San Sebastián 2021: Un policiaco francés funcional, un caradura con encanto en la USA desilusionada y Wes Anderson víctima de su propio estilo

San Sebastián 2021: Un policiaco francés funcional, un caradura con encanto en la USA desilusionada y Wes Anderson víctima de su propio estilo

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Querido Teo:

El Festival de San Sebastián da al público lo que quiere y, además de ofrecer cine de todo tipo en la sección oficial (este año con mucho acento francófono), tener en secciones paralelas los nuevos trabajos de Sean Baker y Wes Anderson supone todo un reclamo para un certamen que necesita respaldar nuevas voces pero también contar con el reclamo de consagrados. Es la grandeza de esa burbuja festivalera tan adictiva que quizás cuando se está viviendo tan intensamente no se valora lo suficiente y por eso luego la añoranza cuando ya no se tiene es todavía mayor.

“Undercover”, un policiaco francés en la costa marbellí // Sección Oficial

Octubre de 2015. Los agentes de aduanas franceses se incautan de siete toneladas de cannabis en el corazón de la capital. El mismo día, Hubert Antonie, un antiguo topo con un pasado nebuloso, contacta con Stéphane Vilner, periodista de Libération. Asegura que puede demostrar la existencia de un narcotráfico de Estado liderado por Jacques Billard, figura mediática y policía francés de alto rango. Aunque al principio se muestra suspicaz, el joven periodista finalmente se sumerge en la investigación, que le lleva a los rincones más oscuros de la República.

La cinta de Thierry de Peretti es un thriller algo difuso que pretende llevarnos al corazón del narcotráfico e incluso se permite conexiones en la Costa del Sol y una interesante conversación de revisionismo histórico sobre la actividad de ETA y su evolución.

Un thriller periodístico vigoroso pero funcional que se centra en la personalidad de los personajes interpretados por Pio Marmai y Roschdy Zem, uno un periodista con ganas de destapar la verdad y que acabará obsesionando con la espiral en la que se introduce y el otro un antiguo agente que se ha movido bien entre las sombras. Una película que cumple, sufriendo tener un guión demasiado alambicado y confuso, pero que se aborda con oficio y pasión por lo que cuenta aunque no termine de sobresalir dentro de un género lleno de propuestas.

Demasiado sobreexplicativa, dialogada y agotadora por su intensidad. Digna pero con la impresión de que no se le termina de sacar el jugo sobresaliendo en las pocas escenas de Vincent Lindon y en la aparición de Tristán Ulloa como juez español.

“Red rocket”, la obsesión de Sean Baker por el “white trash” // Perlas

Sean Baker irrumpió en el circuito festivalero con “Tangerine” (2015) y después se reafirmó con “The Florida project” (2017) dejando patente su habilidad para retratar a los desarraigados de la América profunda, aquellos que se miraron con desdén pero que demostraron que a base de indignación podían cambiar el sino político de un país hartos de tantas promesas que nunca han sido cumplidas ni por unos ni por otros pero, precisamente por ellos, estar sujetos a abrazarse al capitalismo.

En "Red rocket" Mikey Saber (Sable en español) es una estrella del porno pasada de moda que vuelve a su pequeño pueblo de Texas en el que nadie le echa de menos, encontrándose con uno de esos lugares abandonados por los políticos y poderosos que sólo se fijan en ellos o en época de campaña electoral o cuando intentan sacar rédito económico. Todo es visto desde la perspectiva de un estupendo Simon Rex, ex actor porno en la realidad y visto en la saga de “Scary Movie”, que vuelve a demostrar como el director saca petróleo de la humanidad y espontaneidad de los actores que trabajan con él, la mayoría no profesionales.

Reencontrándose con su “ex”, la madre de ésta, uno de sus amigos de la infancia y conociendo a una joven que trabaja en una tienda de donuts este canalla con encanto logra meterse de nuevo en el bolsillo a los que le rodean, lo mismo que ocurre con unos espectadores que a pesar de estar viendo a un caradura desnortado que tira de sonrisa, miembro viril y aire ingenuo para salir adelante logra caer simpático a pesar de estar viendo a alguien sin oficio ni beneficio. Una película tan irreverente como sentida que transmite alma tanto por el ecosistema que muestra como la huida no se sabe hacia dónde de este tipo en su eterno estado de indeterminación en casi una fábula amoral e irreverente que habla de juguetes rotos, desesperanza pero también de un intento casi inconsciente de seguir hacia adelante. Todo en una propuesta luminosa y entretenida con evocación y devoción por la cultura de Los Angeles a ritmo de NSYNC.

Un naturalismo tan evocador como crudo que, aun así, deja algo de esperanza para el futuro en el que incluso dejando colgado a los que le rodean este tipo con suerte parece caer de pie aunque esté condenado a una eterna búsqueda de su lugar. Sólo un final demasiado forzado y soñador empaña una película notablemente inspirada en su retrato social abordándose con humanismo y conocimiento de causa la historia del marco que rodea a este pobre diablo en busca de un asidero en el que es más interesante todo lo que rodea al personaje en su regreso a casa creído en un éxito que no es tal, dispuesto a contribuir con los que le acogen, conseguir dinero y hacer algo de provecho, dándose de bruces con la realidad, que esa relación entre idealizada y turbadora de este tipo con una menor de edad. Bruta, entretenida y emotiva logrando alternar desde la redención de su protagonista hasta la venganza empoderada frente al macho. Un cóctel muy sugerente que pocas películas logran dar.

“La crónica francesa (del Liberty, Kansas Evening Sun)” (Wes Anderson), un estilo que no engaña // Perlas

Wes Anderson no engaña y “La crónica francesa (del Liberty, Kansas Evening Sun)” es una cinta puramente del director, una nadería impostada y artificiosa muy bonita de ver pero con menos sustancia que el algodón de azúcar. Una propuesta en la que su característico estilo se transforma en parodia tocando fondo en un pastiche en forma de viñetas y de historias que homenajean al periodismo de mediados de siglo en el que el gran entretenimiento de "La crónica francesa (del Liberty, Kansas Evening Sun)" es jugar al "¿Dónde está Wally?" y ver lo que deben de querer a Wes Anderson determinados actores que se prestan a salir en la película poco más de un segundo; tal es el caso de Edward Norton, Saoirse Ronan o Christoph Waltz.

Una historia coral, vistosa e irregular que no carbura en ninguna de sus historias, puras naderías con pretensiones estéticas, que se mueve en un ritmo frenético y en el que se ven los brochazos de un director, el máximo exponente de la simetría cinematográfica, que deja un buen envoltorio pero poco poso en una cinta que en comparación convierte a “Moonrise kingdom” (2012) y “El Gran Hotel Budapest” (2014) en obras maestras.

Desde luego parece evidente que más que perfeccionar la fórmula lo que hace es abusar de ella e incluso llevarla a terrenos paródicos olvidándose de dejar poso narrativo y dejándolo todo en manos de la estética, tanto en blanco y negro como en color, la animación o el uso de figuras, y de un gran número de actores que son cómplices del tono excéntrico, surrealista e imaginativo del director sobrevolando el espíritu de Jacques Tati. No ayudan tampoco unas historias que parten de una redacción de periódico, encabezada por Bill Murray, y que se van sucediendo viendo a Benicio del Toro, Adrien Brody y Léa Seydoux en una intriga pictórica y carcelaria, a Frances McDormand y Timothée Chalamet como pareja improbable unidos por un manifiesto reivindicativo o a Jeffrey Wright filosofando.

Si en “El Gran Hotel Budapest” sobrevolaba la figura de Stefan Zweig y el devenir de Europa aquí la propuesta se deja llevar por ese aire bohemio y desenfadado, a través del arte del reporterismo, embellecido por el idealismo del paso del tiempo con todo el imaginario colectivo del Mayo de 1968, noticias reales de la época y utilizando como referente las ilustraciones de The New Yorker.

Una cinta ambientada en la redacción de un periódico estadounidense en una ciudad francesa ficticia del siglo XX, con tres historias interconectadas entre sí, que ofrecen una experiencia visual fascinante pero también un visionado agotador que se antoja una broma pesada con aire pretendidamente juguetón pero resultado absurdo, inane y aburrido que no funciona ni por separado ni como suma de las partes de estas historias recargadas, vacuas y condenadas a acrecentar la rabia de los detractores y dejar algún fan del director por el camino ante lo difícil que es defender una imaginativa oda al placer de contar y difundir historias pero presentada de manera tan boba y vacía.

Nacho Gonzalo

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