Centenario Wilder: un final a lo Wilder

Centenario Wilder: un final a lo Wilder

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Querido diario:

Estoy contento porque casi nunca consigo terminar las colecciones que empiezo y esta vez si lo he logrado. Aquí está el último capítulo de la serie sobre Wilder, el que me faltaba para mi enciclopedia. “El venas” me dice que tengo que interpretar esto como una virtud, soy un entusiasta que espera vivir mucho y tener tiempo para quitarle el plástico a todo lo que colecciono.
De momento me he metido en el cerebelo de Carlos L-T para coger el material queacompaña a este mp3 donde se escuchan cosas sobre los últimosaños de Billy….

Wilderfinal.mp3

“Cuando en la ceremonia de entrega de los Oscar de 1988 en el Shrine Auditorium, Wilder recogió el premio Thalberg, dio las gracias a la Academia y a “los millones de admiradores que tengo en todo el mundo, mundo civilizado”, quiso puntualizar.
Al pasar por las salas donde espera la prensa a los premiados, un periodista le preguntó cómo le gustaría más que le recordaran. “Como un gran amante”, dijo, tras lo cual Jack Lemmon se lo llevó. “El señor Wilder tiene que vaciar la vejiga en otro sitio”
El comentario “a lo Wilder” en Los Angeles Times del día siguiente sobre los cinco minutos que se había tomado Wilder en su discurso, “duró casi tanto como su propia carrera”, era el mejor indicio del paso del tiempo para un hombre al que le había “retirado” la taquilla, y lo había hecho por mucho que Billy se hubiera resistido hasta pocos años atrás.
Wilder había ido cumpliendo años y el público de su generación muriendo. En parte hablaba muy en serio cuando echaba la culpa al público de haber encadenado cinco fracasos seguidos en taquilla. “Los espectadores no quieren ver una película a no ser que Peter Fonda atropelle a una docena de personas o Clint Eastwood tenga una metralleta más larga que ciento cuarenta penes.”

Billy sabía lo que es hacerse viejo en Hollywood y en su trabajo, porque lo había escrito en “El crepúsculo de los dioses”. Sobre la decadencia en su oficio le contó a un periodista: “Fíjese en Joan Crawford, que murió sola en su apartamento. Antes de su muerte bajó en el ascensor, dos mujeres la vieron. Una le dijo a la otra: “Mira, ésa era Joan Crawford”. Eso es muy difícil de aceptar, sobre todo cuando estás sola y has sido muy hermosa… Cuando la fascinación y el éxtasis llegan a su final para las grandes estrellas, no pueden hacerle frente. Se vuelven alcohólicas o toman pastillas o viven aisladas en el desierto de Arizona”.

Billy no deseaba otra cosa que seguir trabajando, contra las modas y los cambios en la industria. En su penúltima película, sobre la imposibilidad de recuperar el pasado, demostró que él no tenía que recuperarlo porque mantenía sus “antiguas costumbres”.

La víctima femenina fue esta vez la suiza Marthe Keller, protagonista de “Fedora”. Billy seleccionó una secuencia para el día de visita de la prensa internacional y la actriz no conseguía convencer. Se iba volviendo cada vez más torpe a medida que Billy le remarcaba sus frases, marcándole incluso el ritmo. “Por favor, no me lo vuelva a repetir”, le espetó finalmente.

Keller lloró muchas veces a lo largo de aquel rodaje, no estaba acostumbrada a que la trataran como una marioneta, eso que los directores-autores llaman “la generosidad” del actor… que consiste en que ceda y renuncie a salirse un milímetro de lo que ellos marcan con exactitud completa. Además Keller no perdonó la maldad de Wilder riéndose de su novio, Al Pacino, porque estando en pleno Mediterráneo no comía más que hamburguesas.
Billy dejó los chicles. Volvió a fumar: tres puros baratos franceses muy fuertes todos los días, y al humor picante: “Filmar en París es un castigo. Estar encerrado en los estudios y no poder pasear por la calle es como ser pianista en un burdel mientras oyes a la gente follando en todos los pisos. Te vuelve loco”.

Tan solo ocho años antes de la noche de los Oscar donde toda la platea puesta en pie le había aplaudido, en la primavera de 1980, tras una ausencia de cuarenta y un años, Billy volvió a trabajar en los estudios de la MGM. No había trabajado allí desde Ninotchka, aunque sí había rodado parte de “Con faldas y a lo loco” en uno de los platós, que había sido destruido para levantar viviendas. En los estudios Goldwyn, en el lugar donde se había rodado “El apartamento” e “Irma la Dulce”, había ahora un aparcamiento.

Pero a pesar de los cambios y de que tampoco su última película había hecho dinero, Diamond y él se disponían a escribir una nueva comedia para la MGM, y dos meses más tarde, el guionista-director más importante de la historia del cine americano y el colaborador que más le había resistido, leían el primer borrador de su guión. Se titulaba “Aquí un amigo”. Sería la última.
Billy no quería que lo fuera, pero podía presentirlo y eligió hacer una comedia desagradable, amoral, negra, dura, sin redención ni honor para ninguno de los personajes. El último maestro del cine de Hollywood, fue fiel a la parte agria y cínica de su pasado hasta el último plano. Un plano congelado. Walter Matthau le da una calada a un gran puro barato y, paralizado en su estatismo, ahí se acaba la película. Tras dirigir el último plano de su vida, Billy se volvió hacia su viejo amigo y socio y simplemente le dijo: “Izzie, ha sido un placer trabajar contigo”.

Te pedimos Teo que susurres una frase al oído del personaje que nos ha permitido hacerle esta especie de Enciclopedia Wilder, a lo largo de dos meses. Te pedimos, Teo, que le digas: “Billy, ha sido un placer trabajar contigo”.

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