Cine en serie: "The Westies", cuando Nueva York se construía con acero, sindicatos y miedo

Cine en serie: "The Westies", cuando Nueva York se construía con acero, sindicatos y miedo

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Querido Teo:

Hay una mano que pasa demasiado tiempo fuera de un frigorífico, pero conviene dejarla de momento donde está. Antes debemos mirar el barrio que la rodea, porque en "The Westies" la violencia importa tanto como el territorio donde ocurre. Estamos en el Hell's Kitchen de 1980, junto a los muelles, las tabernas irlandesas y las obras del futuro centro de convenciones Jacob K. Javits, cuando Nueva York comienza a levantar una ciudad nueva sobre los negocios y las lealtades de la anterior.

La primera proeza de la serie sucedió, sin embargo, lejos de Manhattan. El equipo construyó en Toronto una calle completa, colocó escaparates envejecidos, aparcó coches de época y prolongó el horizonte mediante pantallas azules. Chris Brancato, cocreador de "Narcos" (2015-2017) y "El padrino de Harlem" (2019-2025), lo explicó con una frase que casi podríamos escuchar en boca de uno de sus gánsteres: "Fue un proceso analógico: construimos el decorado". Al fondo se levanta el esqueleto del Javits, mientras una grúa recorta el cielo y los hombres del barrio intentan calcular cuánto dinero va a moverse y qué parte debería pertenecerles.

No ha aparecido todavía ninguna pistola y ya entendemos la amenaza. Cada edificio nuevo traerá contratos, empleos, sindicatos, proveedores y dinero público, es decir, todo aquello que una organización criminal puede convertir en peaje.

Eamon Sweeney dirige una banda irlandesa pequeña, violenta y habituada a gobernar Hell's Kitchen, aunque sabe que el gran poder pertenece a las familias italianas. Su alianza con los Gambino ofrece protección y acceso al negocio, pero también establece una jerarquía: los Westies pueden dominar sus calles siempre que recuerden quién manda en la ciudad.

J.K. Simmons interpreta a Sweeney con esa capacidad para convertir una pausa en una advertencia que ya conocíamos desde "Whiplash" (2014), película por la que ganó el Oscar. Apenas necesita levantar la voz. Mira, espera y deja que los demás comprendan la parte de la amenaza que él no se ha molestado en formular. "Espera lealtad de todos y se la concede a muy pocos", explicó Simmons, y ahí está resumido el personaje: jefe, tutor y padre sustituto, aunque también un hombre capaz de transformar el afecto en obligación y la gratitud en obediencia.

Frente a él aparece Jimmy Roarke, interpretado por Tom Brittney, conocido por "Grantchester" (2019-2024), un protegido que ha aprendido las reglas y empieza a sospechar que puede utilizarlas mejor que su maestro. Stanley Morgan da vida a Mickey, su hermano elegido, y Sarah Bolger convierte a Bridget en algo bastante más interesante que la compañera encargada de esperar a que los hombres regresen del pub. Es observadora, entiende el precio de cada decisión y pertenece a ese grupo de personajes que parecen conocer antes que los demás el final de la conversación.

El otro centro de gravedad es Glenn Keenan, el policía interpretado por Titus Welliver, inseparable para muchos de nosotros del detective de "Bosch" (2014-2021). Keenan mantiene con el barrio una relación difícil de separar en afecto, deuda, miedo y corrupción. El FBI quiere utilizarlo para acercarse a los Gambino; Sweeney pretende utilizarlo para proteger a los irlandeses, y él va quedándose sin un lugar desde el que fingir qué decide libremente.

Welliver lo definió como un hombre "completamente perdido, que intenta navegar por la vida sin la brújula que antes tenía". Jessica Frances Dukes interpreta a la agente Birdie Polk, una mujer con la paciencia necesaria para esperar a que alguien confunda el silencio con la impunidad.

"The Westies" avanza mediante lealtades cruzadas, promesas, reuniones y pequeñas humillaciones que pesan tanto como los estallidos de violencia. Conocemos buena parte de estos códigos por "Los Soprano" (1999-2007), "Peaky Blinders" (2013-2022) y las películas de Martin Scorsese, aunque aquí encontramos un ángulo menos frecuentado: el de una organización irlandesa que gobierna un barrio mientras negocia su supervivencia ante una mafia más poderosa. El crimen aparece ligado a la transformación urbana, a los sindicatos y al acceso al trabajo. Quien controla la obra decide quién entra, quién cobra y quién permanece fuera mirando las grúas.

El reparto sostiene incluso los momentos en que las tramas secundarias se acumulan con excesiva prisa y parece que todas las modalidades del crimen neoyorquino han decidido coincidir en unas pocas manzanas. Aun así, esa densidad tiene cierta lógica. Hell's Kitchen funciona como un pueblo encerrado dentro de Manhattan: el pub es parlamento, oficina de empleo, confesionario y tribunal; los almacenes esconden lo que conviene mantener lejos de las miradas, y una conversación aparentemente amistosa puede decidir quién seguirá trabajando al día siguiente.

La reconstrucción exigió algo más que encontrar coches antiguos y vestir a los actores con chaquetas gruesas. El rodaje tuvo lugar durante el verano de Toronto, y Vincent Walsh, que interpreta al carnicero Eddie Breen, recordó el calor soportado por el reparto mientras técnicos y figurantes permanecían horas a la intemperie.

La serie recurrió a carpintería, atrezo, vehículos y decorados físicos, completados después con extensiones visuales. Esa materialidad se nota. Las calles parecen habitadas, los pubs tienen esquinas oscuras y las paredes acumulan una suciedad que no parece aplicada cinco minutos antes de comenzar a filmar.

Alan Taylor dirige el arranque. Su experiencia en "Los Soprano" (1999-2007), "Mad Men" (2007-2015) y "Juego de tronos" (2011-2019) se aprecia en una puesta en escena que organiza el poder mediante posiciones y distancias. Siempre sabemos quién ocupa el centro de la sala, quién permanece junto a la puerta y quién está escuchando una conversación para la que supuestamente no ha sido invitado. La violencia llega después; primero se establece el mapa.

Toronto aporta la mayor parte de la arquitectura y Hamilton completa la ilusión con sus calles industriales. Walsh definió esta última ciudad como "un lugar que el tiempo olvidó", expresión que ayuda a comprender por qué funciona tan bien como sustituta de un oeste de Manhattan todavía lleno de almacenes, talleres y solares. El decorado no sirve únicamente para situarnos en 1980. Nos muestra un barrio a punto de desaparecer, aunque sus habitantes todavía crean estar discutiendo sobre quién va a controlarlo.

La música entra con energía y suele hacerlo en el momento preciso. Ayuda, por ejemplo, a transmitir esa camaradería de los irlandeses que cantan con mayor convicción después de un par de pintas, como si la unión del grupo pudiera medirse por el volumen del estribillo. Los títulos de crédito utilizan Dropped on my head, de Dropkick Murphys, y junto al punk, la new wave y la música de baile aparecen formaciones irlandesas actuales como Lankum, Kneecap, Fontaines D.C., The Mary Wallopers y Grian Chatten.

El anacronismo es deliberado. La banda sonora no pretende encerrarnos en una vitrina musical de 1980, sino conectar la rabia del barrio con una identidad irlandesa que sigue expresándose décadas después. Esas canciones aportan impulso a peleas, desplazamientos y reuniones, y evitan que la recreación histórica se convierta en un álbum de fotografías amarillentas. El pasado está reconstruido, aunque su enfado sigue sonando contemporáneo.

Detrás de la ficción hay una historia criminal real. Los Westies dominaron durante años actividades ilegales en Hell's Kitchen y mantuvieron una alianza con la familia Gambino. Jimmy Coonan dirigió la organización y Mickey Featherstone fue uno de sus hombres más temidos antes de colaborar con las autoridades. El enlace decisivo con los italianos fue Roy DeMeo, miembro de los Gambino y asesino profesional, que comprendió la utilidad de contar con una banda irlandesa para controlar el oeste de Manhattan.

El acuerdo beneficiaba a ambos lados. Los Westies obtenían protección y podían actuar bajo el paraguas de una de las Cinco Familias de Nueva York; los Gambino ganaban acceso a intermediarios sindicales, negocios locales y hombres dispuestos a ejercer la violencia sin necesidad de desplazar a sus propios soldados.

La alianza, sin embargo, nunca significó igualdad. Coonan podía considerarse dueño de Hell's Kitchen, pero sabía que por encima de él existía una estructura con más dinero, más contactos y una capacidad homicida bastante mejor organizada.

Paul Castellano dirigía entonces la familia Gambino. Había sucedido a Carlo Gambino tras su muerte en 1976 y representaba una manera empresarial de ejercer el crimen. Le interesaban la construcción, los sindicatos, las empresas y los negocios capaces de producir dinero de forma continuada. El asesinato continuaba siendo una herramienta, aunque el beneficio podía llegar mediante una factura, una adjudicación o una nómina inflada.

John Gotti encarnaba otra cultura. En 1980 todavía era un capo ascendente, próximo a los hombres de la calle y muy consciente de que el respeto también se construía dejándose ver. Nosotros observamos su presencia con una ventaja que los personajes de la serie no poseen, porque sabemos qué ocurrirá cinco años después. El 16 de diciembre de 1985, Castellano y su segundo, Thomas Bilotti, fueron asesinados frente al restaurante Sparks Steak House. Gotti había organizado el ataque y observó la ejecución desde un coche antes de pasar junto a los cadáveres.

Después asumió el mando de los Gambino, convirtió sus trajes en parte del espectáculo y recibió de la prensa dos apodos: el Don Elegante y el Don de Teflón, porque durante algún tiempo las acusaciones parecían resbalar sobre él. Su ascenso añade una ironía a todo cuanto vemos en "The Westies". Mientras Sweeney intenta contener a sus jóvenes, otra rebelión generacional está incubándose dentro de la organización a la que debe obediencia.

Los italianos vigilan a los irlandeses, Jimmy vigila a Sweeney y Gotti vigila a Castellano. Todos saludan a su superior mientras calculan en silencio cuánto falta para ocupar su silla. Quizá por eso la serie resulta más interesante cuando deja de mostrarnos una guerra entre bandas y empieza a hablarnos de herencias. El poder nunca se transmite de manera ordenada en este mundo. Se arrebata, se negocia o se recoge después de que alguien haya dejado de necesitarlo.

Eamon Sweeney, Jimmy Roarke y buena parte de las relaciones que vemos pertenecen a la ficción, mientras que Castellano, Gotti, Roy DeMeo, la alianza con los Gambino, las disputas sindicales y las oportunidades criminales abiertas por el centro Javits proceden de la historia. Brancato explicó que el relato examina "corrupción política y municipal, relaciones fracturadas entre bandas y una división generacional", aunque la acción transcurra en 1980.

"The Westies" consigue así algo más que añadir otra fila de sombreros, pintas y cadáveres al archivo audiovisual de la mafia. Observa el crimen como una forma de urbanismo corrupto. Quien controla la obra, el sindicato y la contratación controla el futuro del barrio, mientras cada edificio nuevo señala también a quienes serán expulsados de él.

Entramos esperando una batalla entre irlandeses e italianos y terminamos asistiendo a varias sucesiones al mismo tiempo. El mayor peligro para Sweeney quizá no proceda del FBI ni de los Gambino, sino de los muchachos a quienes enseñó a mandar y que han llegado a la conclusión de que ya no lo necesitan. Nosotros podemos contemplar sus errores desde el sofá, donde las jerarquías criminales parecen más sencillas y el único riesgo consiste en no encontrar el mando a distancia.

Aunque queda una última cuestión: ¿cuánto dirías tú que tarda una mano cortada en empezar a convertirse en algo verdaderamente pestilente?

Vídeo

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"The Westies" puede verse en España en Amazon Prime

Carlos López-Tapia

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