"Alpha"

"Alpha"

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El argumento: Alpha es una problemática adolescente de 13 años que vive con su madre soltera. Su mundo se derrumbará el día que vuelve del colegio con un tatuaje en el brazo.

Conviene ver: “Alpha” es la tercera película de Julia Ducornau y parte (sin nombrarla) de la epidemia del sida durante la década de los 80 en una cinta que transita hacia el efectismo a la hora de hablar del dolor, la crueldad y el bullying cuando la marginación y el prejuicio crea el miedo y el odio. Es ahí donde emerge algo de emoción, conectados por la fatalidad de esa enfermedad, en la relación que se establece entre la cría y su tío, un estupendo Tahar Rahim que ha perdido más de 20 kilos para emprender uno de esos trabajos que marcan una carrera.

“Alpha” es una cinta poco sutil, en una analogía no siempre acertada que deriva en lo estridente, y que quizá no sabe vertebrar el peso de la historia pivotando entre el despertar de la cría en un entorno hostil y la relación y adversidades vividas a lo largo de sus los tanto por su madre como por el hermano de ésta, adicto a la heroína, pero que si bien no tiene el impacto iconográfico de “Titane” (mucho menos transgresora y con un “body horror” más limitado pero sin abandonar la influencia de David Cronenberg) sí que logra proponer un peso emocional a una historia que se mueve entre la denuncia y la ternura fruto de la incomprensión, el rechazo y la culpa, la misma que sufrieron todos aquellos condenados por el sida no sólo por los estragos de la enfermedad sino por el vacío de una sociedad que prefirió esconder y mirar hacia otro lado, por un ladol y estigmatizar por otro en el que, además del contagio de la enfermedad, también se propagaba, calando hasta los huesos, el miedo, el prejuicio y la condena tal y como se ve especialmente en las escenas en el instituto.

La premisa se centra en el drama familiar y utiliza el “body horror” para tratar temas como las enfermedades y el estigma social. Este último hay que verlo como asociado a la enfermedad. Una infección que no solo se trata desde el punto de vista biológico sino también de forma simbólica por el rechazo, la marginación que sufren todos aquellos que están infectados. El guion diferencia entre dos líneas temporales, Por un lado Alpha y su entorno del dia de a día: su madre y las relaciones con sus compañeras y el colegio. Por otro lado, la figura de su tío, un hombre adicto que regresa a la familia y forja un vínculo con su sobrina. Es importante resaltar la relación de los tres pilares de esta película que está marcada por los secretos del pasado, lo que suma un punto de dramatismo.

A nivel de interpretaciones la protagonista, Mélissa Boros transmite una mezcla bastante acertada de rebeldía e inmadurez. Al fin y al cabo es una niña ante una situación límite sintiendo un miedo el cual no acaba de entender del todo. La madre encarga la responsabilidad y la culpa, la figura materna que sufre viendo a su hija en la situación en la que se encuentra. Y por otro lado Tahar Rahim, que interpreta al tío, a la figura que se puede colocar como el eje emotivo de la película, una figura adicta y frágil. Visualmente nos encontramos con una atmósfera llena de melancolía, predominan los grises, negros, los tonos apagados lo que nos lleva a sentir aún más la decadencia física y moral que van a experimentado. Se utilizan bastantes saltos temporales, “flashbacks” y visiones de los personajes para mostrar su dolor interior generando no obstante estos lapsus temporales cierta incoherencia narrativa en algunas ocasiones. Una apuesta intimista y profundamente emocional donde están presentes el dolor, la memoria y el miedo a la pérdida.

“Alpha” se pasa por momentos de melodramática (reforzado por una banda sonora que además de una "playlist" más contemporánea también recurre a piezas de música clásica) en su vertiente de drama familiar y despertar iniciático pero encierra valores cinematográficos interesantes en una analogía social que, si bien no funciona en muchos momentos por subrayada e irregular, sí que conecta con el ambiente de una época en el que sólo hay desconocimiento, dudas e incertezas pero, también, amor, compromiso y reafirmación. Un trabajo de estética feista y fotografía mortecina, jugando con la opresión de los espacios cerrados, reafirmado por la furia y la audacia e impregnado de un halo de tristeza y poesía que potencia su lado más sensible y poético durante su azarosa letanía para golpear de manera demoledora en una parábola tan sombría como comprometida que dignifica a los que son (y se sienten) excluidos por la sociedad pero que entre ellos destilan respeto, comprensión, sacrificio y amor.

Eso lo demuestra el rostro de Mélissa Boros, lidiando tanto con la llegada de la pubertad con deseos y aires de libertad pero también sufriendo el castigo del dedo de la moral imperante bañada de hipocresía, castigando el placer del sexo o excluyendo al diferente, en el que la duda ya es suficiente para la condena social frente a cualquier certeza, junto a un magnífico Tahar Rahim, en su conmovedor desgarro espectral, y una no menos destacada Golshifteh Farahani, como madre que víctima del miedo protector vuelve a revivir las heridas del pasado, que respaldan a una protagonista cuya sangre nos evoca a la de “Carrie” de Brian De Palma con mucho de vergüenza y desconocimiento ante las reacciones de una corporalidad que vuelve a hablar por sí sola sin posibilidad de quedar oculta frente a los demás. A destacar también el profesor de la niña, un sensible Finnegan Oldfield viviendo en carne propia fuera de esas aulas esa sensación de mundo que se desmorona sufriendo marginación, silencio e impotencia.

Todo lo que le fue alabado a Julia Ducornau en su momento le juega ahora en contra en una cinta calificada de repetitiva, áspera y sin el impacto emocional y visual que se esperaba por mucho que la directora lo intenta. Cine pomposo e impostado que busca desquiciar al espectador ante sus arriesgados y acumulados “inputs”, sus fallos de montaje o cierta confusión narrativa, pero que encierra una indudable capacidad de conmover en la dinámica disfuncional de esa familia y en su tono intimista siendo capaz de mantener intacto un elogiable poderío visual con algunas de las escenas más impactantes y hermosas de esta edición entre abrazos entre lágrimas tan desesperados como necesarios, inquietud y sangre en la piscina, cuerpos pétreos de mármol dándoles con ese material la dignidad que no reciben de los demás, una sesión de discoteca liberadora, e inabarcable polvo en forma de tormenta de arena rojiza potenciando el desamparo pero también asumir lo que es el dolor y la muerte a través del recuerdo de aquellos que siempre permanecerán con nosotros aunque ya no sea de forma física.

“Alpha” es un derroche sanguinolento que supone un salto al vacío intrépido en el que hay más de arrebato personal que de intentar contentar a alguien en una estructura anárquica en la que se habla de incomprensión, duelo y muerte pero que supone para la directora un ejercicio de madurez, impronta y poso. Sólo el tiempo dirá si acaba siendo un pequeño clásico moderno de culto tan incomprendido como son inicialmente unos personajes que terminan siendo entrañables, desamparados por una sociedad que los ve, debido al estigma y el miedo, como unos monstruos en lugar de seres que necesitan ayuda, en un viaje en el que hay mucho de dolor, duelo, culpa y resignación pero también de amor y sacrificio.

Conviene saber: A competición en el Festival de Cannes 2025 y película de inauguración en el Festival de Sitges 2025.

La crítica le da un SIETE

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