Rocco y sus estrellas: Demasiado jóvenes para ser estrellas

Rocco y sus estrellas: Demasiado jóvenes para ser estrellas

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Querido Teo:

Hace unas semanas me dejó plantada. Hablo de Shia LaBeouf, la gran esperanza blanca de Hollywood, el protegido de Steven Spielberg que en un mismo año, 2006, pasó de ser un total desconocido a protagonizar el taquillazo inesperado que fue "Disturbia". Un año después estaba al frente de ese festival de explosiones y efectos especiales que es "Transformers" y para 2008 ya era leyenda como el hijo de Indiana Jones en esa última entrega del arqueólogo aventurero que será floja pero todos nos tragamos. Todo esto sin cumplir los 23. Me gustaría decir que fue uno de esos momentos cinematográficos tipo “Algunos hombres buenos” donde Shia se levantó porque no podía aguantar la dureza de mis preguntas. Pero como diría Anthony Hopkins, hacemos cine no cirugía cerebral. Así que LaBeouf se levantó y se fue después de haberse pasado todo lo que le duró su paciencia en la entrevista sin apenas hablar, daba igual la pregunta, y mirando a la puerta, gesto heredado de Harrison Ford, poco amante de las entrevistas y bueno localizando vías de escape.

Dada la meteórica carrera del alevín fue muy fácil seguir su desplante con la palabra niñato. Niñato como muchos de los que crea esta industria siempre en busca de la carne más joven que no se toma el tiempo en educar. Niñatos para los que el cine arranca en “La guerra de las galaxias”, que nunca han visto una película en blanco y negro y mucho menos muda. Niñatos que en el plazo de un año, dos, quizá tres, pasan a creerse todas esas portadas de GQ, Esquire, Vanity Fair o Playboy que sus managers les consiguieron para hacer de ellos estrellas antes de que realmente lo sean. Porque esto es como el traje del emperador. Si la campaña es buena, el rostro de este nuevo “elegido para la gloria” estará de tal forma en la cultura popular que el espectador medio será incapaz de preguntar en voz alta: “¿y quién es este pringao?”, a menos que quiera parecer un cavernícola. Un niñato cuyo desplante enseguida saltó a la Internet y corrió como la espuma el rumor de que LaBeouf se marchó bufando porque no podía aguantar los celos que le producía hacer las entrevistas junto a Megan Fox, su compañera de “Transformers” en quien, pasada la novedad LaBeouf, están puestas ahora todas las miradas. Yo también lo pensé. Pero aquí estoy, de nuevo con LaBeouf con su cara de pajarito, de niño formal al que han reñido y vuelve para hacer las paces.

Echo de menos al agitado Shia, al que hace tres años no paraba de hablar y si lo hacía era para encender un nuevo cigarro. El que exudaba exclamaciones y energía por todos sus poros. Ahora es un LaBeouf más reflexivo, que habla, sí, pero en respuesta a lo que le preguntas. Muy escuchimizado y todavía con esa escayola en el brazo que se rompió durante el accidente de automóvil que sufrió al principio del rodaje. Y donde o vio la luz o le vio los colmillos a Hollywood. No pierde la compostura, sentado todo el rato encima de sus manos, pero esta vez su mirada está puesta en mi, no en la puerta. Y si se hace un silencio es a la búsqueda de la palabra más adecuada, sin manidas declaraciones de principio o frases hechas. Sólo quita los ojos de mi un segundo, para mirar al techo, ese segundo en el que busca cómo responder de la mejor manera si Harrison Ford fue o no el primero en llamarle tras el accidente (no lo fue). Una mirada al techo que le delata, lo mismo que su sonrisa, porque en ese preciso instante no ves a la estrella, malhumorada o en su mejor día. Ves un chaval que no puede evitar que se le escape eso de que “en mi mente, Harrison es mi amigo” con la sonrisa diciendo un “ya me gustaría”. Veo a un chaval, veo a mi sobrino, un joven que todavía no ha aprendido a ser hombre, menos estrella, y que intenta saber quién es. Alguien todavía con todos sus demonios en el cuerpo pero que no ha perdido su inocencia porque sigue siendo un chaval. Como mi sobrino. Lo que ocurre es que Mario vive todos estos cambios en su casa, con sus amigos. Y LaBeouf delante de las cámaras. ¿Se queja?. No. Simplemente no sabe expresarlo. Y encima, cuando se pasa la furia, intenta ser honesto. Quizá algo así pasó con Heath Ledger. Demasiado jóvenes para ser estrellas. “Espero que hoy estuviera de mejor humor”, se disculpa cuando acaba la entrevista mirando al suelo. Yo espero que sepa lo que se hace.

Rocío Ayuso (Los Ángeles)

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