Audrey cumple 75

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Querido diario:
Hoy cumple 75 años Audrey, como a mi me da igual que esté muerta, para mi los cumple y listo Calixto, ¿Vale?

La chica se llamaba Andrey Kathleen van Heemstra Hepburn-Ruston y nació el 4 de mayo de 1929 en Bruselas. Su nombre es el femenino de “Andrew”, pero terminaría convirténdose en Audrey, porque muchos pensaban que era un chico. El apellido van Heemstra, viene de la nobleza holandesa, y le vino por parte de su madre. La Baronesa, también buscó un atecedente nobiliario en su marido, escogiendo el apellido Hepburn, que sería unido al de Ruston.
Mi tió Aníbal me dice que en Bélgica se atribuye la nacionalidad por parentesco (“lex sanguinis”), y no por la territorialidad , y por eso Audrey no adquirió la nacionalidad belga, aunque se ha llegado a publicar que lo era en alguna biografía. Su padre era Británico, y fue inscrita en el consulado de Bruselas como inglesa. Un repaso a su árbol genealógico da parentescos ingleses, escoceses, irlandeses franceses y austríacos, por el lado de su padre; y holandeses, húngaros, y franceses por el de su madre.
Sus padres eran una pareja peculiar y tormentosa. Joseph Victor Anthony Ruston, era un hombre de negocios internacional, educado en Cambridge. Y su madre, la Baronesa Ella van Heemstra, era una mujer de mucho carácter, que pertenecía a una de las familias más respetadas de Holanda. El matrimonio no era algo nuevo para ninguno de los dos que se habían separado de parejas anteriores.

Audrey, nació a las tres de la mañana, bajo el signo de Tauro era pequeña, arrugada, y con cara de mono. Pero creció rápido, enamorándo a todos con sus ojos vivos. Su hermanastro Alexander era un ratón de biblioteca y la despertó el amor por la lectura. “Cuando éramos niños” recordaba ella, “él estaba entregado a la lectura de Kipling, y me aficionó también a mi. Yo le seguía, así que, antes de cumplir los trece años, me conocía ya toda la obra de Edgar Wallace y Edward Phillips Oppenheim, que escribían misterios románticos sobre documetos secretos internacionales, diplomáticos misteriosos y espías seductoras. Audrey se subía a los árboles con sus hermanastros y aprendió los juegos de los chicos, mientras despreciaba las muñecas que le ofrecía su madre. Era una niña alegre y divertida, y demostró dotes de actriz a los tres años cuando, en su primer viaje a Inglaterra, visitando el pueblo de Folkestone, al sur de Inglaterra, escapó de la vigilancia de su madre quien, al rato de buscarla, comenzó a temer lo peor. Sin embargo, descubrió cómo un coro de personas aplaudían a una niña que bailaba al son de la melodía improvisada por unos músicos. Era su hija Audrey. Al ver el gesto de preocupación aliviada de su madre, la niña sonrió, saludó con la mano, y continuó bailando. La Baronesa se quedó perpleja, pero orgullosa. Según reconocería: “Audrey hacía ese tipo de cosas de forma espontánea. No era como otras niñas prodigio que buscan la admiración de los mayores. En ella era algo natural.”

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