Terry Gilliam, imaginación cerebral

Terry Gilliam, imaginación cerebral

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Querido diario:

Terry Gilliam fue a un colegio de Los Ángeles, donde había nacido, y donde tuvo muchos compañeros con padres del mundo del cine, desde guionistas hasta técnicos. Se pasó toda la carrera pensando en hacer cine y estando en la Universidad visitó algunas casas, las de la hija de Danny Kaye, el hijo de Heddy Lamarr o la hija de Burt Lancaster. Estaba rodeado de esa gente, y se quedaba flipado ante las mansiones de Beverly Hills.
No sabía como entrar en el mundo del cine, pero tenía claro que no pensaba empezar desde abajo, así que comenzó a escribir y dibujar historietas para una revista, mientras se apuntaba a una escuela de cine donde duró un mes, porque le pareció terrible. A costa de aceptar cualquier trabajo, entró en un estudio que hacía animación con plastilina, paquetes de cigarrillos que bailaban y cosas por el estilo, pero donde se sentía mejor que en la escuela de cine donde pensaba que lo único que le ofrecían eran enormes pajas mentales.
Por eso Terry suele decir en plan irónico que “nunca he aprendido a hacer películas; me he limitado a verlas”.
Pero no es verdad porque hizo el camino habitual de otros de su generación, con tres amigos se compró una pequeña cámara y una grabadora para empezar a contar historias que nunca terminaban o que estaban llenas de defectos.

Resultó que donde mejor le iba era como dibujante, aunque no de cualquier cosa, sino de historias de viñetas. Era como una película, pero sin movimiento. Había que elegir los platós, los exteriores, los actores, el vestuario y escribir el guión, y Terry se encargaba de todo. Así conoció a gente muy variada que pasaba por la redacción y entraban como personajes muchas veces en las historias. Así conoció a Woody Allen, que era el novio de una amiga suya, cantante de folk, y a John Cleese, que había ido con la gente del programa inglés Cambridge Circus a Nueva York, y que sería su puerta a los Python.
Antes hizo el viaje tradicional por Europa que se hacía todo intelectual que podía permitírselo.
Tras seis meses viajando en autostop se enamoró de Europa. El mismo Terry ha contado: “Fue como romper el cascarón. De repente me sentí muy lejos de la forma norteamericana de pensar. Lo más curioso es que yo era muy antiamericano, estaba contra la guerra y dibujaba muchos cómics para revistas de acción política y esas cosas, pero luego me puse a viajar por Europa y cuando un tipo -creo que fue en España- empezó a meterse conmigo por ser americano, monté en cólera y me puse a defender Estados Unidos a capa y espada. Fue espantoso, por un momento me vi a mí mismo convertido en un ultraderechista radical”.
Conseguía algo de dinero publicando dibujos para la revista francesa Pilote, la revista que editaba en París René Goscinny, el creador de Astérix y Obélix, y también ganó algo con los dibujos que hacía para la revista Esquire. Sin embargo no logró vender ni un dibujo en Londres. Su viaje se acabó en Turquía, allí se le acabó el dinero, tuvo que volver a París donde Goscinny le dijo : “Puedo darte dos páginas. Dibuja algo con muñecos de nieve”. Con lo que le dieron por esas dos páginas pudo comprar un billete de vuelta a Nueva York y se instaló allí durante un teimpo, hasta que llegó la llamada de Londres y se volvió Monty Python.

Junto a Terry Jones, Gilliam dirigió uno de los grandes clásicos de los Python, “Los caballeros de la mesa cuadrada”. Aquí tienes una selección con tres de las mejores escenas de esta divertida y delirante película…

Vídeo

Luego vendría su cine personal y aquí tienes este mp3 para que lo recuerde tu oreja….

GilliamTerry.mp3

 

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