Cine en serie: "Sugar", un detective colgado del cine negro
Querido Teo:
John Sugar no solo resuelve desapariciones: ha aprendido a comportarse como un ser humano contemplando a los detectives del cine negro. La segunda temporada confirma que las películas no son un adorno cinéfilo, sino la verdadera patria emocional del personaje interpretado por Colin Farrell.
Meses antes de comenzar "Sugar", Fernando Meirelles tuvo que "volver a la escuela". El cineasta de "Ciudad de Dios" (2002) admitió ante el creador de la serie, Mark Protosevich, que conocía el cine negro, pero que no lo dominaba. Protosevich le envió un paquete con quince DVD y una lista de indicaciones sobre aquello que debía observar.
Meirelles vio un título diario con un portátil delante, como si se hubiera organizado un festival privado. Después comenzó el rodaje. Pocas anécdotas explican mejor una serie en la que el cine aparece antes incluso que el protagonista.
John Sugar es un investigador privado especializado en encontrar desaparecidos, pero también un hombre que se ha construido con películas. Viste como si acabara de abandonar el despacho de Philip Marlowe, conduce un Chevrolet Corvette azul de 1962 y habla con una cortesía que parece rescatada de un mundo desaparecido que, en realidad, solo ha existido en las pantallas.
Atención porque a partir de aquí van... ¡SPOILERS!
Tardamos seis capítulos en saber que procede de otro planeta, un atrevimiento arriesgado. Sin embargo, su verdadera patria emocional está en una sala oscura. Su origen lo condiciona, sí, pero menos de lo que podría suponerse, y eso permite que la serie resulte acogedora incluso para quienes no aprecian demasiado la ciencia ficción.
En la primera temporada, esa cinefilia se convierte en una parte visible del relato. Sugar acepta buscar a Olivia Siegel, nieta de un productor legendario de Hollywood, y conoce a una familia cuya historia parece contener varias generaciones de películas, escándalos, estrellas y secretos. La investigación criminal queda así encerrada dentro de la propia industria que alimentó la imaginación del detective. Tampoco Sugar recorre una ciudad cualquiera: camina por el territorio donde se fabricaron los modelos que utiliza para comprendernos.
Colin Farrell ya amaba el cine negro antes de aceptar el personaje y también volvió a ver las películas incluidas en la lista de Meirelles. Comenzó con "El sueño eterno" (1946), donde Philip Marlowe representa al detective duro e irónico que se adentra en un laberinto de corrupción sin renunciar a su propio código moral. Revisó también "El halcón maltés" (1941) en la que su protagonista, Sam Spade, es un investigador frío, pragmático y ambiguo, capaz de desconfiar de todos y de sobrevivir gracias a su habilidad para detectar las mentiras.
En "Un largo adiós" (1973) aparece un Marlowe melancólico y fuera de época, un detective que sigue creyendo en la amistad y la lealtad mientras el mundo que lo rodea considera esos principios una ingenuidad. "Adiós, muñeca" (1975) presenta otra encarnación de Marlowe: un investigador solitario, resistente y algo romántico que atraviesa los bajos fondos recibiendo golpes, pero conserva cierta inclinación a proteger a los más vulnerables.
El actor explicó que Sugar recurre a esas películas "en busca de consuelo, compañía y una manera de contextualizar la condición humana y el comportamiento de las personas". La frase contiene la clave. Mientras nosotros vemos cine para distraernos, Sugar lo utiliza como un manual de instrucciones sobre humanos.
El montaje convierte esa idea en imágenes. Fernando Meirelles y su colaborador Fernando Stutz fueron intercalando fragmentos de películas antiguas entre las escenas contemporáneas, aunque ese recurso no figuraba en los guiones originales.
Sugar circula por Los Ángeles y aparece Mike Hammer conduciendo en "El beso mortal" (1955). Hammer representa al detective brutal, impulsivo y casi paranoico, un hombre más próximo al justiciero violento que al investigador con escrúpulos.
Después recibe la pistola utilizada por Glenn Ford en "Los sobornados" (1953), y el objeto parece conservar la memoria de la película. Allí, Dave Bannion es un policía honrado convertido en investigador obsesivo y vengativo, dispuesto a enfrentarse a sus propios compañeros cuando descubre que la corrupción ha contaminado todo el sistema.
Una mirada, una pelea o una mujer que oculta algo despiertan también un relámpago de "Perdición" (1944). El personaje verdaderamente detectivesco de la película es Barton Keyes, un investigador de seguros minucioso e intuitivo que reconstruye el crimen leyendo pequeñas incoherencias que los culpables consideran insignificantes.
Surge también "El crepúsculo de los dioses" (1950). No contiene un detective convencional, pero sí a un observador cínico que entra en un mundo decadente, cree comprenderlo y descubre demasiado tarde que él mismo se ha convertido en parte del caso.
"En un lugar solitario" (1950) ofrece el reverso del detective clásico: un hombre inteligente, magnético y violento al que incluso quienes lo aman deben contemplar como a un posible culpable. En su mundo, investigar significa preguntarse si conocemos realmente a la persona que tenemos delante.
"Forajidos" (1946), por su parte, presenta a Jim Reardon, investigador de una compañía de seguros que reconstruye la vida de un hombre asesinado mediante testimonios y recuerdos fragmentarios. Es el detective paciente que convierte el pasado de la víctima en un rompecabezas.
En "El tercer hombre" (1949) Holly Martins se transforma en investigador por accidente. Es un aficionado ingenuo que llega a una ciudad desconocida, pregunta por la muerte de un amigo y termina descubriendo que la persona a la que admiraba era muy distinta de la que él imaginaba.
"La noche del cazador" (1955) tampoco tiene un detective profesional. Convierte a dos niños perseguidos y a una anciana protectora en lectores del mal, capaces de reconocer al depredador cuando casi todos los adultos prefieren dejarse engañar por las apariencias.
"Sed de mal" (1958) enfrenta dos modelos de investigador. Miguel Vargas representa al agente íntegro que confía en la ley, mientras Hank Quinlan encarna al policía corrupto que fabrica pruebas porque está convencido de que su intuición lo sitúa por encima de cualquier norma.
En La dama de Shanghái" (1958), Michael O'Hara es una especie de antidetective: un hombre seducido que entra voluntariamente en una trama que no comprende y solo consigue ver la red de engaños cuando ya está atrapado dentro de ella.
Esta sucesión de clásicos es la base de datos de "Sugar", pero no se trata de adornar la serie con un concurso para cinéfilos. Los fragmentos nos permiten entrar durante unos segundos en la cabeza del protagonista y entender que, allí donde nosotros podríamos recordar una experiencia personal, él encuentra un fragmento explicativo. Su memoria sentimental se ha formado con Humphrey Bogart, Gloria Grahame, Barbara Stanwyck, Robert Mitchum y Orson Welles. Cuando una situación actual se parece a otra filmada hace setenta años, la película antigua irrumpe durante unos segundos y nos enseña cómo ordena el mundo.
El procedimiento también contiene una variante. Sugar ha aprendido a comportarse imitando a los detectives clásicos, pero no se parece del todo a ellos. Los héroes del género suelen llegar cansados, cínicos y protegidos por una coraza de frases afiladas. Él conserva la elegancia y la capacidad para la violencia, aunque se preocupa por los desconocidos, recoge perros abandonados y escucha a las personas con una paciencia casi impropia del oficio. Farrell resumió esa contradicción al señalar que su personaje carece del desencanto habitual del investigador de cine negro.
Ahí empieza a tener sentido la ciencia ficción. La revelación de que Sugar es un extraterrestre dividió a los espectadores porque parecía irrumpir desde otra serie, pero completa su relación con el cine. No nació con la identidad que vemos: la ha compuesto.
Podría haber sido un replicante de "Blade Runner" (1982), donde Rick Deckard representa al detective del futuro: un cazador profesional, fatigado y emocionalmente bloqueado cuya investigación termina obligándolo a preguntarse si la humanidad depende del origen, de los recuerdos o de la capacidad para sentir. Sugar también podría haber sido una criatura fabricada o un hombre sin pasado. Lo decisivo es que utiliza las películas para inventarse una forma humana y escoger qué clase de persona desea ser.
El cine clásico le proporciona el traje, la voz, el automóvil y el código moral. La ciencia ficción explica por qué los necesita. Su aspecto alienígena importa menos que esa educación sentimental, de modo que el giro fantástico funciona como un recurso para observar el cine desde fuera. Sugar contempla nuestras películas como documentos sobre una especie que intenta comprender y acaba creyendo en la versión más noble que proyectamos de nosotros mismos.
La segunda temporada reduce la presencia literal de los fragmentos antiguos y frena parte del exhibicionismo visual de la primera. El nuevo responsable creativo, Sam Catlin, guionista y productor de "Breaking bad" (2008-2013) y creador de "Preacher" (2016-2019), mantiene el tono "neo-noir", pero deja que el caso y los personajes respiren. El cambio confirma que la serie puede prescindir de parte de su pirotecnia sin abandonar el cine, porque Sugar continúa siendo un espectador profesional de la vida.
Lo vemos leyendo American Cinematographer y realizando en más de una ocasión la visita turística a los Estudios Paramount. La broma resulta estupenda: un visitante llegado del espacio paga por entrar en la fábrica donde los humanos construimos mundos imaginarios. Mientras otros turistas buscan decorados y recuerdos de estrellas, él parece perseguir algo más íntimo, como si esperara encontrar entre los platós la explicación de por qué decide quedarse en la Tierra.
También cambia su vestuario. Farrell contó que le resultó extraño interpretar a Sugar con vaqueros y sudadera, lejos de los trajes que había convertido en uniforme. La transformación sugiere que el detective ya no necesita imitar con tanta disciplina a sus héroes. En la primera temporada se comportaba como alguien que había estudiado cada movimiento delante de una pantalla; en la segunda empieza a improvisar, a enamorarse, a equivocarse y a descubrir que la realidad no respeta las estructuras de un guion.
El nuevo caso, relacionado con la desaparición del hermano de un boxeador y con una red de corrupción, conserva las piezas del género: hombres que mienten, policías peligrosos, bares nocturnos, habitaciones donde una conversación puede convertirse en amenaza y una ciudad que brilla mientras oculta sus sótanos. El montaje introduce menos llamadas de atención, pero Los Ángeles continúa pareciendo el gran estudio al aire libre donde el cine negro nunca terminó de rodarse.
"Sugar" cubre así dos temporadas con una idea que va mucho más allá del homenaje. La primera nos enseña a un extraterrestre que copia las películas para parecer humano; la segunda observa cómo empieza a abandonar la copia porque ya ha aprendido demasiado de nosotros. El cine le dio una identidad, pero vivir lo obliga a corregirla.
Tal vez por eso puede parecer que esta serie funciona mejor cuando coloca el cine por delante de la ciencia ficción. El misterio de su planeta puede alimentar futuras tramas, aunque el enigma más hermoso sigue siendo otro: por qué una criatura capaz de elegir cualquier modelo decidió parecerse a los detectives del Hollywood clásico. Quizá porque, entre toda la oscuridad del género, encontró hombres que seguían buscando la verdad cuando ya nadie esperaba que sirviera para algo. Y esa, más que su piel azul, es la rareza que convierte a John Sugar en alguien llegado de otro mundo.
"Sugar" puede verse en España en Apple TV+
Carlos López-Tapia






































