Centenario Katharine Hepburn: “Mujercitas”, la escena

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Querido diario:

Katharine nació el 12 de Mayo de 1907 en Hartford, siendo hija de un dentista de origen irlandés y una conocida sufragista, de la cual heredó su espíritu combativo y el de no subordinarse a lo ya preestablecido. Su madre tuvo una gran influencia en la figura de Katharine, debutando la pequeña a los tres años en los espectáculos feministas que organizaba la buena mujer. Con el paso del tiempo, su padre no veía con buenos ojos que Katharine se dedicase a esta “vida de disipación y lujuria” y la mandó a la Byrn Mawr University, donde estudió Física, aunque, dado su carácter rebelde, abandonó la carrera, para dedicarse a lo que su madre le había imbuido de muy pequeña: el teatro.
Con tesón, energía y voluntad, Katharine decidió convertirse en actriz a los 19 años, aunque los comienzos no fueron nada fáciles. Su figura desgarbada, su voz áspera y una forma de actuar novedosa para el momento, hizo que sus pinitos fueran de todo menos satisfactorios. Tuvo que ser su refugio en Broadway el que le permitió saltar al cine, cuando un cazatalentos de la RKO se interesó por ella y le facilitó que el gran estudio de los años 30 le diera el papel protagonista de “Doble sacrificio” (1932) junto al galán de la época, John Barrymore.

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En estos primeros años Kate continuó con sus aficiones entre las que se encontraba pasear por el campo y nadar, era una experimentada nadadora que siempre cultivó su figura.

Viendo la película hoy, se aprecia como Kate se mueve con una frescura insólita, sus ojos derraman brillo y sus gestos excitación. En su primera aparición cinematográfica primero la vemos desde abajo, es una chica con un vestido blanco en una platea. La cámara hace una panorámica hacia arriba, y ella corre hacia abajo, a los brazos de su amante. Bailan el vals, todo en una sola toma, tan fluida y elegante como el péndulo de un reloj. Cuando la vemos de cerca por primera vez, desprende energía e irradia juventud. Al verse en la pantalla antes del estreno, con la copia ya perfecta después de volver a rodar algunos primeros planos para potenciarla, Kate le confesó a Cukor que nunca pensó que pudiese estar tan bella.
Eso fue lo que más le impresionó a ella. Al resto le impresionó en cambio la naturalidad con que se acostumbró a la cámara. Hepburn comprendió con toda rapidez que, a diferencia del público del teatro, que miraba a todas partes, tosía y hasta a veces se levantaban para ir al lavabo, la cámara en un primer plano significaba atención en exclusiva del público.

La Hepburn se convirtió en la revelación del momento ocupando las portadas de las revistas por su más que digna interpretación-debut en la película de George Cukor. Ella tapó muchas bocas, aunque las críticas no la abandonarían en los años posteriores, sobre todo por su actitud extra-cinematográfica paseándose por los estudios con sus característicos pantalones y sandalias que rompían el esquema de la mujer que tenía la América de esos años. La Hepburn siempre hizo lo que quiso, fue a su aire, y nunca permitió que nadie le censurara por su forma de vestir o modo de pensar.

George Cukor, otra figura muy criticada en el Hollywood de la época por su evidente homosexualidad, vio en la Hepburn al ideal de mujer que protagonizara sus películas, y por eso entre los dos surgió una bonita amistad y una fructífera relación profesional que se inició con “Mujercitas” (1933), película en la que Hepburn era la inolvidable Jo en la adaptación de Cukor del clásico “Mujercitas”, encarnando a una chica que paseaba en la ambigüedad pero mucho más femenina y real que sus ¿cursis? hermanas y que le valió la Copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Venecia.

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