Bette Davis, los últimos momentos

Bette Davis, los últimos momentos

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Querido diario:

En la segunda o tercera noche de su estancia en el festival de San Sebastián, que fue su último gran baño de aplausos admirados, se puso enferma. Su asistente Kathryn no dudó en llamar al médico del hotel María Cristina.
Su cáncer de mama era conocido, la cuestión estaba en cuando la mataría, y el diagnóstico era claro. “.. está gravemente enferma. Hay que ingresarla en el hospital».
Bette desconocía absolutamente las capacidades médicas de la ciudad y dijo: «No voy a ingresar en ningún hospital de San Sebastián. ¿Están locos o qué?».

Alquilaron un avión y la llevaron al hospital Americano más cercano, el de París, para que Los médicos confirmaran su situación: «La señorita Davis se muere. Sólo le quedan unas horas de vida. ¿Qué hacemos?».
Los doctores se referían a si ocultárselo y sedarla o decírselo con claridad. Era Bette Davis, “La loba”, y las lobas no temen a la muerte.
Bette dio las gracias a los médicos y empezó a tomar decisiones, según cuenta su amiga y asistente en aquellos últimos momentos: «Tenemos muchas cosas que hacer. Tengo que firmar todos los talones. Tienes que anular la cena del viernes, tienes que..”

La ayudante de Bette localizó incluso a la persona con la que primero quería hablar y cuando lo logró se lo dijo sin rodeos. «De ésta no salgo» . Y luego subió al firmamento. Uno de los que la conocía y apreciaba, que se presentó en su funeral, resumió la postmortem de Bette muy bien: «Ajústense los cinturones»,va a haber tormenta en la eternidad».

CentenarioBetteDavisLaballenadeAgosto.jpgSu última imagen en la pantalla no corresponde con su última peli, que no pudo acabar, porque ya estaba lo bastante mal como para tener que abandonar el rodaje. En la anterior en cambio si hay una despedida de la cámara, una conciencia de final.

En 1986, con 78 años, se trasladó a la isla Cliff, en la costa de Maine, para rodar “Las ballenas de agosto” con Lindsay Anderson. Es una historia mínima, magnificada por dos actrices soberbias. Con Bette estaba Lillian Gish, con 92 años, una leyenda aún más antígua que Bette. Tanto que la loba no pudo evitar uno de sus zarpazos habituales al ver las copias de trabajo. “Como no va a dar bien en los primeros planos? Los inventó ella”. O uno más dirigido esta vez al equipo: «Hoy he obedecido al director dos veces. Creo que me estoy ablandando».

La más reciente de sus biografías publicada en español, recoge esa última secuencia. Bette, postrada en su cama, esquelética, con el rostro descarnado, acariciándose la mejilla, mientras el sol de la tarde inunda la habitación. La dureza de su cara huesuda evita limpiamente el sentimentalismo de la escena, como muy bien sabía ella que sucedería.
Bette se levanta y camina, cojeando, hasta una cómoda, saca y abre una caja de recuerdos y toma un reloj de bolsillo y un mechón de pelo oscuro con el que se acaricia el rostro. El gesto del personaje es delicado e íntimo, pero su presencia poderosa fotografiada en movimiento, es tan majestuosamente sobrecogedor como siempre lo ha sido.

CentenarioBetteDavisHomenajeFilmSociety.jpgLa conciencia de su estrella nunca la abandonó, y le gustaba reflejarlo en cada detalle. 5 meses antes de viajar a San Sebastián para ser admirada y ovacionada, recibió otro gran homenaje organizado por la Film Society del
Lincoln Center. El día anterior al acto, la telefonista de una de las peluquerías más reputadas de Manhattan recibieron una llamada pidiendo hora para “la señorita Davis”. los estilistas temblaron de emoción.
A la hora fijada apareció un mensajero con una sombrerera, conteniendo la peluca de la señorita Davis y una lista de instrucciones detalladas hasta en lo más mínimo.
Tras la ceremonia de agasajo, algunos de los principales participantes estaban invitados a tomar una copa o algo más en un lugar muy conocido de Nueva York, la Taberna del restaurante Green de Central Park. Según un testigo ocular, apenas Bette se levantó de su asiento y giró sobre sus talones para irse, un grupo de personas se abalanzó sobre los desechos que había dejado, para hacerse con todos los objetos manchados de carmín y ceniza de cigarrillo que pudieron conseguir. El testigo ocular, el actor y agente literario Edward Hibbert, se adueñó de la taza de café.

CentenarioBetteDavisLapida.jpg

Sus dos únicos Óscar dieron el valor de su recuerdo cuando se subastaron. El que ganó por “Peligrosa” lo adquirió la cadena de restaurantes Planet Hollywood en primer lugar, pero luego lo compró Steven Spielberg, por 207.500 dólares, en una subasta celebrada en la casa Sotheby’s en 2002, y enseguida lo donó a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.
Después Spielberg adquirió el Oscar de “Jezabel” por 578.000 dólares y también fue devuelto a la Academia.

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