Centenario Visconti: La diva, la loba y la escritora

Centenario Visconti: La diva, la loba y la escritora

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Querido sobrino:

Como ya te conté, Luchino salió malparado de su primer amor con una princesa, pero no dejó de sentirse atraído por otras mujeres. Y tampoco dejó de atraerlas.
Mantenían con él una relación extraña, diferente de la que se pueda entablar con el común de los mortales. No había una sola mujer que, al menos por un tiempo, no se enamorara de él y se viera a si misma hermosa, tendida en los sofás de la villa romana, cubierta de joyas.

En el caso de la Callas la sumisión fue total. En la temporada de ópera del invierno de 1953, los milaneses esperaban la actuación de la cantante cuyo apellido, quitándole una letra, era el anagrama de la Scala.
Visconti estaba en su palco y quedó tan fascinado con aquella odalisca corpulenta, como ya le había ocurrido al verla por primera vez tres años antes. Su voz bajaba y subía por las notas sin el menor esfuerzo.
Cuando se la presentaron la fascinación fue mútua. Pero en los siguientes tres años Visconti remodeló a María como hacía Miguel Ángel con los bloques de mármol. Quedó transformada en una mujer delgada y fibrosa, elegante en cada detalle, que mordisqueaba lechuga en las comidas y daba largos paseos por la playa con Visconti, escuchando todo lo necesario para interpretar a la sublime Violeta fastuosa, divina, que apareció en el escenario de la Scala en la primavera de 1955.

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Nadie había encarnado nunca el concepto de “diva” como logró Luchino que hiciera María. Para ello se saltaba todas las convenciones. Cuando María protesta contra la elegancia inverosímil de un personaje donde interpretaba a una campesina: “Pero Luchino, yo soy una aldeana — ¿Por qué quieres que aparezca así y que lleve uno de mis collares de ópalos?”, él le responde: “No, tú no eres una aldeana. Eres Maria Callas representando a una aldeana, no lo olvides”.
La Callas salió entonces al escenario vestida con seda blanca, coronada con una guirnalda de flores rosas, malvas y lilas, mientras los aldeanos vestían de negro con guantes blancos y las aldeanas eran un despliegue de rosados, perlas y grises;
Por eso no te extrañará, sobrino, que la expectación fuera enorme cuando se anunció que el conde Visconti estrenaría “La Traviata”. Unos esperaban un escándalo, otros una revolución y la mayoría ambas cosas. Se habló de unos decorados que obligaban a elevar el escenario , de un presupuesto récord. Pero los milaneses se encontraron con una restauración, un homenaje al más grande de los autores de melodramas del siglo XIX y a la Scala. Incluso para hacer que el decorado combinara con el estilo neoclásico del teatro, puso sobre los bordes del proscenio unas columnas idénticas a las que flanqueaban los palcos.
Al terminar la representación también devolvió al viejo espectáculo el ballet-divertimento, como se hacía en los primeros años del siglo XIX, porque la representación terminó quedando en el escenario una tarta gigantesca, de formas arquitectónicas, que se abrió y salieron los dioses del Olimpo! mientras acudían los criados trayendo mesas, platos, diversos manjares y gigantescos pavos reales de azúcar! mientras bailarines ejecutaban el ballet en el proscenio, adornado con trofeos y águilas napoleónicas.

CentenarioVisconti_AnnaMagnani.jpgPero el “enamoramiento” de la Callas, una mujer muy reservada y hasta mojigata, no le impedía sentirse mal por el lenguaje “indecente y obsceno” que empleaba Visconti cuando se dirigía a la gente que colaboraba con él. Luchino sabía que María no lo soportaría, que incluso podía abofetearle en un momento dado, y nunca lo usaba con ella. “Cuando hablas así, me das náuseas“, le decía. “La gente es imbécil—respondía
él—. Ellos no comprenden absolutamente nada; por lo tanto, hay que ser claro”.
El marido de María ha contado que una noche, en un hotel de Roma, Maria y su madre se sintieron escandalizadas al ver entrar a Visconti y Anna Magnani, con “un vestido muy escotado que dejaba casi al descubierto sus senos“. Para entonces la Callas ya se estaba alejando de Luchino, le repugnaba su homosexualidad y recordaba con antipatía la presión de su dominio, sus celos! no verás más a Fulano… Tú no harás nunca más tal cosa.

En el caso de Anna Magnani, basta el más barato de los cursos de psiquiatría, para darse cuenta de que esas emociones estaban vinculadas con su madre, fuerte, realista y autoritaria, pero también protectora y cariñosa, que le adoraba y era celosamente adorada por él.
Anna Magnani escapaba a toda norma, el apodo de “la loba” se le ajustaba por sus estallidos cuando se sentía atacada y por una pasión violenta y acaparadora, similar a la de Luchino.
Ana dirá, refiriéndose al rodaje de “Bellísima”: “Pese a todos los defectos de Visconti… ¡y tiene tantos, pero tantos!… me sentí bien con él. Me soltó las riendas. Por lo demás, él sabía que aquél era el único modo de hacerme actuar”.

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“Bellísima” es la única película en la que Visconti se permitió y permitió a la Magnani improvisar, rodar sin preparación previa, las expresiones espontáneas de un actor, de una loba herida: lágrimas, risas y ese grito de animal maltratado que le sale de las entrañas al final del film, cuando vuelve a encontrarse sola en medio de la noche, sentada en un banco junto a su hija dormida, después de que la pequeña, con la mirada perdida y vestida con una falda ridícula— haya provocado la risa general.
Francesco Rosi, que junto con Zeffirelli fue asistente de Visconti en “Bellísima”, describió tiempo después aquel encuentro extraordinario de dos artistas dotados por igual de un carácter poco común y conocidos por sus estallidos de cólera en pleno estudio de filmación. “Estaba un poco loca —dirá otro de sus amigos— ¡pero qué encanto formidable tenía!”

Visconti y Anna trabaron una relación apasionada, un amor desenfrenado por parte de la Magnani, que se abrasó en si mismo con la misma violencia con la que había comenzado.
Llegaron a la ruptura total. En el Festival de Venecia de 1956, cuando el jurado asignó el premio a la mejor interpretación a María Schell, dejando fuera a la Magnani, que actuaba en “Suor Letizia”. Ana no dudaba de que Luchino había votado contra ella. Por más que sus amigos intentaron hacerla entrar en razón, asegurándole que el dictamen había sido justo y que para esas cosas, no había amistad, ni nadie que pudieran influir sobre Luchino. Ella lo odió a muerte y no le dirigió la palabra durante doce años… hasta que un día lo encontró por casualidad en una tienda y se arrojó en sus brazos.

CentenarioVisconti_ElsaMoranteyAlbertoMoravia.jpgSu relación con la novelista Elsa Morante, esposa de Alberto Moravia, data de la misma época. Elsa acababa de escribir un libro y Visconti pensó en llevarlo al cine. De nuevo nació una relación turbulenta.
Elsa era una mujer atractiva, inteligente y que le hizo probar de nuevo su propia medicina de posesión y sumisión. Lo seguía a todas partes. Le regaló un gato y dos gatas que la “representaban” cuando no estaba!. Y comenzaron un juego que incluía llamadas nocturnas de Luchino para que le permitiera escuchar como se masturbaba.
O “performances” de Elsa en braguitas, con un racimo de uvas metido en su pubis, y riendo a carcajadas: “¡Yo también tengo“. Luchino se cansó. Más tarde, Elsa Morante recordaría su “maldad” y un amigo de ambos admitiría: “Sí, es posible que al final él se mostrara desagradable y hasta malvado“.
Este mundo pasional y femenino, casi animal de puro irracional, que Elsa Morante encarnaba con tanta fuerza, le atraía sobre todo entre los actores.

Continuaremos hablando de ellos en otro momento, sobrino. Tu tía Claridge ha regresado y hemos de salir.
Anibal L.

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