Mel Brooks, el centenario de la capacidad de reírse de todo enseñándonos a reflexionar
Querido primo Teo:
Hay artistas que dominan una disciplina, otros que definen una época y unos pocos, los verdaderamente excepcionales, que consiguen modificar nuestra manera de interpretar la realidad. Cuando el 28 de junio de 2026 Mel Brooks alcance el siglo de vida, no celebraremos únicamente la longevidad de uno de los grandes creadores del entretenimiento moderno; celebraremos la permanencia de una mirada, de una filosofía y de una idea profundamente humana: que la risa puede ser una de las formas más sofisticadas de inteligencia y una de las armas más eficaces contra el miedo.
La historia del humor siempre ha estado ligada a la libertad. Desde los bufones medievales hasta los grandes monologuistas contemporáneos, el cómico ha ocupado un territorio privilegiado: el de quien puede pronunciar verdades incómodas bajo la protección de la broma. Mel Brooks ha sido, en ese sentido, el gran bufón de la cultura popular contemporánea, un creador que pasó casi un siglo recordándonos que ninguna ideología, ninguna institución y ningún relato humano deberían estar a salvo de la carcajada.
Su propia existencia parece la historia de un personaje salido de uno de sus guiones. Nacido como Melvin Kaminsky en Brooklyn en 1926, hijo de inmigrantes judíos procedentes de Europa del Este, perdió a su padre siendo apenas un niño y creció en un entorno humilde marcado por las dificultades económicas. Aquella infancia en los barrios populares de Nueva York moldeó su manera de entender el mundo.
El humor apareció como un mecanismo de defensa y una forma de inversión del poder: el niño pequeño, pobre y vulnerable podía convertirse, durante unos instantes, en la persona más importante de una habitación si lograba provocar una carcajada.
Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, el joven Brooks sirvió en el ejército como especialista en desactivación de explosivos. Aquel contacto directo con la guerra y con la amenaza del nazismo dejaría una huella imborrable en su visión artística. Años después, cuando se atrevió a convertir a Hitler en una figura grotesca en "Los productores", no lo hizo desde la frivolidad, sino desde el conocimiento de quien comprendía que la burla podía convertirse en una forma de victoria moral sobre aquello que pretendía inspirar terror.
Al regresar de la guerra, Brooks comenzó a abrirse camino en el mundo del espectáculo escribiendo chistes para clubes nocturnos y programas de radio. La década de los cincuenta lo encontró formando parte de la edad dorada de la televisión estadounidense, escribiendo para el legendario programa "Your show of shows" (1950-1954) junto a algunos de los grandes talentos cómicos de la época, como Carl Reiner y Neil Simon. Allí empezó a desarrollar un humor basado no solamente en el chiste, sino en la observación de la conducta humana y en la demolición de cualquier forma de solemnidad.
En los años sesenta llegó su primera gran revolución popular con la creación, junto a Buck Henry, de la serie "Superagente 86" (1965-1970), una parodia del cine de espías que se burlaba de la fiebre provocada por James Bond. Poco después daría el salto definitivo al cine con "Los productores" (1967), una ópera prima tan audaz que le valió el Oscar al mejor guion original y anunció la llegada de una voz completamente distinta dentro de la comedia americana.
Durante los años setenta alcanzó su etapa más brillante y revolucionaria. En apenas unos años entregó títulos fundamentales como "El jovencito Frankenstein" (1974) y "Sillas de montar calientes" (1974), dos obras que demostraban algo esencial sobre su manera de entender la parodia: sólo se puede desmontar un género cuando se le ama profundamente. Sus películas no eran ataques contra el western, el terror o el cine clásico, sino declaraciones de amor disfrazadas de irreverencia.
Precisamente ahí reside uno de los grandes malentendidos sobre Mel Brooks. Su humor nunca nació del desprecio, sino de una profunda admiración por la tradición. La parodia en sus manos se convertía en una conversación con la historia del cine. Por eso "El jovencito Frankenstein", rodada en un expresivo blanco y negro y utilizando parte del material original de los laboratorios empleados por James Whale en los años treinta, no se ríe del monstruo, sino de los prejuicios humanos y de nuestra dificultad para aceptar aquello que consideramos diferente.
La década de los ochenta y los noventa confirmaron su condición de leyenda de la comedia con películas como "La loca historia del mundo" (1981), "La loca historia de las galaxias" (1987), "Las locas, locas aventuras de Robin Hood" (1993) y “Drácula, un muerto muy contento y feliz” (1995), donde siguió jugando con los códigos de la cultura popular con la misma mezcla de anarquía y conocimiento cinéfilo.
Paralelamente, conquistó el teatro con la adaptación musical de "Los productores", un enorme éxito en Broadway, llegado en un momento en el que Estados Unidos trataba de recuperarse del shock causado por los atentados del 11-S, que terminaría por convertirlo en uno de los escasos artistas en alcanzar el EGOT, el exclusivo grupo formado por quienes han ganado los premios Oscar, Emmy, Grammy y Tony.
Sin embargo, si existe una historia tan extraordinaria como su trayectoria artística es la que protagonizó junto a Anne Bancroft. Cuando ambos se conocieron en 1961, ella ya era una de las grandes intérpretes de su generación y una de las mujeres más admiradas y atractivas del panorama cultural de su tiempo. Ganadora del Tony en 1960 y el Oscar en 1963 por "El milagro de Ana Sullivan", más otro máximo galardón teatral por "Dos en el balancín" en 1958, y posteriormente inmortalizada por "El graduado" (1967), Bancroft poseía una intensidad dramática que parecía situarla en las antípodas del humor explosivo de Brooks.
Pero precisamente de ese contraste nació una de las historias de amor más sólidas y duraderas de Hollywood. Casados durante más de cuatro décadas, hasta la muerte de la actriz en 2005, formaron una pareja singular en una industria donde la estabilidad sentimental suele ser una excepción. Brooks siempre habló de ella como el gran amor de su vida, la persona que le proporcionó equilibrio, inspiración y refugio frente a las incertidumbres de una profesión marcada por la exposición pública.
El talento de ambos encontró además una prolongación natural en su hijo, Max Brooks, brillante guionista del emblemático programa "Saturday Night Live" y autor de la exitosa novela "Guerra Mundial Z", una de las obras más influyentes de la literatura fantástica y de terror del siglo XXI. En cierto modo, la imaginación desbordante de Mel Brooks y la inteligencia artística de Anne Bancroft continúan proyectándose en una nueva generación que ha sabido encontrar su propia voz sin renunciar al legado familiar.
Pero la importancia de Brooks va mucho más allá de los premios y de la cantidad de carcajadas que ha provocado. Su verdadera revolución fue comprender que el humor podía mirar de frente incluso a las zonas más oscuras de la historia. Como heredero de la tradición del humor judío, nacida de la conciencia de la fragilidad, el exilio y la persecución, entendió que reír no significa ignorar el dolor, sino negarse a que el dolor tenga la última palabra.
Su cine también fue extraordinariamente moderno. Heredero del espíritu anárquico de los hermanos Marx, sus películas rompían la cuarta pared, dejaban ver los decorados, mezclaban épocas y destruían las reglas narrativas con una libertad que anticipó muchas formas del humor contemporáneo. Esa aparente improvisación escondía, sin embargo, una precisión casi quirúrgica. La comedia, el género más injustamente menospreciado del cine, exige un control absoluto del ritmo, del silencio y de la sorpresa.
Existe una hermosa paradoja en su legado: el hombre que pasó toda su vida derribando monumentos culturales terminó convertido en uno de ellos. El gran iconoclasta acabó siendo un clásico.
Probablemente en esa contradicción resida la mayor victoria de Mel Brooks: haber demostrado que la cultura puede ser profundamente inteligente sin dejar de ser popular, que la risa puede convivir con la reflexión y que, frente a la tiranía, el fanatismo y la excesiva importancia que los seres humanos nos concedemos a nosotros mismos, una carcajada sigue siendo una de las expresiones más altas de libertad.
Al cumplir cien años, Mel Brooks no representa únicamente una filmografía inmortal. Representa una forma de mirar el mundo nacida en las calles de Brooklyn, forjada en la guerra, perfeccionada en los estudios de televisión y convertida en arte en los escenarios y las pantallas.
La mirada de un hombre que entendió algo que el siglo XX, con toda su grandeza y sus horrores, se empeñó en enseñarnos: que quizá la manera más digna de enfrentarse a los monstruos no sea temblar ante ellos, sino conseguir que el mundo se ría de su absurda pretensión de ser invencibles.
Mary Carmen Rodríguez






























