"Memoria total"
David Baldacci pertenece a esa clase de escritores a los que el éxito puede perjudicar ante cierta crítica que minusvalora la literatura por ser popular. Ha vendido millones de libros, publica con una regularidad casi industrial y domina como pocos el mecanismo que obliga a pasar una página más. Demasiadas virtudes comerciales para quienes todavía consideran que una novela pierde respetabilidad cuando entretiene a mucha gente. Sin embargo, dentro del thriller norteamericano contemporáneo, Baldacci ocupa un lugar bastante más interesante que el de simple fabricante de bestsellers.
Título: "Memoria total"
Autor: David Baldacci
Editorial: B
Sus historias nacen con frecuencia en el punto donde el poder deja de ser una abstracción y empieza a mancharse las manos. La Casa Blanca, los servicios secretos, el FBI, los grandes bufetes y las fortunas capaces de comprar silencios forman parte de su territorio natural. Fue abogado durante años en Washington y conoce la apariencia respetable de las instituciones, pero también el modo en que una decisión administrativa puede ocultar una violencia muy concreta. Su primera novela, "Poder absoluto", ya contenía el programa entero: un presidente implicado en un crimen, una maquinaria estatal dispuesta a borrar las huellas y un testigo situado frente a un adversario que parece invulnerable.
Baldacci trabaja en la frontera entre la novela negra, el relato policial y el thriller político. No posee el fatalismo callejero de los clásicos del género ni parece especialmente interesado en convertir cada frase en una exhibición de estilo. Su especialidad es otra: construir personajes dañados, enfrentarlos a organizaciones superiores a ellos y hacer que la investigación avance mientras se descubre qué precio personal tendrá la verdad. Entre sus varias series (Camel Club, Will Robie, John Puller, King y Maxwell, Atlee Pine), la protagonizada por Amos Decker es quizá la que mejor convierte una facultad extraordinaria en una condena moral.
Amos Decker aparece por primera vez en "Memoria total", publicada originalmente como "Memory man" en 2015. Antes de ser policía fue jugador de fútbol americano. Su carrera profesional duró una sola jugada: un choque brutal le causó una lesión cerebral y alteró para siempre su manera de percibir y recordar. Baldacci le concede dos rasgos neurológicos excepcionales: hipertimesia y sinestesia. Conviene precisar los términos, porque a veces se atribuye al personaje hiperestesia, que es una sensibilidad excesiva ante determinados estímulos, sobre todo el tacto. Lo de Decker es distinto.
La hipertimesia, denominada actualmente memoria autobiográfica muy superior o HSAM, existe. Quienes la presentan pueden recordar con una precisión fuera de lo común fechas y episodios de su propia vida. Eso no significa poseer una grabación infalible de cuanto han visto, leído u oído, ni convierte el cerebro en un archivo policial perfecto. Su capacidad se concentra principalmente en la autobiografía: una fecha provoca la recuperación de lo ocurrido aquel día, junto con detalles personales que la mayoría ha perdido.
La sinestesia también es real. En ella, un estímulo activa de manera automática y estable una experiencia adicional: letras o números asociados a colores, sonidos que suscitan formas, palabras capaces de despertar sabores. No es una metáfora voluntaria ni una alucinación. La misma asociación suele repetirse durante años. En Decker, los números adquieren colores y la muerte se presenta con una tonalidad determinada. Baldacci reúne dos fenómenos auténticos, pero amplía su alcance hasta convertirlos en una herramienta detectivesca.
Ahí está su mejor decisión. Decker no es Sherlock Holmes con una aplicación cerebral nueva. Su memoria no funciona únicamente como ventaja; le impide tomar distancia del dolor. Al regresar a casa y encontrar asesinados a su mujer, a su hija y a su cuñado, queda condenado a revivir la escena sin el alivio que proporciona el olvido. Engorda, se abandona, deja la policía, pierde su hogar y se convierte en un hombre incómodo, poco sociable, incapaz de representar la normalidad. Cuando una matanza en un instituto lo devuelve a la investigación, resolver el crimen significa penetrar otra vez en recuerdos que nunca han dejado de estar presentes.
La novela negra ha utilizado siempre investigadores marcados por una singularidad: la adicción, la culpa, la enfermedad, el insomnio o una inteligencia que dificulta la vida corriente. Baldacci moderniza esa tradición mediante la neurociencia popular. El procedimiento encierra un riesgo: reducir una condición compleja a superpoder. "Memoria total" lo evita en buena medida porque insiste en el coste. Recordarlo todo puede ayudar a detectar una contradicción, pero también conserva intactas cada humillación y cada pérdida.
La relación de Baldacci con el cine comenzó muy pronto. "Poder absoluto" (1997), dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, con Gene Hackman como presidente y guion de William Goldman. La adaptación alteró elementos esenciales de la novela, hasta el destino y la importancia de algunos personajes, pero fijó una conexión que acompañaría al escritor. Los investigadores Sean King y Michelle Maxwell pasaron a la televisión en "King & Maxwell" (2013); Baldacci participó como productor consultor. También escribió el guion de "Los mejores deseos" (2013), adaptación de su propia novela, y otros títulos suyos han dado lugar a telefilmes.
Amos Decker, en cambio, sigue perteneciendo fundamentalmente a la imaginación del lector. Tal vez sea mejor así mientras nadie encuentre una solución visual que no convierta su mente en un catálogo de efectos. La pantalla siente fascinación por estas facultades porque permiten hacer visible lo invisible.
En la serie "Imborrable" (2011), la detective Carrie Wells reconstruía los escenarios gracias a su hipertimesia; la producción contó incluso con la actriz Marilu Henner, poseedora real de memoria autobiográfica superior, como asesora y actriz invitada. "Ratatouille" (2007) tomó otro camino: transformó sabores y sonidos en colores, líneas y formas abstractas para expresar la experiencia sensorial de Remy. No diagnosticaba al personaje; encontraba una gramática cinematográfica para una percepción cercana a la sinestesia.
La literatura dispone de una ventaja. Puede habitar la mente sin tener que ilustrarla. Baldacci utiliza colores, fechas y asociaciones, pero lo decisivo sucede en el interior de Decker: un recuerdo no aparece como escena retrospectiva cuidadosamente montada, sino como una presencia que jamás se marchó. Esa diferencia explica la fuerza del personaje y también el verdadero tema de "Memoria total". El misterio importa, los giros cumplen su función y la investigación conserva el ritmo de un thriller eficaz. Debajo de todo ello permanece una pregunta: cuánto sufrimiento sería capaz de soportar una persona si el tiempo no pudiera suavizar nada.
Decker nació de una colisión y se convirtió en uno de los personajes más reconocibles de Baldacci. Su rareza no consiste en saber más que los demás, sino en carecer de una facultad humana imprescindible. Los otros olvidamos para poder seguir viviendo. Él debe aprender a vivir sin olvidar.
Las facultades de Amos Decker no han sido inventadas desde cero, pero tampoco se conoce un caso científico que reproduzca exactamente su combinación de capacidades. Baldacci ha reunido hipertimesia, sinestesia, memoria excepcional y consecuencias de una lesión cerebral; después ha ajustado el conjunto a las necesidades de una novela policial. El resultado es verosímil por piezas e improbable como conjunto.
La primera confusión nace de las palabras. Hipertimesia e hiperestesia no significan lo mismo. La hiperestesia es un aumento anormal de la sensibilidad ante estímulos como el tacto, el sonido o la luz. La hipertimesia fue el nombre dado inicialmente a una memoria autobiográfica fuera de lo común. La comunidad investigadora prefiere hoy hablar de HSAM, siglas inglesas de memoria autobiográfica muy superior, porque describe la facultad sin presentarla como una enfermedad perfectamente delimitada.
La HSAM se dio a conocer científicamente en 2006 a través de una mujer identificada al principio como AJ y después por su nombre, Jill Price. Ante una fecha determinada, Price podía decir qué día de la semana había sido, qué había hecho y qué acontecimientos públicos recordaba. El centro especializado de la Universidad de California en Irvine afirma haber identificado a más de cincuenta personas con capacidades semejantes. No son miles de casos diagnosticados ni existe una prueba clínica universal. Los candidatos pasan cribados relacionados con fechas y acontecimientos públicos, seguidos de controles más rigurosos, y los propios investigadores reconocen que esos exámenes pueden favorecer a determinadas edades y culturas.
Marilu Henner, conocida por la serie "Taxi" (1978-1983), es uno de los ejemplos públicos mejor estudiados. Puede reconstruir numerosos días de su vida con una exactitud extraordinaria. Su participación en "Imborrable" creó un cruce especialmente oportuno entre laboratorio y ficción: una persona con HSAM asesoró una serie cuya protagonista utilizaba esa cualidad para investigar delitos.
Pero la HSAM no es una cámara instalada en la cabeza. Quienes la poseen no destacan necesariamente al memorizar una lista de palabras, un libro o una escena que no les afecta personalmente. Tampoco son inmunes a la distorsión. En experimentos de laboratorio han aceptado palabras que no aparecían en una lista o detalles falsos sugeridos después de un acontecimiento. El hallazgo es importante porque indica que una memoria autobiográfica prodigiosa continúa siendo reconstructiva. El cerebro no abre un archivo intacto: recompone el pasado, aunque algunas personas conserven una cantidad asombrosa de materiales para hacerlo.
La sinestesia pertenece a otro territorio. Una percepción o un concepto provoca de manera involuntaria una experiencia adicional: grafemas coloreados, sonidos con formas, palabras con sabores o secuencias numéricas distribuidas en un espacio mental. Las asociaciones suelen ser estables, y esa consistencia permite distinguir la sinestesia de una ocurrencia poética. Si una persona percibe siempre la letra A de un rojo concreto, tenderá a elegir un tono muy parecido meses o años después.
Las mejores estimaciones sitúan alguna forma de sinestesia en torno al 4% de la población, aunque la cifra depende de qué variantes se incluyan y de cómo se comprueben. No es necesariamente una enfermedad y muchas personas la viven como una característica neutra o enriquecedora. Hay indicios de componente hereditario, pero no se ha encontrado un único gen de la sinestesia. Los estudios de neuroimagen y conectividad sugieren diferencias en la comunicación entre redes sensoriales y áreas de asociación, sin que exista todavía una explicación capaz de abarcar todos los tipos.
El escritor Vladimir Nabokov describió letras coloreadas; el músico Olivier Messiaen relacionaba armonías con colores, y Daniel Tammet ha contado que los números poseen para él formas, texturas y tonalidades. Tammet, diagnosticado de autismo, memorizó y recitó más de 22.000 decimales del número Pi. Su caso muestra que la sinestesia puede colaborar con estrategias memorísticas excepcionales, pero no demuestra que toda persona sinestésica tenga memoria prodigiosa. La conexión existe en ciertos individuos, no como regla general.
La famosa memoria fotográfica plantea un problema distinto: tal como se presenta en novelas y películas, no ha sido demostrada. La ficción permite que alguien observe una página durante segundos y luego la lea mentalmente palabra por palabra, o que reconstruya una habitación con la precisión de una fotografía ampliable. La ciencia conoce la imaginación eidética, más frecuente en niños, que permite mantener durante un breve periodo una imagen visual rica en detalles. Conoce también memoristas entrenados que emplean asociaciones, recorridos espaciales y miles de horas de práctica. Ninguno de esos fenómenos equivale a una grabación visual perfecta, permanente y recuperable a voluntad.
La palabra savant suele traducirse como sabio, aunque en este contexto designa a una persona con una capacidad excepcional y muy específica que contrasta con dificultades importantes en otras áreas. Puede tratarse de cálculo de calendarios, música, dibujo, memoria, mecánica o habilidad numérica. El síndrome del savant no constituye por sí solo un diagnóstico médico independiente y no debe emplearse como sinónimo de autismo. Una parte de los savants son autistas; otros presentan distintas alteraciones del desarrollo, enfermedades neurológicas o lesiones cerebrales.
No se sabe cuántos existen. No hay un censo mundial, la definición de capacidad excepcional varía y muchos casos nunca llegan a un equipo de investigación. El registro más citado reunió 319 personas de 33 países: aproximadamente el 90% eran savants congénitos o vinculados al desarrollo y el 10%, adquiridos después de una lesión o enfermedad cerebral. Entre los congénitos, alrededor de tres cuartas partes estaban dentro del espectro autista. Se ha repetido también que existen unos 100 savants prodigiosos, pero esa cifra procede de revisiones de casos conocidos y se refiere al escalón más extraordinario, personas cuya destreza asombraría incluso sin ninguna discapacidad. No significa que la humanidad solo haya producido 100 savants ni constituye una cuenta actualizada.
Kim Peek fue probablemente el más famoso. Memorizó enormes cantidades de información y podía recuperar datos de miles de libros. Inspiró el personaje interpretado por Dustin Hoffman en "Rain Man" (1988), aunque no era autista: presentaba importantes anomalías congénitas del cerebro, entre ellas la ausencia del cuerpo calloso, la gran vía que comunica ambos hemisferios. La película mezcló rasgos de Peek con características asociadas al autismo y terminó fijando en el imaginario popular una equivalencia engañosa entre autismo y genialidad memorística.
Stephen Wiltshire, artista británico diagnosticado de autismo, es capaz de dibujar panoramas urbanos extraordinariamente detallados después de observar una ciudad durante un vuelo breve. Leslie Lemke, ciego y con graves alteraciones del desarrollo, reprodujo al piano una obra de Tchaikovski después de escucharla por televisión. Estos ejemplos impresionan, pero tampoco autorizan a pensar que la capacidad surge sin aprendizaje. La atención obsesiva al detalle, la repetición, el interés intenso y la práctica pueden tener tanta importancia como una organización cerebral poco común.
Existen además los llamados savants adquiridos. Orlando Serrell comenzó a realizar cálculos de calendario y a recordar detalles de fechas después de recibir de niño un golpe de béisbol en la cabeza. Otros casos publicados describen la aparición de impulsos musicales, artísticos o matemáticos tras traumatismos, accidentes cerebrovasculares o demencias. Son historias fascinantes, pero muy pocas, heterogéneas y difíciles de estudiar antes y después del daño. Un relato retrospectivo no permite demostrar con facilidad qué capacidad existía ya, cuánto entrenamiento siguió al accidente o qué papel desempeñaron la atención y la conducta repetitiva.
La investigación busca una explicación sin haber encontrado todavía una llave única. Una hipótesis propone que ciertas personas acceden mejor a información muy detallada que el cerebro normalmente integra o descarta para construir una visión general. Otra destaca la práctica intensa y el refuerzo que produce dominar una habilidad. También se estudian la conectividad entre regiones, el equilibrio entre excitación e inhibición, la plasticidad posterior a una lesión y las diferencias entre memoria explícita, percepción y automatismos. Las técnicas de imagen cerebral permiten observar asociaciones, pero no han descubierto un centro del genio ni una lesión capaz de fabricar talento de manera previsible.
Algunos experimentos de estimulación cerebral han intentado reducir temporalmente la inhibición de determinadas zonas para mejorar tareas perceptivas o numéricas. Sus resultados son modestos, discutidos y muy alejados de crear un savant. No existe un procedimiento médico que convierta a una persona corriente en pianista, calculadora humana o dibujante prodigioso. Tampoco sería ético romantizar el daño cerebral: un traumatismo puede destruir memoria, lenguaje, autonomía y personalidad; que en un número mínimo de casos se describa una destreza nueva no transforma el accidente en una puerta recomendable hacia el talento.
¿Podría existir Amos Decker? La sinestesia existe; la memoria autobiográfica muy superior existe; se han descrito capacidades savant después de lesiones; y un traumatismo puede modificar profundamente la percepción, el carácter y la memoria. Lo que no está documentado es que un único golpe produzca exactamente la suma estable de facultades que Baldacci necesita, con un recuerdo casi total utilizable como archivo forense y códigos cromáticos capaces de ordenar la investigación.
La ficción empieza precisamente en esa suma y en su precisión. La verdad científica queda en otro lugar, quizá más interesante: el cerebro recuerda seleccionando, olvida para funcionar y reconstruye incluso cuando parece seguro. Algunas personas conservan su autobiografía con una amplitud extraordinaria; otras experimentan cruces sensoriales constantes; unas pocas desarrollan islas de habilidad que todavía desconciertan a la neurología. Baldacci convierte todas esas excepciones en un detective. La ciencia, más prudente, continúa intentando averiguar por qué el cerebro de cada persona decide qué guardar, qué conectar y qué dejar desaparecer.
Carlos López-Tapia

















