Cine en serie: La Cocina del Infierno de "The Westies", un paseo por el Nueva York de 1982
Querido Teo:
Nuestro viaje a colación de la serie "The Westies" comienza una tarde de aguanieve en la Novena Avenida. En el número 541, la pescadería Sea Breeze exhibe más de una docena de carpas vivas; unas puertas más abajo, International Groceries amontona alubias, anís, cilantro, achiote, manzanilla, ajo y planchas de pescado salado. Un hombre pasa a nuestro lado murmurando: "Esto es el infierno en la tierra", mientras el frutero de Vinnie's vocea habas, quimbombó y judías bajo un lema difícil de mejorar: "¡Si crece, lo tenemos!". Para completar la escena, tres coches de caballos bajan hacia las cuadras de la calle 39.
Así describió The New Yorker la avenida en marzo de 1982: pescado, especias, estiércol, humedad y comercio mezclados en una sola bocanada. Conviene respirar hondo, aunque quizá tampoco demasiado. Hemos aterrizado en Hell's Kitchen, la Cocina del Infierno, junto al distrito de los teatros, la terminal de autobuses Port Authority y una ribera que todavía conserva almacenes, talleres y restos del mundo portuario.
Al oeste empieza a levantarse el centro de convenciones Jacob K. Javits, una obra que anuncia empleos, contratos, dinero y especulación. Al este, Broadway derrama técnicos, coristas, actores sin trabajo y camareros que preparan audiciones entre turno y turno.
Manhattan Plaza, inaugurado en 1977, reserva el 70% de sus viviendas a trabajadores de las artes escénicas, de manera que el barrio reúne vecinos antiguos, estibadores, policías, comerciantes, músicos, aspirantes a estrella y algunos delincuentes que seguramente preferirían no aparecer en el censo. En pocas manzanas podemos cruzarnos con alguien que acaba de salir de un ensayo, otro que regresa del muelle y un tercero cuyo oficio resulta aconsejable no preguntar.
Antes de continuar, conviene resolver una cuestión. ¿Por qué se llama la Cocina del Infierno? La respuesta más rigurosa reconoce que nadie conserva el acta de bautismo. Una de las primeras apariciones documentadas del nombre en la prensa neoyorquina se produjo en septiembre de 1881, cuando una crónica describió el entorno de la calle 39, entre las avenidas Novena y Décima, como una de las zonas más bajas, sucias y violentas de la ciudad.
Allí se apiñaban viviendas insalubres, tabernas, mataderos, almacenes, depósitos de gas y terrenos ferroviarios, mientras distintas pandillas se disputaban unas calles a las que la autoridad llegaba con dificultad.
El nombre pudo aplicarse primero a un edificio o a una manzana especialmente temida y extenderse después por el vecindario. La versión más pintoresca cuenta que, durante un disturbio, un policía novato exclamó: "Este lugar es el mismísimo infierno". Su compañero, conocido como Dutch Fred, habría respondido: "El infierno tiene un clima suave. Esto es la Cocina del Infierno". La réplica resulta perfecta, aunque pertenece más a la leyenda del barrio que a la historia demostrable. También debemos admitir que pocas campañas turísticas han nacido de una comparación tan poco halagüeña.
Empezaríamos la mañana en Poseidon Bakery, abierta desde 1923, con una porción de spanakopita o alguno de sus pasteles griegos. Para comer iríamos a Manganaro’s Grosseria Italiana, en el número 488 de la Novena Avenida, donde nos esperan embutidos, quesos, pasta y uno de aquellos bocadillos italianos que Nueva York llama "héroes".
Aquí no buscamos cocina de autor ni platos acompañados de una explicación más larga que la comida, sino raciones abundantes para vecinos que trabajan de pie y saben exactamente cuánto dura un dólar. En Ray Variety, según la crónica de 1982, cinco vasos de plástico costaban 99 centavos. Parece un detalle insignificante, pero basta para situar nuestro bolsillo en el tiempo.
El metro nos cuesta 75 centavos, tarifa vigente desde julio de 1981. Una cerveza de unos 473 mililitros, equivalente aproximado a una pinta estadounidense, tenía en 1982 un precio medio nacional de 54 centavos al por menor. En un pub popular pagaríamos alrededor de un dólar, quizá algo más, aunque debemos tomar esa cantidad como una estimación.
A media tarde entraríamos en McHale’s, situado en la esquina de la calle 46 con la Octava Avenida. Era un bar de tramoyistas, actores de reparto y aficionados al hockey, atendido por camareras que a menudo querían abandonar la bandeja para subir al escenario. Entre los clientes ocasionales podían aparecer Brian Dennehy, a quien muchos recordamos por "Acorralado" (1982) y "Cocoon" (1985), o un joven Ed Harris, bastante antes de "Apolo 13" (1995).
La barra procedía de la Exposición Universal de 1939 y su hamburguesa de casi 400 gramos podía resolver el hambre de toda una función teatral. Un habitual dejó la mejor reseña posible: "Cuanto más oscurecía, mejor aspecto tenía McHale’s". No sabemos si hablaba del establecimiento, de los clientes o de sí mismo, y ahí reside buena parte de la gracia.
Si buscamos una noche menos inocente, cruzaríamos hasta Terminal Bar, frente a Port Authority. Sheldon Nadelman, camarero y fotógrafo, retrató allí durante diez años a oficinistas, prostitutas, proxenetas y una clientela mayoritariamente gay y negra. Él lo recordaba como "el bar más gay de Nueva York".
Su cámara conservó rostros que la ciudad habría borrado, aunque nosotros no deberíamos imitarlo sin permiso. Fotografiar a un desconocido, preguntar quién está "conectado" o tratar a los parroquianos como si formaran parte de un parque temático sería una manera bastante eficaz de estropear la excursión. Terminal Bar cerró en 1982, de modo que entraríamos durante los últimos meses de un mundo que ya estaba desapareciendo.
En Hell's Kitchen el peligro podía cambiar al cruzar una sola avenida. Alrededor de Port Authority y de la calle 42 se concentraban hoteles de habitaciones individuales, cines pornográficos, locales de "peep show", prostitución, venta callejera de drogas, carteristas y atracos. Las luces de Broadway quedaban muy cerca, pero algunas calles laterales permanecían mal iluminadas y ofrecían escondites entre entradas de servicio, aparcamientos, almacenes y solares.
Nuestro paseo exigiría unas precauciones sencillas: evitar atajos solitarios, no exhibir dinero y saber adónde vamos antes de abandonar una avenida concurrida. Quedarse quieto desplegando un mapa a medianoche habría sido una excelente manera de anunciar que éramos visitantes llegados del futuro, aunque quizá no hubiéramos conservado el mapa durante demasiado tiempo.
Para ganarnos la simpatía del barrio bastaría algo menos cinematográfico: saludar al camarero, dejar propina, pedir sin fingir que conocemos el lugar y escuchar antes de contar nuestra vida. En McHale's podríamos preguntar por la función de la noche o por los Rangers. La regla sería sencilla: discutir si el equipo tiene defensa puede iniciar una conversación; preguntar quién controla la defensa del barrio puede cerrarla de golpe.
También ayudaría invitar a una ronda sin convertir el gesto en un espectáculo, porque la generosidad discreta suele viajar bastante mejor que la exhibida. En un barrio acostumbrado a medir a los recién llegados, resultar educado y poco entrometido podía ser una forma razonable de supervivencia.
Después de medianoche acabaríamos en Market Diner, abierto desde 1962 en la esquina de la calle 43 con la Undécima Avenida. Sus bancos de vinilo naranja y su aire futurista acogían a tramoyistas, coristas, actores de papeles pequeños y bebedores que necesitaban café y huevos cuando cerraban los bares.
Frank Sinatra disponía de una zona trasera protegida por una cortina y llegaba de madrugada; también pasaron por allí Diane Keaton y Bette Midler. Los Westies utilizaron el Diner como punto de reunión, y en ese momento nuestra curiosidad debería detenerse. Comemos, observamos cómo el humo permanece suspendido sobre las mesas y evitamos preguntar por qué un reservado se ha quedado súbitamente en silencio.
Ese silencio tenía detrás algo más que reputación. Durante aquellos años, los Westies controlaban apuestas ilegales, préstamos usurarios, extorsiones y parte del tráfico de drogas, además de trabajar para la familia Gambino. Los procesos judiciales posteriores probaron asesinatos, secuestros y mutilaciones, y mostraron hasta qué punto un grupo relativamente reducido podía intimidar a comerciantes y vecinos.
Por supuesto, no todo hombre que bebía en una taberna pertenecía a la banda, pero convenía no confundir familiaridad con confianza. Quien parecía un parroquiano podía ser un corredor de apuestas, un intermediario sindical o alguien cuyo nombre resultaba aconsejable no repetir fuera del local.
Las fachadas gastadas y los hoteles baratos tampoco formaban parte de una decoración bohemia preparada para nuestro paseo. Eran señales de pobreza, adicción, explotación sexual y violencia. The New Yorker describió parte de la calle 43 como un territorio de "circunstancias dolorosas y expectativas limitadas".
La proximidad entre Broadway y la miseria producía contrastes brutales. A pocas manzanas de un musical caro, alguien podía dormir en una habitación deteriorada o ganarse la noche bajo la vigilancia de un proxeneta. Nosotros podemos disfrutar del ruido porque sabemos que regresaremos a nuestro tiempo, pero conviene no convertir en pintoresco el miedo que los vecinos no podían abandonar cuando terminaba la escena.
Nuestra pequeña filmoteca comenzaría con "El clan de los irlandeses" (1990), donde Sean Penn, Gary Oldman y Ed Harris recorren un Hell's Kitchen dominado por una banda irlandesa. Añadiríamos "Taxi driver" (1976) para recuperar la suciedad luminosa del Nueva York de la década anterior, y "The deuce" (2017) para observar cómo el sexo, los bares, los cines y el crimen atraviesan los años ochenta.
Ninguna de estas obras es un documental, aunque juntas proporcionan una cartografía emocional convincente: lluvia sobre el asfalto, neones reflejados en los charcos y una puerta de bar que parece invitarnos y advertirnos al mismo tiempo.
Al amanecer regresaríamos a la Novena Avenida. Los comerciantes levantarían los cierres, los coches de caballos volverían a sus cuadras y las obras del Javits continuarían avanzando. El barrio se despediría con su mejor chiste involuntario: lo llamaban la Cocina del Infierno, pero allí todo el mundo parecía saber dónde conseguir pescado, pan, una hamburguesa enorme, una cerveza y café a las cuatro de la mañana. El verdadero peligro no consistía en pasar hambre, sino en sentarse a la mesa equivocada.
Si al terminar el paseo nos diera un arrebato nostálgico y compráramos un billete para Nueva York, todavía encontraríamos algunas puertas por las que entrar. Poseidon Bakery continúa en la Novena Avenida, preparando a mano la masa filo y ofreciendo los pasteles griegos que ya alimentaban al barrio cuando nuestros viajeros de 1982 llegaron bajo la aguanieve.
Manhattan Plaza sigue levantando sus dos torres sobre la calle 43 y conserva su relación con los trabajadores de las artes escénicas, de manera que aún podríamos cruzarnos en el ascensor con un actor, un bailarín o un músico que ensaya mientras espera la oportunidad que pague el alquiler.
Para beber elegiríamos Rudy's Bar & Grill, abierto desde 1933, con sus bancos de vinilo castigados, su cerdo de fibra de vidrio en la entrada, cerveza barata y un perrito caliente gratuito con cada consumición. No es McHale's, pero todavía entiende la hospitalidad como una mezcla de alcohol, conversación y comida ofrecida sin demasiadas ceremonias.
También podríamos entrar en el West Bank Cafe, inaugurado en 1978 y salvado recientemente del cierre, donde el comedor y el pequeño teatro del sótano mantienen vivo el vínculo entre Hell's Kitchen y Broadway.
El resto exige imaginación. Terminal Bar cerró precisamente en 1982; McHale's desapareció en 2006; Manganaro's resistió hasta 2012 y Market Diner sirvió sus últimos cafés en 2015. En sus antiguas esquinas encontramos edificios nuevos, restaurantes, hoteles y viviendas cuyos precios habrían parecido una broma cruel a muchos de los vecinos de entonces.
El centro Javits ya no es una promesa rodeada de barro, sino un recinto gigantesco y ampliado, mientras la ribera del Hudson ofrece parques y paseos donde antes se acumulaban muelles, camiones y terrenos industriales.
Algo, sin embargo, permanece. Sigue vivo el trazado de las calles, la cercanía de Broadway, la mezcla de vecinos antiguos y recién llegados, la costumbre de comer a cualquier hora y cierta resistencia a que el barrio se convierta por completo en una prolongación de Times Square. Podemos comprar una spanakopita, beber en Rudy's, mirar hacia Manhattan Plaza y caminar después hasta el Hudson, reconstruyendo con la memoria cuanto los edificios nuevos han borrado.
La Cocina del Infierno ya no es aquel lugar donde convenía preguntarse quién ocupaba la mesa del fondo. Ahora el riesgo consiste en atravesarla demasiado deprisa, confundir tranquilidad con ausencia de historia y no advertir que bajo cada fachada renovada puede continuar escondida una puerta que ya no existe.
Nuestro paseo por 1982 sobreviviría así, repartido entre unos pocos establecimientos, muchas fotografías y esa forma tan particular que tiene Nueva York de conservar su pasado: destruirlo casi todo y dejar las pistas suficientes para que todavía podamos perseguirlo.
"The Westies" puede verse en España en Amazon Prime
Carlos López-Tapia



































