Cine en serie: "Los secretos que ocultamos", o una emigración con rostro de mujer

Cine en serie: "Los secretos que ocultamos", o una emigración con rostro de mujer

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Querido Teo:

A colación de la serie "Los secretos que ocultamos" vemos que hay fechas que parecen sin mayor sentido hasta que descubrimos que cambiaron la vida de millones de personas. El 1 de mayo de 1974 es una de ellas. Aquel día, en plena dictadura de Ferdinand Marcos, entró en vigor en Filipinas un Código Laboral que convirtió en política de Estado algo que hasta entonces había sucedido de forma mucho más dispersa: mandar trabajadores al extranjero.

Los filipinos ya emigraban. Había marinos, enfermeras y otros profesionales que buscaban empleo en Estados Unidos y en distintos países, pero desde mediados de los años setenta aquella salida adquirió otra dimensión. Filipinas tenía desempleo, necesitaba divisas y, al mismo tiempo, el auge del petróleo disparaba en Oriente Próximo la demanda de trabajadores. Las dos necesidades encajaron. Entre 1975 y 1986, las salidas registradas pasaron de unas 36.000 a más de 266.000 personas. Lo que se presentó como una solución temporal terminó incorporándose a la economía del país y, algo bastante más difícil de medir, a la vida de sus familias. Y aquella emigración fue adquiriendo cada vez más rostro de mujer.

El crecimiento del trabajo doméstico, los cuidados, la hostelería y otros servicios en los países receptores hizo que las filipinas ocuparan una parte creciente de esta migración laboral. Hong Kong se convirtió en uno de los destinos emblemáticos de las empleadas domésticas. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait absorbieron grandes contingentes. Singapur, Taiwán, Japón, Europa y Norteamérica completaron un mapa que fue cambiando con los años. Al comenzar el siglo XXI, las mujeres eran ya mayoría en muchos de los nuevos contingentes de trabajadores contratados en el extranjero.

La fotografía de 2024 ayuda a entender hasta dónde ha llegado ese fenómeno. Trabajaban en el extranjero unos 2,19 millones de filipinos y casi seis de cada diez eran mujeres: alrededor de 1,25 millones. Asia concentraba cerca de tres cuartas partes de todos estos trabajadores; Europa, algo más de uno de cada diez, y América del Norte y del Sur, alrededor de uno de cada diez. Arabia Saudí reunía por sí sola algo más de una quinta parte del total. Cuando miramos exclusivamente a las mujeres vuelven a aparecer Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Hong Kong. No es casualidad. Son corredores migratorios creados a lo largo de décadas por los mercados de trabajo, las agencias de contratación, las redes familiares y las leyes de los países que reciben esa mano de obra.

Hay, sin embargo, una cifra especialmente reveladora. En 2024, casi siete de cada diez trabajadoras filipinas en el extranjero estaban clasificadas dentro de las llamadas ocupaciones elementales. Conviene no confundir esa categoría únicamente con el servicio doméstico, porque también incluye limpieza, ayuda de cocina, mantenimiento básico y otras tareas rutinarias. Pero sí nos está diciendo algo importante: una enorme proporción de estas mujeres ocupa trabajos con poca autonomía y, con frecuencia, con una dependencia muy elevada del empleador. Y ahí empiezan los riesgos.

Una investigación sobre casi 24.000 incidentes de abusos y otros problemas registrados en 2022 entre trabajadores filipinos en los países del Golfo descubrió que aproximadamente tres de cada cuatro casos afectaban a mujeres. Es importante entender bien la cifra. No significa que tres de cada cuatro filipinas emigrantes sufran abusos. Se refiere únicamente a los incidentes que llegaron a ser registrados o atendidos. Pero nos dice quién aparece con mucha mayor frecuencia cuando el sistema deja de funcionar.

En el trabajo doméstico, además, la dependencia puede ser casi absoluta. Del mismo empleador pueden depender el salario, la vivienda, el permiso de residencia y buena parte de la vida cotidiana. Entre los problemas documentados aparecen incumplimientos de contrato, impagos, retención o dificultades con los documentos, jornadas interminables y malos tratos. En los casos más graves, también violencia física o sexual. Pero hay otro coste bastante menos espectacular y probablemente mucho más frecuente: vivir lejos.

Muchas mujeres continúan administrando desde miles de kilómetros las necesidades económicas de su familia. Envían dinero, pagan estudios, ayudan a padres, hermanos o hijos y, al hacerlo, pueden convertirse en una especie de sostén invisible de varias personas. Las remesas crean también expectativas. Excel Busano, antigua "au pair" y después actriz de "Los secretos que ocultamos", lo explicó de una manera extraordinariamente sencilla al hablar de las familias que piden dinero a quien trabaja fuera: antes de pedirlo, convendría preguntar cómo se encuentra esa persona. Porque vivir en el extranjero también es difícil.

Podemos intentar imaginar a una de estas mujeres, pero conviene hacerlo sin fabricar una biografía que las estadísticas no nos permiten conocer. Podría rondar los treinta años, porque las trabajadoras de entre treinta y treinta y nueve tienen mucho peso entre las emigrantes filipinas. Tendría muchas más posibilidades de ocupar un empleo elemental o de servicios que un puesto directivo. También sería mucho más probable encontrarla trabajando en algún país asiático o del Golfo que en Europa. Podría enviar una parte de su sueldo a Filipinas y pasar años viviendo entre dos calendarios: el de su contrato y el de su familia. Y ahí debemos detenernos.

No sabemos si tiene marido, hijos o deudas. No sabemos si se marchó por necesidad, por ambición o por ambas cosas. Mucho menos podemos atribuirle una historia de abusos. Hacerlo sería convertir una biografía estadística en ficción. Ni siquiera hace falta. Con lo que sabemos ya aparece ante nosotros una estructura bastante poderosa: mujeres en plena edad laboral, concentradas en determinados empleos y obligadas muchas veces a organizar su vida a miles de kilómetros de casa.

España ocupa un lugar distinto dentro de esta historia y tiene además una peculiaridad jurídica importante. Los ciudadanos naturales de Filipinas pueden solicitar la nacionalidad española después de dos años de residencia legal y continuada, frente al plazo general de diez años. Además, España no les exige renunciar a la nacionalidad filipina. Esto complica mucho las estadísticas.

Una filipina que haya adquirido la nacionalidad española deja de aparecer como extranjera cuando contamos habitantes por nacionalidad, aunque siga formando parte de la comunidad filipina por nacimiento, familia y cultura. Ya en 2006 una estimación publicada en Filipinas calculaba que vivían en España unas 40.000 personas de origen filipino y señalaba que una parte considerable había adquirido la ciudadanía española.

Los datos más recientes sobre concesiones de nacionalidad tampoco sitúan a Filipinas entre los quince países de origen con mayor número de nuevos españoles. Por tanto, cualquier cifra actual que intente contar a las "filipinas en España" fijándose únicamente en el pasaporte probablemente se quede corta.

También debemos ser cuidadosos cuando hablamos de matrimonios mixtos. En 2024 se registraron en Filipinas algo más de 14.000 matrimonios entre una persona filipina y una extranjera. En más de nueve de cada diez, la persona filipina era una mujer casada con un hombre extranjero. Entre aquellos esposos, los estadounidenses fueron los más numerosos, con cerca de 3.800, seguidos por chinos, japoneses, canadienses y coreanos.

De nuevo conviene no sacar conclusiones que las cifras no permiten. Estamos hablando de matrimonios registrados en Filipinas durante un solo año, no de todos los enlaces de mujeres filipinas celebrados en el mundo. Y una estadística matrimonial no nos explica por qué dos personas deciden casarse.

Sí sabemos que las redes sociales y las aplicaciones han multiplicado las vías de contacto entre personas de distintos países. Sabemos también que las autoridades filipinas mantienen programas de orientación y advertencias sobre intermediarios ilegales, matrimonios fraudulentos y trata de personas. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo sin que una explique necesariamente la otra.

El cine y la televisión filipinos llevan décadas contando esta ausencia. Películas como "Your mother's son" (2023) o "Caregiver" (2008), esta última centrada en una mujer que deja Filipinas para trabajar en Londres, convirtieron en protagonistas a quienes se marchaban y mostraron también la cara menos visible de las remesas: la familia que queda atrás, los hijos que crecen sin sus madres y la distancia que el dinero no siempre consigue reparar.

Fuera de Filipinas, en cambio, la cuidadora o empleada doméstica asiática ha ocupado demasiadas veces el margen de la historia: está en la casa, cuida a los niños, escucha conversaciones y desaparece de la escena en cuanto ha cumplido su función.

"Los secretos que ocultamos" hace algo bastante más interesante. Ruby y Angel no forman parte del decorado. Sostienen el misterio. Tienen información, relaciones, amistades y una comunidad propia que existe más allá de las familias para las que trabajan. Cuatro de las intérpretes filipinas de la serie habían sido "au pairs" y el equipo danés recurrió a su experiencia durante la preparación. De este modo, una parte de aquella emigración real terminó regresando a la pantalla convertida en material dramático.

Y probablemente ahí se encuentre una de las mejores claves para ver la serie. Lo que en una gran casa de Copenhague puede parecernos un secreto doméstico pertenece en realidad a un sistema internacional que lleva funcionando más de medio siglo. Filipinas necesitaba empleo y divisas y exportó trabajo. Los países ricos necesitaban cuidados, limpieza, sanidad, hostelería, servicios y, sobre todo, tiempo, y lo importaron.

En medio quedaron millones de personas y, entre ellas, muchísimas mujeres capaces de sostener simultáneamente dos hogares: aquel en el que trabajan y aquel al que siguen llamando casa. Mirarlas únicamente como víctimas sería simplificarlas. Convertirlas en heroínas de sacrificio permanente tampoco nos permitiría entenderlas. La emigración femenina filipina ha creado oportunidades, independencia económica y nuevas vidas, pero también ha distribuido de manera muy desigual la vulnerabilidad y el riesgo.

Entre esas dos verdades, precisamente ahí, comienza la historia que merecía la pena contar.

Vídeo

"Los secretos que ocultamos" puede verse en España en Netflix

Carlos López-Tapia

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