Centenario Wilder: Lubitsch

Centenario Wilder: Lubitsch

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Querido diario:

La inauguración de mi cine de verano ha sido un éxito. Otra cosa es que la piel se arrugue mucho estando más de dos horas dentro de la piscina. Ya les he dicho que eso no es culpa mía y que la psico que interpreta a Gilda, seguiría siendo una lagarta aunque no hubiera estado allí dentro toda la película… que no solo es cuestión de piel.
Cuando Gilda ha intentado agredirme, ha chocado con la butaca de Cleopatra que flotaba a la deriva y ha recibido un gancho de izquierda potente. Entonces se han encendido las mangueras antidisturbios y…. bueno que les he dejado allí a todos.
Aprovecho el rato abriendo el chip cerebélico de Carlos L-t, para ver como anda su memoria Wilder…. Al tiempo que me escucho este mp3 con cosas….

Wilder -Lubitsch.mp3


Lubitsch era hijo de un sastre judío y no se avergonzaba de ello. Había comenzado en su adolescencia como actor de reparto en teatro, y luego, en 1913, empezó a actuar para el cine con bastante éxito. Hacía un personaje cómico arquetípico judío, conocido como “Meyer” o “Moritz”, un empleaducho que sufre toda clase de desventuras, pero que al final logra quedarse con la hija del jefe.

Luego, contando con la intensa personalidad de la polaca Pola Negri, comenzó a dirigir películas que no eran comedias, empezando con “Los ojos de la momia”, en 1918; una película exótica sobre un amor obsesivo, que convirtió a Lubitsch y a Pola Negri en éxitos instantáneos en Europa y en América.

En 1920 habían empezado a llegar a Hollywood escritores de éxito para escribir guiones, Maurice Macterlinck y Somerset Maugham fueron dos de los más conocidos. Pero los resultados no fueron muy buenos y por lo general los escritores no se entusiasmaban con el asunto, cogían el dinero y salían corriendo de Los ángeles. Entonces Hollywood comenzó a cortejar a los talentos cinematográficos europeos, que también era una manera de luchar contra la competencia comercial europea.

En 1922, la “novia de América”, la superestrella y productora Mary Pickford, le escoge para dirigir su película siguiente, y Lubitsch desembarca en la Meca del cine. El presupuesto es colosal y el fracaso de la película también. Después Lubitsch ve “Una mujer de París” de Chaplin. Es una revelación. Consigue entonces un contrato con una productora todavía “pobre”, Warner Bros., y una serie de películas de bajo presupuesto que van a convertirle en el ídolo de la profesión y de la crítica. Nace una fórmula, uno de esos lugares comunes periodísticos que introdujeron en el lenguaje corriente “el toque Lubitsch”.

Cuando Wilder llegó y no consiguió que su primera historia convenciese como para que el Estudio que lo había “importado” le mantuviera el contrato, se topó con el aspecto difícil de Los Ángeles. Casi no sabía hablar inglés, así que se dedicó a mejorarlo escuchando constantemente la radio, básicamente seriales y programas deportivos. Viviendo en una habitación diminuta en el hotel Chateau Marmont, se las arregló como podía para subsistir haciendo cualquier trabajo, como caminar por el ala de un avión que volaba sobre la costa, vendiendo gags y haciendo de todo hasta que conoció a Lubitsch.

Wilder aprendió de Lubitsch algo mucho más duradero que cómo construir una escena y cómo no hablar en tono condescendiente al público.
“Ninotchka” fue la película que sirvió a Wilder para atreverse a escribir personajes y diálogos más personales que le convirtieron en el primero de los futuros herederos de Lubitsch. Ninotchka es un personaje que se presenta al espectador como una mujer fría e implacable nada más comenzar la película y basta el primer diálogo de Greta garbo para dejarlo claro:

Comisario ruso:- “¿Cómo van las cosas por Moscú?”;
Ninotchka.- “Muy bien. Los últimos juicios en masa han constituido un gran éxito. Quedarán menos rusos, pero serán mejores”.

Esta referencia a las personas asesinadas por las purgas soviéticas es la primera frase de “mal gusto” en la carrera cinematográfica de Billy Wilder.
Con la inclusión de esa línea de diálogo, Lubitsch le enseñó a Wilder que merece la pena arriesgarse al mal gusto siempre que te mantengas fiel a ti mismo y a tu arte. Si el público no se ríe ante una buena frase, la culpa tal vez sea del público, no del guionista.
Wilder aceptó el consejo y seguiría escribiendo muchas más frases de ese tipo hasta que fue él, no Lubitsch, el que al final se ganó la fama de ser el maestro del mal gusto.

Wilder explica cómo trabajaba con Lubitsch; “Lo hace así: Tú presentas veinte sugerencias y él elige la que le da el toque Lubitsch. Su mente trabaja de ese modo, mediante insinuaciones. No es el tipo de director que te da un coscorrón y dice: ‘Tengo dos y dos. Y dos y dos son cuatro. Tres y uno también son cuatro’. Sencillamente dice: ‘Aquí tengo dos y aquí otros dos’. Y luego deja que el público lo sume. El público es coescritor. Y ahí es donde llegan las risas… Su técnica le resulta evidente hasta al más tonto del pueblo, pero hace que éste se crea muy listo”.

Fue Lubitsch quien enseñó a Wilder a pensar en secuencias cinematográficas: dónde se situaba la cámara, cuánto tiempo se mantenía un plano, dónde debían hacerse los cortes. La forma de narrar de Lubitsch fue la más matizada y sofisticada que conoció Wilder. Como dijo en una ocasión: “Lubitsch podía conseguir más con una puerta cerrada que la mayoría de los directores con una bragueta abierta”.

El gusto y la gracia de las películas de Ernst Lubitsch contrastaban de forma cómica con el propio director. En persona, sorprendía lo bajito y rechoncho que era. Tenía las manos y los pies pequeños y caminaba con un paso patizambo y cadencioso. Lubitsch andaba por Hollywood vistiendo pantalones y camisas arrugados y al comer agitaba el tenedor en el aire.

Estaba siempre perdiéndolo todo, nunca sabía donde estaban sus puros y era incapaz de recordar su propio número de teléfono. Wilder adoraba sus películas y llegó a adorar también al hombre. “Si quiere que le diga la verdad”, ha afirmado Wilder, “fue el mejor escritor que ha habido jamás.”

No era vanidoso ni se engañaba a sí mismo. Era lo bastante astuto para cuidar a los escritores, los estimulaba para que se superaran y entendieran que no quería “malos” de verdad en sus películas, sino seres ridículos y patéticos que se vuelven peligrosos porque no han sabido reconocer la dignidad que había en ellos.

Wilder, en cambio, se separó en ese aspecto y escribió también algunos de los personajes más desencantados, malvados y desagradables del cine de su tiempo, pero sin dejar de pensar jamás en su maestro. De hecho, en su despacho tenía enmarcada la siguiente frase: ¿Cómo lo haría Lubitsch?

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