Cuaderno de viaje: Ischia y Procida, escenarios de cine

Cuaderno de viaje: Ischia y Procida, escenarios de cine

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Querido diario:

Acabo de recibir otra postal de mi tío Anibal. No podía ser de otra manera. Ya se está preparando para colarse entre los famosos en el Festival de Venecia, y por eso, aprovecha estos días, para hacer un poco de turismo por la bella Italia. De momento, se ha ido hasta la isla de Ischia, que fue el escenario que el talentoso y desequilibrado Mr. Ripley escogió para sus entretenimientos.

Querido sobrino:

Eludir la justicia requiere talento, esquivar a la propia conciencia es un privilegio del psicópata, sobrino. Por ello este Ripley de celuloide tan sólo es un meritorio del creado por mi admirada Patricia Hihgsmith. Sus aventuras se envuelven entre parajes cuya belleza estimula al criminal con clase y mejoran la sensibilidad de los forenses hastiados del levantamiento de cadáveres.

Tomo el alíscato de Ischia, que apenas en 20 minutos de “vuelo” sobre las aguas me conduce camino del lugar donde Matt Damon inicia su conquista. Los taxistas son escasos en Ischia y el mío es demasiado joven para recordar a Boris Karloff cuando rodó aquí “El monstruo de la isla”, pero llevó en su taxi a Jack Lemmon hace casi 30 años mientras luchaba por recuperar el cuerpo de un padre bígamo en “Avanti” (“¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?”).

Buscaron durante seis meses y en 25 lugares de Italia antes de redescubrir esta isla. En la diminuta capital Ischia-Castello, los recién llegados se distribuyen en busca de sus balnearios, con aguas que brotan a 70 grados, calentadas por el infierno del magma sobre el que reposan Vesubio, islas y toda la bahía.

La casa de Dickie y Margie está junto a Bagno Antonio, frente a la playa donde conecta el tramposo con sus víctimas. Subo a la torre de avistamiento del Palacio Lo Scuoppolo y miro.

Es el encuadre desde el que tomaron la reproducción del festival anual del baño a la Madonna, que surge de las aguas acompañada por el cadáver de una joven embarazada y 200 figurantes. Cuando el sol se endulza a la caída de la tarde, paseo los 200 metros del Puente Aragonés del Cuatrocento que conecta la isla con el castillo que aparece en todos los planos del idílico rincón donde Dickie aprende saxo y Margie prepara un libro de texto de matemáticas. La plaza principal se activa con la sombra que refuerza la brisa del tramonto, el dueño del único restaurante cuenta como la gente del cine alzó un muro para inventar el dique marítimo que tapó su local y un café demasiado modernos.

Colocaron un cabrestante para depositar los barcos que aparecen en la película descansando en dique seco y la plaza se hizo puerto. Ceno en Da Cocó y pido la mesa donde los actores hicieron protagonistas. A la luz de las velas, una dama me sonríe en una mesa vecina. Quiere entretenerse. Practicaré con ella el morboso juego de la impostura, donde el perdedor paga con su identidad. Lee la novela, sobrino.

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