Centenario Visconti: El primer amor

Centenario Visconti: El primer amor

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Querido sobrino:

El prior de Santa María de las Gracias es un antiguo conocido al que me une la afición por algunas especies raras de la botánica amazónica. Esto me ha permitido ofrecerle a Claridge la posibilidad de ver “La Última Cena” de Leonardo cuando el refectorio donde se pintó está cerrado al público.
Mientras ella disfruta del privilegio, yo tengo unos minutos para escribirte y continuar estos recuerdos sobre el último príncipe de los Milaneses.
Contemplo a Claridge admirando el momento de mayor pasión que haya reflejado Leonardo en su pintura, y considero que las sensibilidades de Da Vinci y Visconti se hubieran complementado. Luchino hacía arrancar su pasión en el punto donde para Leonardo era ya un sentimiento excesivo. Esa fue una de las razones por las que el “racional” Leonardo no atrajo a las mujeres como el “pasional” Visconti.
Luchino vivió su primer amor y su primer desengaño con la misma mujer, debería decir niña. Era la hija de Toscanini, Wanda, de la que se enamoraron los tres hermanos y que acabará prefiriendo al más pequeño, Edoardo, pero antes los tres tuvieron que pasar por el “curso de iniciación”de la misma cocotte, Pinuzza, célebre en los años veinte y cuya alcoba era conocida por todos los retoños de la aristocracia milanesa.
Con la endogamia tradicional de las clases altas, los siguientes dos amores también fueron chicas del círculo familiar que no respondieron a sus “señales” o expectativas.

Los viajes eran el otro escenario para que los chicos de las clases adineradas entraran en contacto y Luchino tenía ya 29 años cuando conoció a la única mujer a la que pidió que se casara con él. Era una princesa austriaca de 21 años, una belleza rubia de ojos claros y chispeantes al estilo de algunas mujeres de esa parte del mundo como Maria Schell o Romy Schneider. Un tipo de mujer que buscaría a menudo para sus películas.

La princesa Irma Windisch-Graetz, recordó cuando Luchino murió, como había sido:

“Luchi tenía entonces veintinueve años y venía a Kitzbühel con gente de su familia… Luchi, que no era un apasionado de la montaña, acababa de llegar. Era tan guapo y resultaba tan interesante hablar con él. Nada de los habituales argumentos mundanos, sino arte, música, teatro, una gama de temas que también me interesaban. Fue algo súbito, un flechazo. Nos vimos esa tarde y nos citamos para aquella misma noche.”
Comenzó una relación epistolar muy intensa, algunas de cuyas cartas ha guardado la princesa.
Entre cartas de amor, Luchino se movía a toda velocidad buscando una vocación definida entre las oportunidades que le daban su fortuna y su posición. Compró un Lancia último modelo y quiso probarlo en el circuito de Monza con el chofer de la familia. Sufrió un accidente y su chofer salió despedido, muriendo prácticamente en el acto. Le pasaría una pensión toda su vida a la familia del chofer y sufrió tal depresión que viajó a África y recorrió solo el desierto de Libia durante dos meses.
A la vuelta tuvo que aceptar el rechazo de su princesa. Le amaba pero era tan niña y su educación tan tradicional que el “no” paterno se impuso. Luchino nunca lo entendió y según sus padres aquel amor “maravilloso” y desgraciado le marcó para siempre
Las mujeres, según Visconti, “son unas criaturas maravillosas, pasionales. Pero su falta de racionalidad suele suscitar desorden y confusión”.

La siguiente mujer en su vida ya le conoció herido, en París, y era Coco Chanel. Ella le presentó durante una cena a Jean Renoir, con quien entabló una gran amistad (Renoir lo llegaría a considerar como “su hermano pequeño”).

Si con una princesa había conocido el amor romántico heterosexual, con un comunista conoció a otro gran amor, porque fue su participación como asistente en dos películas del francés como se enamoró del nuevo medio de expresión.
Un participante de aquel rodaje recordaba alguno de los rasgos que lo definirían como director de cine:
“Un día fuimos juntos a la Samaritaine para buscar un corsé de puntillas y me di cuenta de que Visconti conocía esa tienda como la palma de su mano. Era de una precisión excepcional”. De una reserva, de un mutismo igualmente excepcionales, con esa manera suya de asistir a todas las tomas sin hacer nunca una pregunta. No es que fuera tímido, sino que “no entablaba relaciones de camaradería y no era la clase de persona con la que va uno a tomar una copa después del trabajo… Mi impresión era que no le interesaba mezclarse con la gente, que lo ponía un tanto incómodo”.

Visconti tomaba notas de todo, conocía al detalle la moda francesa e italiana de los últimos doscientos años pero nunca había visto trabajar a alguien con la meticulosidad artesana de Renoir y mezclándola además con una “mano izquierda” para dirigir a los actores que Luchino jamás reprodujo. Él se convertiría en el gran dictador, más grande aún porque tenía la inteligencia suficiente para emplear otras armas para lograr lo mismo, y más.
Fue allí cuando se me presentó el primer contacto con un medio cuya existencia ni siquiera imaginaba. En el fondo, cuando uno llegaba de Milán a París tenía la impresión de que en Italia vivía con los ojos vendados y las orejas tapadas… Las relaciones de amistad [que tuve con el grupo de Renoir] se convirtieron para mí en una especie de camino de Damasco.” “En 1936 estaba en París… Para hacer cine… Un pedazo de imbécil… No fascista, fascista, sino fascistoide… Alguien que no sabía nada, que no entendía nada. Alguien que en política tenía los ojos cerrados; como los gatos que acaban de nacer. Pero mis amigos se preocuparon por abrírmelos… Todos comunistas, todos afiliados al partido… Al comienzo, cosa natural, me miraban con desconfianza. ¿Qué querrá “este cretino rico y con títulos”…. cepetit idiot, qu’est-ce qu’il veut?…”

Desde luego no era un idiota, sobrino, o en cualquier caso nunca pequeño. Seguiré en otra ocasión porque la luz de la tarde se apaga y los colores de Da Vinci se van fundiendo en negro.

Hasta pronto. Tu tío Aníbal L.

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