Cine en serie: "El uniforme", o cómo aprender a llevar la ley sobre los hombros

Cine en serie: "El uniforme", o cómo aprender a llevar la ley sobre los hombros

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (Sin votaciones)
Cargando...

Deja tu comentario >>

Querido Teo:

Un disparo tarda menos de medio segundo, pero puede necesitar seis episodios para ser comprendido. Eso es exactamente lo que sucede en "El uniforme", la serie danesa que comienza con una intervención policial aparentemente sencilla y convierte cada gesto, cada movimiento y cada decisión en una pregunta incómoda.

Hay un callejón, dos alumnos de la Academia de Policía de Copenhague, un detenido en el suelo y un arma. La situación cambia de naturaleza en un instante. Lo que parecía una práctica más o menos rutinaria termina con un joven muerto, un cadete bajo investigación y una institución entera preparándose para proteger su prestigio antes incluso de haber averiguado qué ocurrió.

La escena con la que comienza la trama fue una de las más reescritas de los seis episodios y se rodó en buena medida como un plano secuencia, después de varios días de ensayos minuciosos. Si fallaba un movimiento, había que empezar de nuevo. Esa fragilidad de la coreografía proporciona la tensión física que buscaba el director: tenemos la sensación de que todo puede desmoronarse por un paso mal calculado, una mirada tardía o una fracción de segundo mal interpretada.

Los guionistas querían que el disparo pareciera "correcto e incorrecto al mismo tiempo". Ahí está condensada la serie. No entramos en una historia donde resulte sencillo repartir inocencias y culpas, sino en un territorio mucho más incómodo, donde una decisión puede parecer comprensible desde el punto de vista de quien la toma y, al mismo tiempo, revelar fallos de entrenamiento, jerarquía o cultura institucional.

"El uniforme" nos lleva a la Academia de Policía de Copenhague justo cuando se incorpora una nueva directora, Sanne Hammerby. Apenas ha comenzado a conocer a profesores y alumnos cuando Youssef, uno de los cadetes con mejores condiciones para convertirse en un buen agente, mata a un joven durante una detención violenta.

La autoridad independiente encargada de examinar la actuación policial abre una investigación. Los medios convierten el caso en un símbolo. Los alumnos se dividen, los profesores empiezan a medir sus palabras y los responsables de la Academia comprenden que el futuro de la institución puede depender de lo que se cuente, de lo que se calle y de la forma en que se redacte cada informe.

La serie encuentra ahí su mayor interés: el momento en que la verdad deja de ser una sucesión de hechos y se convierte en algo que todos quieren administrar. La administran quienes estuvieron presentes, quienes pudieron haber evitado lo sucedido, quienes temen las consecuencias y quienes descubren una oportunidad política en la tragedia. Cada uno necesita que la historia signifique algo distinto.

Es un conflicto fácilmente reconocible en cualquier país democrático. Policías, manifestantes, detenidos y participantes en cualquier altercado saben que hay derechos en juego. También saben que la versión inicial de un incidente puede condicionar todo lo que venga después, incluso cuando todavía faltan imágenes, testimonios o pruebas decisivas.

Uno de los principales aciertos de "El uniforme" consiste en situar la historia en una escuela. Durante la escritura, sus responsables tuvieron que resistirse a la gramática automática del género policial: sirenas, persecuciones, interrogatorios y agentes buscando delincuentes. Aquí la verdadera pregunta no es quién cometió un delito, sino qué clase de policía saldrá de la Academia.

Nos encontramos ante un relato de iniciación. Los alumnos deben aprender a ejercer la violencia legítima, obedecer órdenes y conservar el criterio propio. Las tres obligaciones pueden convivir sin problemas en un manual, pero chocan con enorme violencia cuando alguien tiene que tomar una decisión en la calle.

El productor definió la serie como "una historia atractiva y pertinente" y destacó que ofrecía "una perspectiva distinta dentro de las series policiales". La diferencia resulta evidente. En lugar de acompañar a agentes experimentados que conocen los procedimientos, seguimos a jóvenes que todavía están aprendiendo qué significa representar a la ley y hasta qué punto el uniforme puede protegerlos, condicionarlos o esconderlos.

El rodaje se repartió entre Copenhague y Malmö, aunque las dos ciudades sirven menos como postal que como prolongación del conflicto. Dentro de la Academia las notas de producción señalan que deben dominar los encuadres fijos y cercanos. Todo parece vigilado, ordenado y sometido a reglas. La cámara también tiene que obedecer un reglamento. En la calle, en cambio, la cosa se vuelve más inmediata e inestable, como si el mundo real deshiciera en segundos la seguridad aprendida en las aulas.

En su relación con la realidad, la serie actúa con especial cuidado. El disparo de Youssef no reproduce un caso concreto, sino que combina distintos incidentes en los que la actuación policial fue cuestionada. La autoridad que lo investiga tampoco es una invención dramática. Dinamarca dispone de un organismo independiente que examina las denuncias y los posibles delitos cometidos por agentes, además de abrir investigaciones cuando una persona muere o resulta herida como consecuencia de una intervención policial.

También es real la importancia que la formación danesa concede al uso proporcional de la fuerza. El programa oficial enseña a utilizar la pistola de servicio de manera necesaria, legal y responsable. La propia Academia explica que los alumnos aprenden mucho sobre los medios coercitivos, "pero más aún sobre cómo no utilizarlos".

La paradoja resulta magnífica. Los futuros policías se preparan durante meses para una situación extrema que quizá nunca llegue. Cuando finalmente llega, apenas disponen de unos segundos para recordar todo lo aprendido. El manual puede explicar cuándo debe utilizarse un arma, pero no puede detener el tiempo para que el agente repase cada apartado antes de decidir.

Esa base documental evita que el debate quede reducido a policías buenos frente a policías malos. "El uniforme" plantea una pregunta más difícil: ¿qué ocurre cuando una decisión aparentemente defendible, tomada bajo presión, revela al mismo tiempo los defectos de todo el sistema que preparó a quien la tomó?

La serie distribuye la responsabilidad sin diluirla. Nadie queda completamente a salvo, pero tampoco todos son responsables de la misma manera. El suspense nace de conversaciones, informes, amistades, silencios y pequeñas traiciones. Su director, Jonas Alexander Arnby, definió este drama de relaciones como algo que "casi se convierte por sí mismo en un thriller de 'noir' nórdico". La descripción es exacta: el peligro no se encuentra únicamente en la calle, sino también en los despachos donde se decide qué versión llegará hasta el público.

No necesitamos viajar a Dinamarca para reconocer ese mecanismo. La legislación española permite a los agentes emplear la fuerza, pero somete ese poder a tres criterios: congruencia, oportunidad y proporcionalidad. Las normas internacionales añaden que solo puede utilizarse cuando resulte estrictamente necesario y en la medida exigida para cumplir una función legítima.

En el caso de las defensas policiales, las directrices de Naciones Unidas indican además que deben evitarse los golpes en zonas sensibles como la cabeza, el cuello, la columna o el abdomen, debido a la gravedad de las lesiones que pueden provocar. Las reglas parecen claras mientras permanecen en el papel. Todo cambia cuando observamos una escena concreta.

El 31 de mayo de 2026, una profesora jubilada de 68 años participaba en Valencia en las movilizaciones de la enseñanza pública. Caminaba por la calzada, de espaldas a un miembro de la Unidad de Intervención Policial, cuando el agente corrió hacia ella y la empujó con fuerza. La mujer cayó de bruces. Se fracturó la nariz, sufrió una herida en la barbilla que necesitó sutura y padeció dolores en la mandíbula que todavía le dificultaban comer varias semanas después.

Podemos discutir si los manifestantes querían cortar el tráfico, si habían desobedecido instrucciones o si resultaba necesario desalojar la calzada. Ninguna de esas cuestiones responde por sí sola a la pregunta principal: ¿era necesario empujar de ese modo, por la espalda, y sin una advertencia perceptible, a una mujer que no representaba una amenaza inmediata? La proporcionalidad no depende únicamente del objetivo policial. También obliga a valorar quién se encuentra delante, qué peligro representa, qué alternativas existen y qué consecuencias previsibles puede tener la fuerza empleada.

La primera reacción de la delegada del Gobierno fue contundente. Calificó lo ocurrido de "inaceptable" y "totalmente incomprensible", aseguró que se investigarían los hechos y recordó que las fuerzas de seguridad también tienen la obligación de proteger el derecho de manifestación.

Sin embargo, el atestado policial redactado pocas horas después describió el empujón como el empleo de la "mínima fuerza reglamentaria" y presentó la caída como un resultado "accidental", provocado por la inercia y la pérdida de equilibrio. El Estado habló así con dos voces. Una reconocía que las imágenes exigían explicaciones. La otra construía desde el primer momento una narración defensiva.

Y aquí regresamos al verdadero asunto de "El uniforme". Investigar significa considerar diferentes hipótesis, incluida la posibilidad de que un funcionario se haya equivocado o excedido. Cuando el informe interno adopta inmediatamente el vocabulario de la exculpación (fuerza mínima, resultado no pretendido, actuación ajustada, etc...), el análisis corre el riesgo de convertirse en una defensa corporativa revestida de lenguaje técnico.

La intención de causar daño tampoco resuelve el debate. Un agente puede no querer lesionar a nadie y utilizar, aun así, una fuerza imprudente o desproporcionada. La función de una investigación consiste precisamente en distinguir entre un accidente inevitable, un error profesional, una infracción disciplinaria y una conducta penal. Convertir la falta de intención en una absolución anticipada supone confundir dos cosas distintas: las consecuencias jurídicas de una conducta y la necesidad de averiguar con honestidad qué ocurrió.

Algo parecido sucede cuando determinados sindicatos policiales reaccionan como si cualquier cuestionamiento de un agente fuera un ataque contra todo el cuerpo. Uno de los tres principales sindicatos policiales valencianos, el tercero en importancia, respaldó al policía casi inmediatamente y respondió que quien sale a cortar calles se expone a que lo retiren de ellas.

La frase desplaza la atención. Ya no hablamos de la fuerza concreta que se utilizó, sino de la conducta general atribuida a la manifestante. El derecho a defender profesional y jurídicamente al agente es indiscutible. Convertirlo en la obligación de justificar cualquier actuación antes de conocer el resultado de la investigación debilita la credibilidad del propio sindicato.

A fecha de agosto de 2026, no puede confirmarse que el agente implicado haya recibido una sanción firme. La ausencia de una resolución conocida no demuestra por sí sola que la actuación fuera correcta o incorrecta. Demuestra algo más sencillo y, al mismo tiempo, más preocupante: que el tiempo institucional avanza mucho más despacio que las imágenes, las declaraciones y las versiones interesadas.

"El uniforme" obtuvo el premio a la mejor serie en el Festival de Televisión de Montecarlo después de alcanzar en Dinamarca un 47% de cuota de pantalla, y ya tiene una segunda temporada en desarrollo. El reconocimiento resulta coherente con lo que consigue. La serie renueva el género policial al desplazar nuestra atención desde quien persigue al delincuente hacia quien todavía está aprendiendo a representar la ley. Nos recuerda que la autoridad no comienza cuando alguien se coloca un uniforme, sino cuando comprende el peso de llevarlo.

Al terminar, esa prenda ya no parece únicamente una señal de pertenencia. Es un contrato moral que puede proteger, imponer, unir y borrar. Llevar una placa exige aprender protocolos. Seguir siendo humano cuando todos esperan que uno actúe como una institución exige algo bastante más difícil.

Vídeo

"El uniforme" puede verse en España en Filmin

Carlos López-Tapia

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

Suscríbete
Notificar
guest
0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Me encantaría conocer tu opinión, comenta.x
()
x