Centenario Wilder: De niño a periodista

Centenario Wilder: De niño a periodista

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Querido diario:

Activo el chip de Carlos L-T, y tiene de salvapantallas mental un montón de historietas de Billy, además de música de la época de la que habla y este reportaje de Mary War sobre entonces…. Muy completo.

WilderVienaAlemania.mp3

Wilder nació por casualidad en una ciudad pequeña al sur de Cracovia, donde su madre se puso de parto. Su padre era un viajero con trabajos poco rentables a lo largo de la vía férrea que conducía a Viena. En la capital austriaca comenzaron sus recuerdos de adolescente judío no practicante que empezó muy pronto a “buscarse la vida.” Viena no era el Bronx newyorkino pero no ofrecía muchas opciones al segundo de los hijos de una familia en descenso económico y social. Cometía faltas menores como vaciar una botella del mejor vino de su padre para vender el casco, y otras más serias como planear el robo de unos sellos valiosos a un filatélico anciano y casi ciego, que resultó menos indefenso de lo previsto.

Demostró buenas aptitudes para ser mal estudiante y para no dejar muchas huellas en el colegio vienés para inmigrantes que, según él mismo, parecía una sucursal infantil de la Legión extranjera. Al salir de las clases su afición favorita consistió pronto en meterse en alguno de los cines próximos que, recién acabada la primera guerra mundial, se llenaban de películas americanas. Su madre sabía que debía mandar a buscarle, cuando llegaba tarde, al único lugar donde su hijo, al que hoy diagnosticarían hiperactividad, podía pasar el tiempo mirando, sentado y quieto.
No fallaba cuando la película era de Douglas Fairbanks, su héroe favorito porque era divertido y, como para decenas de miles de personas a principios del siglo XX, y hasta cierto punto también hoy, el mejor mundo posible estaba allí dentro.

Viena no tenía industria suficiente para ofrecerle trabajo en el cine, pero si descartaba las películas lo otro que le ofrecían las pantallas eran los noticiarios. Le gustaba cómo se vestían los periodistas, su mundanidad y las posibilidades de conocer gente importante que desde luego siendo camarero, como su padre, nunca tendría.
No tenía formación ni contactos para acceder a la prensa “seria”, así que accedió a la sensacionalista. Como él mismo reconoció años más tarde, le importaba más tener un techo que deontología, y no negó haber colaborado en el montaje corrupto del editor de su revista. Los bancos y los cafés eran los objetivos. Amenazaban con publicar los negocios ilegales de los bancos a menos que se anunciaran en sus publicaciones. Por lo que respecta a los cafés, hacían la crítica de restaurantes, y era salvajemente negativa cuando no se anunciaban. En una ciudad movida por el café con tarta de manzana, el editor era conocido como el zar de los periódicos, “un hombre de una sana prostitución” según sus críticos.
Wilder “reconstruyó” a menudo su biografía a base de anécdotas falsas y divertidas, así que contó su ingreso en el periodismo, a sus dos biógrafos más relevantes, sosteniendo que había llegado a la revista a una hora tan inadecuada que sólo quedaban las asistentas.

-¿Dónde están todos? -pregunté a una de las asistentas-. ¿No hay nadie?
-Nadie. Una asistenta señaló hacia el piso de arriba. -Pruebe usted en el primer piso -me dijo con una sonrisa. Subí. Todas las puertas estaban abiertas y con los despachos vacíos, menos una. Oí un ruido. Allí había alguien. Llamé suavemente. No hubo respuesta. El mismo sonido. Como sí alguien tuviera asma.
Volví a llamar. Y entonces abrí la puerta.
Un hombre y una mujer estaban en el sofá. El hombre era bajito, corpulento, con una barba gris puntiaguda. El rostro, que me pareció conocido, estaba congestionado. Se levantó y se subió los pantalones. La mujer se bajó el vestido por debajo de las rodillas, recogió un bloc de notas y se marchó a la habitación de al lado.
-¿Qué busca usted? -me dijo el hombre. -Busco trabajo. -Pues sí que ha estado de suerte con que hoy me haya quedado más tiempo trabajando.
-Exacto -dije yo-; tal y como suele decirse, he llegado en el momento oportuno al lugar oportuno.

Billy era por entonces un joven de 20 años y, mucho más probable, comenzó a publicar notas sin relevancia y a demostrar la habilidad que le acompañaría siempre para integrarse en cualquier sistema que le permitiera salir adelante.
El cine y las historias que le contaba su madre sobre el tiempo en que había vivido en Nueva York con un tío joyero, fueron aumentando en Billy el atractivo de los Estados Unidos, y se sumó algo más: la música de jazz.

En los años 20 la radio no se había convertido en la herramienta de comunicación en que la transformarían los nazis, cuando Goebbels obligó a Telefunken a construir receptores a precios populares que llevaran la voz de Hitler a las fábricas y a los hogares. La música se escuchaba en locales de baile y en discos. El jazz era la alternativa juvenil a la música clásica y Billy estaba conforme en que el rey de esa música era el norteamericano Paul Whiteman y su banda.

Aquí tienes un poco de su música grabada en aquellos años para que la escuches mientras sigues leyendo….

Whispering (1920).mp3

En Viena había muchos seguidores de Whiteman, pero Billy se consideraba un fanático, mucho antes de que la economía del lenguaje redujera esa palabra a la más simple de “fan”. Wilder había conseguido discos de jazz y swing, se sabía las canciones de memoria y de hecho, el inglés que podía chapurrear se construía con fragmentos de aquellas letras. No se cansaba de escucharla y también podía bailarse. Paul Whiteman era el líder más famoso. Sus grabaciones de Whispering y Japanese Sandman eran enormemente populares en todo el mundo. Whiteman había encargado a George Gershwin que escribiera Rhapsody in Blue en 1924, y su estreno en Nueva York había conmocionado tanto al mundo, que la banda contrató una gira por varios países, comenzando en Inglaterra, naturalmente, pero preparándose a visitar media Europa en varios meses.
Las notas periodísticas de la prensa londinense amplificaron la imagen de vividor divertido e imparable de Whiteman. Era un hombre al que le gustaba pasárselo bien, demasiado bien para algunos. Su gran corpachón le permitía beber y engullir en cantidades pantagruélicas. Su trompetista y él se bebieron una caja de champán por velada durante diecinueve noches seguidas. La leyenda aseguraba que Whiteman llegó a beberse cien pintas de cerveza de una sentada.

Billy recibió la noticia de la llegada de la banda a Viena con más que entusiasmo. Su “memoria creativa” le hizo recordar detalles sobre su relación con el músico que no se confirman históricamente, pero en su calidad de periodista y joven conocedor de los mejores lugares de Viena para beber y comer, sus posibilidades eran buenas.
Billy y un fotógrafo se habrían presentado ante Paul Whiteman, en el hotel Bristol, con dos canciones nuevas escritas por el compositor Robert Katscher – Wenn der Weisse Flieder Wie-der Blüht (Cuando las azucenas vuelven a florecer) y Maddona, Du Bist Schóner ais der Sonnenschein (Madonna, eres más bonita que la luz del sol)-. A Whiteman le encanta Billy, le encanta Madonna, compra los derechos, concede a Billy una entrevista en exclusiva, convierte la canción en una de sus grabaciones de mayor éxito y acepta la oferta de Billy de enseñarle los mejores locales nocturnos de Viena.
Es la historia contada por Wilder, falsa pero que tal vez acabó por creerse él mismo. Entre otras cosas a Robert Katscher no le hacía falta ningún intermediario. Whiteman ya había adquirido previamente los derechos de Madonna y Katscher estaba en el grupo que dio la bienvenida al músico y su troupe, y también estaba Billy con muchos otros periodistas cuando la banda llegó a la estación de tren de la ciudad.
Billy le resultó encantador a Whiteman, básicamente por su capacidad para el halago y porque además de conocer su música de memoria sabía donde ir por las noches, cuando la banda terminaba. El diario de Billy publicaba al día siguiente de la llegada de Whiteman: “Añádase el bigote más delicioso imaginable”, escribió Wilder, “una encantadora papada, dos ojos afables e infantiles en una cara amplia, bondadosa, una corpulencia de una altura imponente y grácil, vestida con descuido pero respetablemente, y tendrán a Paul Whiteman”. Era un hombre gordo con la cara jovial y casi caricaturesca.
El logotipo de su banda era un dibujo de la cabeza de Whiteman: una cara de luna larga y grande adornada con un diminuto bigote formado por dos líneas puntiagudas pintadas por debajo de la nariz.
Whiteman pidió a Billy que lo acompañara en la siguiente etapa de su gira, Berlín, pagando sus gastos y dándole un pequeño salario. Total, en un grupo de cincuenta personas (Paul y veintiocho músicos, una docena de esposas e incluso algunos niños), uno más no significaría mucho. Wilder no sabía entonces que tardaría muchos años en regresar. Le esperaba Berlín.

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