Cine en serie: "El visitante", la lógica de lo irracional

Cine en serie: "El visitante", la lógica de lo irracional

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Querido Teo:

"El visitante" ha sido uno de los estrenos con más relumbrón de la planilla de HBO para este 2020 y es que el reclamo de Stephen King siempre tiene mucho predicamento. Una serie oscura, asfixiante y paranormal que ha combinado el drama humano con ese tono de investigación sombrío y obsesivo para sus impulsores que le ha acercado a “Mindhunter” y “Expediente X”. Una serie que, a pesar de sus altibajos, no tiene nada que envidiar a las mejores adaptaciones que se han hecho de Stephen King en pantalla como son "Misery", "Cadena perpetua", "La milla verde" o "La niebla" . Y es que no es sólo eso ya que “El visitante” entronca con la excelsa primera temporada de “True detective” o con los picos más destacados de la filmografía de M. Night Shyamalan.

Esta serie limitada (compuesta por 10 capítulos) se centra en un crimen cometido en la ciudad de Flint. Un niño es encontrado asesinado en extrañas circunstancias y el agente Ralph Anderson arresta al principal sospechoso, el entrenador de béisbol Terry Maitland que, teóricamente, conducía la furgoneta en la que se subió el chico cuando fue visto por última vez. Pero no todo es lo que parece y más siendo un relato de King lo que hará que poco a la poco la historia vaya teniendo conexiones con el terror fantástico. Una exquisita producción con un buen reparto formado por nombres tan interesantes como los de Ben Mendelsohn, Jason Bateman, Cynthia Erivo, Bill Camp, Mare Winningham, Paddy Considine y Julianne Nicholson son las mejores bazas. El guión corre a cargo de Richard Price (nominado al Oscar por “El color del dinero”) y Jason Bateman, además de dar vida a ese entrenador, es productor y también director de los dos primeros episodios.

“El visitante” conecta con nuestros miedos y sensaciones de no haber estado a la altura cuando alguien querido nos necesitaba y también con el dolor de la pérdida imprevista y arrebatada. Es precisamente el hecho de la muerte de su hijo lo que lleva al agente Ralph Anderson a actuar de manera beligerante y desmedida, no dudando en arrestar al principal sospechoso del asesinato de otro crío delante de toda la ciudad y durante un partido de béisbol con el fin de sanar, en cierta manera, su frustración. Y es que la serie desmonta prejuicios y, sin perder cotas de verismo, liga con el azar del destino y la persistente lucha que tiene la condición humana entre lo racional y lo irracional, así como el debate interno de lo que supone para uno su fe y creencias.

“El visitante” se toma las cosas con calma y, aunque sufre algunos bajones hasta que llega a enfocar la propuesta por donde quiere, mientras va definiendo a sus personajes, crece a partir del sexto capítulo (dirigido por Karyn Kusama) en el que a través del personaje de Holly, la singular investigadora que interpreta Cynthia Erivo (la nominada al Oscar este mismo año por “Harriet”), se ponen las cartas sobre la mesa en una reunión con los principales personajes de la serie asistiendo atónitos todos ellos, y ante lo que cada uno está dispuesto a creer, al peligro de algo que les supera y que, a pesar de la incredulidad, es una fuerza y un enemigo que se erige como realidad frente a cualquier acto de fe o superchería.

Es ese el principal peaje que exige la serie al espectador ya que favorece que, a pesar de desarrollarse la premisa de una manera disparatada desde el punto de vista de la verosimilitud, estamos como ante uno de esos cuentos tradicionales hilvanados de manera pausada, medida y con el suficiente empaque para que la historia nunca sea ridícula y gane en interés y credibilidad conectando con esos miedos ancestrales infantiles que han ido creciendo generación tras generación dando protagonismo a figuras como el Coco o el Hombre del Saco.

La serie tiene sus trucos y camina por la línea que lleva a romper esa zona de confort propia de la lógica de los hechos en los que se apoya nuestra estabilidad a la hora de entender la concepción de nuestro mundo. Con ese riesgo presente en todo momento, la serie se basa en la atmósfera para fundamentar un envolvente thriller que gracias al sello de Richard Price (hay que recordar su labor en “The Wire” o “The night of”) formula un policiaco que combina lo "noir" con el terror paranormal. Un procedimental que conecta con las obsesiones de un agente de la ley que, a pesar de tenerlo todo atado desde el punto de vista de las pruebas y la lógica, se ve hecho un mar de dudas cuando surge poco a poco un escenario tan poco real como cada vez más evidente, la posibilidad de la figura del doble (el llamado doppelgänger), o simplemente la circunstancia de que el miedo (nuestros miedos) pueda adoptar distintos y voraces rostros.

Ya hemos hablado de ese guión bien perfilado, de esa atmósfera sustentada en la medida planificación en escena de fotografía pantanosa y música subyugante, de esa lucha entre la evidente racionalidad y los vericuetos de lo ilógico, de la especial sensibilidad para creer y del puro rechazo escéptico de lo que no se nos escapa de nuestro entender, asentado con el paso de los años y que de aceptarlo dinamitaría nuestra cordura, pero hay una especial baza en esta modélica producción, que la sitúa como una de las mejores versiones de la ya vasta relación audiovisual de Stephen King, y esa es la conexión que se establece entre los personajes de Ralph y Holly.

Ben Mendelsohn y Cynthia Erivo son los dos personajes más interesantes de la serie. Él como Ralph, ese usamericano de la zona profunda del país poco dado a mostrar sus sentimientos y que vive en una aparente fachada de seguridad, que le da el cargo de su profesión, pero que lidia con sus fantasmas entre autoreproches, su tragedia familiar y las eternas dudas fruto de hasta qué punto sus convicciones e ideas preconcebidas le han llevado a errar. Frente a él, y partiendo de la investigación de la muerte del niño Frankie Peterson, una cadena de sucesos y actos le llevan a Holly, una frágil y no menos rota joven, pero sí tan decidida como intuitiva investigadora, que es la que pone el espejo frente a los que se resisten a creer en una maldad más pagana, ancestral y en forma de parábola. Esas llamadas, conversaciones de carretera y confrontaciones intelectuales que mantienen ambos personajes, él herido por la vida y ella marginal de una sociedad que la ve como “bicho raro” y a la que al menos puede permitirse observar en panorámica desde fuera, son lo mejor de una serie que basa su fuerza y atractivo en ese mal que pivota y rebota en una epidemia en la que sólo un arañazo es el causante de muertes cruentas como si fueran sucesos encadenados dispuestos a arrasar una familia entera en pro de una gula que infecta y devora.

Una serie de ritmo lento pero que hace que el viaje valga la pena acompañando a ese imprevisto grupo de trabajo que se establece y que no busca sólo enfrentarse al mal y acabar con ese Coco, tan propio de las leyendas y cuentos que vienen de la cultura latina, sino también reparar el nombre de aquellos que han sido acusados injustamente para dar a sus familiares y seres queridos la paz que merecen, como es el caso de Glory, la mujer del entrenador acusado, y sus hijas, al sufrir mucho más que la pérdida, también el derrumbe psicológico y el estigma social que un caso mediático y luctuoso como éste conlleva. Personas que, como el entrenador Terry, han sido otras víctimas más de esa figura paranormal que, al igual que cualquier ente corpóreo, también puede verse apoderada por el hambre (la escena en la feria) o el miedo (el refugio en la cueva de Tennessee) siendo consciente también de su propia finitud. Y es que los fantasmas, no sólo paranormales sino también psicológicos, conviven con nosotros e incluso también se les puede combatir e, incluso, terminar con ellos.

“El visitante” ofrece una investigación que nunca puede aspirar a quedar cerrada, ante la complejidad de que hay cosas que no se pueden explicar incluso cuando las piezas del tablero parecen encajar, debido a las frágiles costuras en las que se sustenta hablar de un mal como ente en forma de ser encapuchado, con cuencas profundas, que se aparece en sueños y que arrambla con sus víctimas nutriéndose también del dolor de los que les rodean. En todo caso, la serie habla de la cotidianidad de nuestros miedos, el sentirse diminutos y vulnerables ante lo que no podemos controlar, entender o explicar, y la lucha interna cuando el bien y el mal dirimen una encarnizada disputa que se resolverá en los actos definitivos que emprenda cada uno.

Una serie con sus picos y valles pero que vuela alto en su tono reposado, pero “in crescendo” conforme avanza la propuesta, y que se erige como un retrato de la mundanidad de ese terror tan humano tan interior y profundo fruto de la vulnerabilidad al quedarse sin red en la que apoyarse. Un Stephen King sobrio y consistente que con el armazón de una historia ensamblada de manera modélica y bien narrada supera todos los prejuicios del género funcionando en sus múltiples facetas ante el mensaje del contagio de nuestro miedo y la frágil consistencia de las creencias del mundo y la sociedad de la que formamos partes, siempre tendente al desmoronamiento o al simple rechazo social por no encajar en ese hábitat que nos da estabilidad pero que, a su vez, nos hace correr el peligro de hacer que no veamos más allá.

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Nacho Gonzalo

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