Centenario Wilder: La llegada a Usamérica

Centenario Wilder: La llegada a Usamérica

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Querido diario:

aquí puedes meter la oreja para escuchar la serie sobre Billy wilder.

WilderenUsamerica.mp3

Mientras yo voy abriendo el chip cerebélico de Carlos L-T para seguir con la historia de Billy, uno de mis fiambres favoritos, que primero fue periodista, luego estuvo en Berlín y ahora me voy de viaje a Usamérica con él…

El 22 de enero de 1934, Wilder zarpó en el “Aquitania”. Tenía 28 años, una docena de dólares en la cartera, poco equipaje y tres libros comprados en una librería inglesa de la plaza de la Ópera de París. El trasatlántico era británico y entre los libros y su facilidad para conocer gente, esperaba mejorar un poco el pésimo inglés que tenía, compuesto por unas pocas frases convencionales y otras extraídas de las letras de las canciones de jazz que había memorizado y que eran bastante difíciles de encajar en una conversación.

El “Aquitania” entró en el puerto de Nueva York, a las once de la noche, con una tormenta de nieve y frío. Su hermano Willie, a quien no había visto desde hacía doce años, le esperaba. Su hermano y su cuñada le dieron un paseo esa noche, camino a la casa en Long Island, y vió por primera vez Tímes Square, el Rockefeller Center y el Empíre State Buildíng, inconcebiblemente enorme para entonces, impasible en medio de la tormenta de nieve.

“Cuando desperté a la mañana siguiente, había mucha nieve, oí el ruido de un motor, miré por la ventana y no podía dar crédito a mis ojos. Un Cadillac enorme se había detenido delante de la casa del vecino, un chico se bajó del coche, lanzó un periódico en la entrada de la casa y volvió al coche, que siguió avanzando. Se detuvo delante de la casa de mi hermano, volvió a bajarse, de nuevo lanzó un periódico a la puerta de entrada. ¡Un repartidor de periódicos en Cadillac! ¿Esto era América?”

en el desayuno la cuñada de billy le explicó que normalmente el chico utilizaba una bicicleta para repartir los periódicos, pero al haber tanta nieve, el padre, que era millonario, había puesto a su disposición el Cadillac, con el chófer incluido, para que también aquel día pudiera repartir los periódicos y pudiera continuar aprendiendo a ganarse el dinero con su propio esfuerzo.

Esta fue la primera imagen que Wilder tuvo la primera mañana que despertó en la América en pleno desarrollo.
Dos días después se trasladó en tren a Hollywood, un viaje de tres días y tres noches, con el cablegrama donde se le contrataba para escribir el guión que le había propuesto al Estudio. Al principio las cosas le iban muy bien como guionista de la Columbia, ganaba 150 dólares semanales, la mitad se la descontaban por la comida y el alojamiento. Trabajaba con un traductor que pasó su guión al inglés. Pero al final el guión fue rechazado. Wilder se encontró de pronto sin trabajo y sin contrato. Se trasladó a una habitación minúscula en el hotel Chateau Marmont.

Dormía en una cama plegable que le dejaba algo de espacio para compartir con Peter Lorre, compañero de hotel también en París durante la huida, con quien también compartió a menudo las latas de sopa de tomate, que tenían que durarles dos días.
Como solía contar, había entrado en su periodo de pocas calorías, “low calorie years”.
En pocas semanas el tamaño del cuarto y el régimen adelgazante pasó a segundo plano. Su visado era turístico y había caducado.
Para conseguir un visado de inmigrante, tuvo que salir de Estados Unidos. Viajó a Mexícali, porque allí estaba el consulado de Estados Unidos más cercano.
Era un pueblo de hoteles baratos y miserables, repletos de emigrantes que esperaban el día en que se les autorizara a viajar a California. Wilder llegó bañado en sudor hasta el consulado. Le faltaban dos documentos esenciales: certificado de lugar de residencia en Alemania, y certificado de penales. Sin estos papeles hoy no lo hubiera logrado. Podía ser un criminal. Llevaba algunas cartas de amigos estadounidenses que aseguraban que wilder era una persona decente.
El cónsul miró los escasos documentos. Y billy lo ha recordado así:

“-¿Esto es todo? -preguntó. “-Esto es todo -dije y le expliqué que había tenido que abandonar Berlín de un modo bastante rápido y que al hacerlo, no habría sido aconsejable acudir antes a los funcionarios nazis para solicitar los necesarios certificados y papeles. Quien huye de la policía difícilmente podrá pedírle antes un certificado de buena conducta.
“El cónsul se levantó y empezó a recorrer su calurosa oficina de un lado para otro. De pronto se detuvo, nos miramos durante mucho rato en silencio, finalmente me preguntó:
“-¿Qué es lo que quiere hacer en Estados Unidos? Quiero decir, profesionalmente.
“-Escríbir películas -contesté yo. “-¿De veras? -dijo. Empezó de nuevo a ir de un lado para otro a mis espaldas.

Después se sentó detrás de su mesa, tomó el pasaporte, lo abrió y lo selló. Me lo devolvió y me estrechó la mano-. Escriba un par de buenas películas.
Billy volvió a atravesar la frontera como inmigrante legal, a los pocos años se nacionalizó.
Cuando fue distinguido con el premio Thalberg, en la ceremónia de los öscar en 1988, en su discurso de agradecimiento contó la historia del cónsul, que pasó por alto todos los obstáculos burocráticos, porque invirtió en Wilder sus esperanzas de ver unas cuantas buenas películas.

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