"Sueños de trenes"
La web oficial.
El argumento: Robert Grainier es un jornalero que trabaja en la construcción del ferrocarril en el Oeste americano a principios del siglo XX. Golpeado por la tragedia, lucha por adaptarse a su nuevo entorno.
Conviene ver: “Sueños de trenes” es una película de una finura visual exquisita y de un hondo calado en una epopeya emocional de impagable lirismo a través de la vida de un jornalero desde su infancia, su gran amor, su sacrificado trabajo cortando árboles para contribuir a la creación de la red ferroviaria y el sentimiento de pérdida y culpa que le acompañó toda la vida tras un devastador incendio que puso desde entonces su vida en punto muerto truncando todo aquello que pudo ser en compañía de su familia. Clint Bentley abraza lo instantáneo de esos momentos que son oxígeno y estímulo para seguir adelante y encontrar una razón de ser pero que también pueden desaparecer en cualquier momento. A ello contribuye su mujer Gladys y su hija Kate que viven en una cabaña construida por sus propias manos junto a la vera de un río. Una película contemplativa, filosófica y profunda que, a pesar de su ritmo cadencioso, no se hace aburrida y lo que hace emerger es a Clint Bentley como cineasta emparentándolo con nombres del calado de Terrence Malick rindiendo tributo al devenir de un hombre taciturno y deambulado al haber perdido el faro que iluminaba y dirigía su vida. Un hombre sobrio y tosco pero bueno, noble y entrañable que sufre los vaivenes de unos tiempos difíciles y de un capitalismo que arrasa con todo y que te ampara sólo si le sirves de utilidad. Un modo de vida frente a una naturaleza que es capaz de darlo todo pero también de quitarlo bien sea en un incendio o en la caída de un árbol que lleva a que el entorno calmado pueda tomar un cariz desolador en el momento más insospechado. La confrontación de un mundo industrializado e incipiente que se abre paso frente a uno salvaje y conectado con la tierra y la naturaleza. Un estado de transición entre el presente y el futuro desde finales del siglo XIX hasta principios y mediados del siglo XX.
Una película sólida, potente y enriquecedora para el alma a pesar de su honda tristeza y que llega a altas cotas gracias a la fotografía de Adolpho Veloso, la música de Bryce Dessner y la autenticidad que respira un rudo pero sensible Joel Edgerton a lo largo de una duración medida de poco más de hora y media en la que también vemos a unos estupendos Felicity Jones, William H. Macy o Kerry Condon que sacan todo el partido a unos personajes que no necesitan tanto tiempo en pantalla para que respiren verdad y que, en realidad, compartan también esa soledad resignada bañada de melancolía. Robert Grainier es el rostro de todo ello con un personaje que desde su infancia sabe lo que es estar solo, no teniendo un origen claro y ser víctima y consecuencia de una Guerra de Secesión que le hace viajar en tren con un cartel colgado del cuello como exponente de la migración masiva de aquellos años por un país partido en dos y que desde pequeño le hace ser un continuo superviviente y una víctima de un sistema cruel y deshumanizado. Un ejercicio fílmico de primera magnitud sobre la soledad y el modo de vida de los pioneros estadounidenses que salpica de melancolía, siempre elegante y nunca forzada, los puntos más oscuros de aquellos años de explotación laboral, precariedad económica, racismo sistémico y arrase medioambiental que lleva al protagonista a cortar árboles gigantescos y a construir las futuras vías de tren en lugares angostos y peligrosos. La película, cuya voz en off de narrador omnisciente no le hace abandonar el tono literario del cuento corto de Denis Johnson como si se contara mientras se oyen el crepitar de las llamas de una hoguera, se mueve entre el desgarro doloroso y la esperanza anhelante, manteniendo la serenidad y la melancolía del relato pero ganando densidad en su desarrollo, arrebatando en su conjunto por la búsqueda de paz de un hombre en medio de la naturaleza mientras el mundo avanza a su alrededor y él sigue en “stand by” convertido en un fantasma de sí mismo y de lo que pudo ser en un limbo eterno como testigo de un mundo decadente. Un tipo que es definitorio de una época y de un modo de vida pero cuyo sufrimiento y dolor no está permitido que sea expuesto, verbalizado o compadecido porque sabe que para sobrevivir no queda otra que asumir lo que venga y afrontar la adversidad como un estado natural de las cosas y que lleva a la película a los universos del Terrence Malick de “Días del cielo” (1978) o “El árbol de la vida” (2011), el Sydney Pollack de “Las aventuras de Jeremiah Johnson” (1972) o el Andrew Dominik de “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (2007).
“Sueños de trenes” es una película hermosa sin imposturas que rezuma elegancia y sentimiento ante unos planos bellísimos, la humanidad que desprende y su portento visual y sonoro cuidando los detalles como las botas clavadas en el tronco de un árbol, el sonido de la armónica, las manos de Grainier, las sombras chinescas sobre la lona de una tienda de campaña, las aves surcando el cielo o el poder pictórico de cada plano que es capaz de lo bello a lo fantasmal en ese estado de permanente vigilia en el que parece estar el protagonista y en el que la buena relación con el tendero, el cuidado de una camada de cachorros o el reencuentro con algunos compañeros de otras campañas de talado son la sucesión de etapas con la esperanza del reencuentro soñado esperando en el horizonte. El presupuesto de 10 millones de dólares hace que la película, aún así, luzca sobremanera sacando todo el partido a todos los escenarios naturales a lo largo de los bosques y montañas que rodean el Pacífico. La tragedia íntima de un hombre estoico, olvidado y solitario en un mundo cambiante, cuyas manos han sido principal herramienta y su espíritu de trabajo su principal bálsamo frente a la rebelión indignada, que deambula en la vida como una letanía de canción “folk” (no es casualidad la canción de Nick Cave en los títulos de crédito finales) intentando entender el sentido de la misma en clave de western moderno pero también de recorrido existencial sobre los peajes de una condición humana que se agarra a los escasos momentos de felicidad de una vida trágica para combatir un mundo hostil y dar razón de ser a los años que uno termina viviendo aunque las protagonistas de una buena parte de esa existencia no sean otras que la angustia vital y la soledad endulzada únicamente por el recuerdo y el estímulo de la espera esperanzada.
Conviene saber: La película de Clint Bentley pudo verse en el Festival de Sundance 2025 y en el Festival de Toronto 2025.
La crítica le da un OCHO











