Howard Hughes: Así nació la fortuna.

Howard Hughes: Así nació la fortuna.

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Querido diario:

¿Cómo no identificarme con Howard? Vale que él tuvo una madre de mucho cuidado y yo no conocí a la mía, pero por lo demás….
Era un adolescente que daba miedo por su carácter emprendedor, inventor, con un extraño atractivo para las muñecas, con una enfermedad no detectada que hoy se hubiera curado muy fácil, soñador, tímido y heroico. ¡Y loco por el cine! ¿Y si se hubiera reencarnado en mi?
Cuando me leí su biografía, yo decidí que sería aviador, me sentí en su piel, en la carlinga de su avión, sobrevolando la Alemania de Hitler en mi vuelta al mundo, desafiando a los cazas nazis que me pedían que aterrizara. El nenaza de Adolf no se atrevió a dar la orden de derribarme y ¡establecí un nuevo record mundial!… ja, ja, ja.
Si, ya sé diario, él heredó un fortunón de su familia y yo tengo que ganar antes algo de pasta… pero todo lo demás lo tengo.
Le he pedido a mi tío Anibal algunas claves para meterme dentro del personaje y tomar algo, je, je.


El 20 de noviembre de 1908, el padre de Hughes tomó asiento ante la mesa en la que había desayunado, almorzado y cenado de niño. Se había retirado a la granja paterna detrás de una idea. Una idea que le sirviera para sentar la cabeza, ahora que su primogénito Howard acababa de nacer.
Colocó encima de la gran mesa diez troncos de madera de pino bastante blanda y una navaja afilada. El resultado de su experimento -una tarde entera dedicada a tallar la madera- fue un prototipo de taladro en forma de piña, con 166 filos de corte, en la que todos los conos rotaban y taladraban por separado.
Cada vez que los prospectores pretendían alcanzar las inmensas bolsas subterráneas de oro negro que se encontraban bajo los once mil doscientos kilómetros cuadrados de Luisiana y de Tejas, se veían detenidos por la capa de roca granítica. Los taladros de dos puntas que se utilizaban en las prospecciones convencionales quedaban reducidos a virutas de metal en cuanto tropezaban con el lecho rocoso. Sin embargo, justamente debajo mismo del estrato granítico esperaba un mar de petróleo subterráneo que entre otras cosas allanaría el camino para que se iniciara la época de la automoción y la era de la aviación comercial.
Tras patentar su modelo de taladro, realizó una versión en metal que probó en un almacén abandonado de Houston. Al ver que los dientes rotatorios de la perforadora atravesaban una placa de granito de más de un palmo de grosor, Hughes y su socio se pusieron a gritar y a saltar de alegría. La alegría quedó congelada por el asombro, cuando la perforadora atravesó la mesa en la que estaba fija la placa de granito y comenzó a roer el suelo de cemento del almacén.
Toda la industria tendría que usar aquel taladro, nadie más que su empresa podría fabricarlos, instalarlos y repararlos… el invento era más rentable que una mina de diamantes.
Hughes se negó en redondo a vender los taladros. Tanto las grandes como las pequeñas explotaciones de petróleo tuvieron que alquilar sus taladros a unos 30.000 dólares por pozo, y solo la Standard Oil llegó a utilizar mil quinientos taladros en sus diez primeros años de vida. En cuanto el pozo empezaba a dar fruto, los taladros eran devueltos a la Sharp-Hughes Tool Company en donde se procedía a su limpieza y mantenimiento antes de alquilarlos a cualquier otra empresa petrolífera que estuviera en lista de espera. “Una auténtica genialidad -aceptó William Stamps Fa-rish, presidente de la Standard Oil-. Y también un auténtico atraco a mano armada, aunque no por ello menos genial.

Continúa con “Niño rico y pobre niño”

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