable mientras vemos la serie: si "El peso de la ley" coloca por fin a Sudáfrica en la primera división internacional de la ficción televisiva. "No es que las interpretaciones estén mejorando; es que están llegando al público mundial, que es donde deberían haber estado desde el principio". Me parece una observación más interesante que cualquier elogio condescendiente.
La televisión sudafricana no acaba de ascender de categoría gracias a esta producción; lo que ocurre es que nosotros empezamos a tener más oportunidades de comprobar que llevaba tiempo jugando en ella. Antes llegaron "Queen Sono" (2020), "Blood & water" (2020), "Unseen" (2023) y, este mismo verano, "El polígamo" (2026), que entró en el top 10 mundial de Netflix. Lo importante es que estas producciones empiezan a viajar sin adelgazar su identidad para hacerse comprensibles fuera de casa.
El rodaje tampoco tuvo la comodidad que a veces atribuimos a una adaptación por el hecho de partir de una historia previamente construida. El desarrollo superó los dos años y encontrar a Mbali requirió aproximadamente dos meses de audiciones antes de que Khumalo recibiera siquiera la llamada definitiva. Después llegaron las pruebas de química entre intérpretes y el trabajo sobre procedimientos judiciales.
Tony Kgoroge dispuso de bastante menos tiempo para preparar a Moses y buscó información hablando con personas que habían pasado más de dieciocho años encarceladas. Hubo además que rodar dentro de una prisión en funcionamiento y afrontar escenas físicas que el actor decidió realizar personalmente. "No tengo doble de acción", contó. Parece una declaración orgullosa hasta que añade un detalle muy concreto: los bancos del penal eran de acero y una caída mal calculada podía terminar bastante mal. Salieron indemnes.
Johannesburgo al fondo. Tráfico. Edificios. Torres de comunicaciones. Pasamos al interior: metal, pasillos estrechos, puertas, rejas. Las localizaciones hacen una parte considerable del trabajo dramático y consiguen algo especialmente útil: la ciudad no aparece convertida en una colección de monumentos destinados a recordarnos cada cinco minutos dónde estamos.
Johannesburgo funciona como un organismo atravesado por oficinas judiciales, barrios residenciales y espacios donde la autoridad cambia de manos cada vez que se cierra una puerta. Entre los elementos reconocibles aparecen planos de la Hillbrow Tower, mientras que buena parte del mundo penitenciario se rodó en instalaciones carcelarias reales. La producción no ha identificado de manera fiable el centro utilizado, de modo que es mejor quedarse con lo comprobable y dejar que las imágenes hagan el resto.
La música también procede de casa y tiene una función menos evidente de lo que parece. Acompaña el paso continuo entre thriller criminal, drama judicial y melodrama familiar y consigue que esos tres registros pertenezcan a una misma historia, sin que sintamos que hemos cambiado de serie cada vez que Mbali abandona un juzgado y entra en el mundo de Moses.
También aquí aparece una pista sobre la solidez de la industria sudafricana: detrás de los rostros que vemos hay músicos, técnicos de sonido, directores de fotografía, montadores y profesionales capaces de sostener una producción con continuidad, y eso acaba resultando bastante más importante que cualquier alarde de presupuesto.
Donde la ficción adquiere un tono especialmente incómodo es en su contacto con la realidad. iGaz'lam es una organización inventada, pero Sudáfrica posee una tradición de bandas penitenciarias documentada desde hace más de un siglo. Las llamadas Numbers Gangs (26s, 27s y 28s) han desarrollado jerarquías, códigos, sistemas de iniciación y redes capaces de sobrevivir incluso a los traslados entre cárceles.
Tampoco la corrupción institucional que rodea a Mbali aparece como recurso. Mientras la producción se preparaba y estrenaba, una Comisión, especialmente creada, investigaba acusaciones de interferencias políticas, corrupción e infiltración del crimen organizado en sectores del sistema policial y judicial sudafricano.
La historia de Mbali y sus hermanos pertenece a la ficción; el terreno sobre el que caminan posee, sin embargo, suficientes antecedentes reales como para que algunas escenas resulten bastante más inquietantes. Mandla Ngloya, director y productor ejecutivo, resumió su intención con una frase sencilla: "Espero que cuando veáis 'El peso de la ley' no veáis solo un drama criminal; espero que veáis familia, sacrificio, justicia, traición y resistencia".
Es exactamente lo que termina ocurriendo, porque debajo de la conspiración carcelaria seguimos viendo a tres hermanos. Tony Kgoroge compone a Moses con una mezcla de autoridad y cansancio que impide reducirlo al jefe mafioso de turno; Given Stuurman aporta al hermano menor una vulnerabilidad que nos hace comprender el pánico de Mbali, y alrededor de ellos encontramos a intérpretes muy conocidos en Sudáfrica, entre ellos Sindi Dlathu, convertida aquí en Agnes Khoza, una funcionaria penitenciaria capaz de demostrarnos que un despacho puede resultar bastante más amenazador que una celda.
Y al final quizá lo más interesante sea comprobar hasta qué punto Sudáfrica ha transformado una historia que nació en Brasil. Podemos reconocer ecos de "Prison break" (2005-2009), del thriller judicial estadounidense e incluso de "Breaking bad" (2008-2013) en ese desplazamiento moral progresivo de alguien que creíamos conocer, pero Johannesburgo, la historia de sus prisiones, el reparto, los idiomas y la manera de entender la familia acaban transformando el molde.
Ahí está, creo, la verdadera primera división. Una televisión alcanza ese lugar cuando dejamos de felicitarla porque se parece a la estadounidense, la británica o la nórdica y empezamos a verla precisamente porque puede ofrecernos algo que aquellas no tienen.
"El peso de la ley" demuestra que Sudáfrica había llegado a ese punto hace tiempo. Nosotros tardaremos bastante menos en descubrirlo: probablemente antes de terminar los créditos del primer capítulo.
Carlos López-Tapia



























