50 años de “La tentación vive arriba”. El vestido de Marilyn

50 años de “La tentación vive arriba”. El vestido de Marilyn

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Querido diario:

En la cola de la consulta me he encontrado con Marilyn, una chica de Soria muy simpática, que venía a tratarse de quemaduras en los muslos. Había estado recreando en su celda la secuencia de la falda y como no tenía ventilador potente había usado cuarenta secadores de pelo. No recordaba que hoy se cumplen 50 años del estreno de “La tentación vive arriba”.
Como el Dr. quintanilla nos ha despedido a todos para concentrarse en su caso, me he vuelto a la celda y ya tenía carta de mi tío sobre el asunto…

Querido sobrino: te recuerdo que puedes incluir “La tentación vive arriba” en tus visionados para hoy. Hace medio siglo que una secuencia terminó con el primer matrimonio de Norma Jean y comenzó la historia de uno de los iconos más populares del cine.
El diseñador William Travilla hizo en un fin de semana los bosquejos de los diez trajes de Marilyn para aquella película. Uno de los que diseñó se convertiría en uno de los más famosos de la historia del cine. Era un vestido de verano sencillo, sin espalda, de color crudo, plisado, y con una falda que debía volar literalmente.
El 9 de septiembre de 1954 a las ocho de la mañana, Marilyn aterrizó en Nueva York. El departamento de publicidad de la Fox se había asegurado la expectación distribuyendo a 500 empleados del aeropuerto una nota señalando su llegada por si era “conveniente” alguna previsión especial.
Desafiando a la moda dictada por Dior, que esa temporada había impuesto un tipo de vestido liso y suelto, Marilyn bajó del avión llevando un vestido ceñido de pura lana. Posó sobre una tribuna para decenas de fotógrafos y habló con los periodistas, hasta que la policía, tras hacer retroceder a la multitud, la escoltó hasta una limusina, que se la llevó para llegar a seis entrevistas matinales, un almuerzo con más periodistas de varias revistas y una conferencia de prensa.

Cuatro días más tarde un millar de espectadores asistieron a la primera de las dos escenas de exteriores que se rodaban en Nueva York. Ambas podrían haber sido realizadas sin dificultad en los estudios de la Fox, pero eso habría significado sacrificar una fantástica ocasión de publicidad, que era el verdadero objetivo del viaje. Mientras la multitud vitoreaba desoyendo la petición de silencio, se rodó la primera secuencia. Marilyn se asomaba por una ventana del 164 de la calle 61 Este y gritaba: “¡Eh!”, para lanzarle a continuación un par de zapatos a Ewell. “¡Hola!”, gritaba en tono alegre. “¡Acabo de lavarme el pelo!”. Corte.
Otra toma. Otra toma más. Y se acabó.
A todos los seguidores de Marilyn les debió parecer que para su actriz favorita aquello era fácil. Pero según, un testigo citado por Donald Spoto en la que está considerada como una de las biografías más solventes de Marilyn, como de costumbre, parecía aterrorizada cuando llegaba el momento de la filmación. Ese era el instante en que su imagen quedaría capturada para siempre;

Era tremendamente consciente de que sería vista, valorada, aceptada y apreciada (o no), y posteriormente amada y recordada (o no). A diferencia de las fotografías sobre las que siempre se reservaba el derecho a dar su aprobación, Marilyn pedía a los directores que rodaran después de varias repeticiones de la misma toma con el fin de serenarse, cosa que nunca lograba. A Marilyn también le encantaba contar con la atención de la multitud, y cuando ésta la adoraba, la exhibicionista que había en ella salía a la luz, y tal vez nunca de forma más vivida que desde la una hasta las cuatro de la madrugada del 15 de septiembre, demasiado fría para lo habitual en esas fechas. La famosa escena de la falda al viento iba a ser rodada en la puerta del TransLux Theater, en Lexington Avenue a la altura de la calle 52, y la prensa y el público habían sido convenientemente avisados. Se habían reunido varios cientos de fotógrafos profesionales y aficionados, y al llegar la medianoche se les sumaron casi dos mil transeúntes deseosos de ver lo mejor posible a Marilyn.
Lo que ocurrió a continuación fue “la toma que se vio en el mundo entero”. Marilyn se quedó de pie encima de la rejilla mientras el jefe de efectos especiales, accionaba un gigantesco ventilador debajo de ella y el vestido blanco de Marilyn se levantaba, revelando (tal como habían planeado) las bragas blancas pero también la ausencia de enaguas o combinación. Las fotografías aparecieron en el mundo entero. Durante dos horas la multitud rugió y ella sonrió, lanzó risitas ahogadas, saludó con la mano, colaboró con todos. En dos ocasiones solicitó un breve descanso y entró en el cine para calentarse con una taza de café, porque el aire del ventilador y el frío de la noche la hacían tiritar. Esa noche temblaba muchísimo, y cogió un virus. No obstante, Marilyn, al igual que Jean Harlow, en ningún momento se mostró lejana ante su público ni fingió la artificiosa aura de una diva.

El montaje fue una idea de un amigo de Marilyn desde hacía tres años que trabajaba en la documentación de “La tentación vive arriba”. Desde el momento de la preproducción tenía en la mente la escena de la falda levantada como la imagen de la película. Por supuesto, todo el mundo sabía que habría que volver a filmarla en el estudio. Los primeros planos tendrían que ser repetidos porque allí había demasiado ruido ambiental para grabar el diálogo. En realidad, la mayor parte de las fotografías tomadas esa noche muestran mucho más que la película, que tal como se hizo en la Fox, mostraba a Marilyn de pie sobre la rejilla, luego una ráfaga de aire le levanta la falda hasta la altura de las rodillas, y la cámara pasa a enfocar discretamente su cara mientras ella mira a su alrededor, agradecida por la fresca brisa. Disney no podría haberla realizado con mayor delicadeza.
Pero lo que ocurrió a continuación no fue nada divertido.

La tarde anterior, en Beverly Hills, el marido de Marilyn, el famoso jugador Joe Dimaggio, había recibido una llamada de un viejo amigo columnista que le informó de que en Lexington Avenue estaba a punto de producirse un verdadero espectáculo. Esa noche Joe cogió un avión con destino a Nueva York. Pero la noche siguiente, estaba agotado y decidió esperar el regreso de Marilyn en el bar del hotel. Pero llegó su amigo y le convenció de acercarse al rodaje.
Mientras la falda de su esposa se levantaba una y otra vez y la multitud lanzaba gritos de aprobación, él se puso furioso. Billy Wilder recordó siempre “la mortal expresión” en el rostro de Joe.
A Joe no le tranquilizó pensar que muchas personas que estaban esa noche en Lexington Avenue, por no hablar de otros muchos miles, habían visto o podían ver mucho más del cuerpo de Marilyn en un calendario.

Esa noche se oyeron gritos y alaridos en la suite de la pareja en el hotel. A la mañana siguiente, la peluquera de Marilyn en la película, se encontró ante una visión espantosa. Marilyn tenía magulladuras en los hombros y las tuvieron que ocultar con maquillaje.”
Dos semanas más tarde Marilyn presentó la demanda de divorcio.

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