"Alta fidelidad", nostalgia y melomanía romántica

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Querido Teo:

"Alta fidelidad" de Stephen Frears se estrenó en su momento, ahora hace 20 años, bastante de tapadillo (el fervor de culto de las redes sociales no existía para poder auparla) pero es verdad que supo conectar con un determinado grupo de espectadores que la sigue recordando como una película muy generacional. La cinta protagonizada, entre otros, por John Cusack y Jack Black dio en la diana en la adaptación de la novela de Nick Hornby sobre un treintañero en crisis que intenta mantener el bastión de una tienda de vinilos a punto de quebrar y en la que sus miembros intentan enarbolar la bandera de la nostalgia y de la pureza musical de esos discos. Todo mientras el protagonista intenta volver con su antigua novia de la que sigue enamorado mientras tiene la obsesión casi enfermiza de hacer listados musicales para cualquier situación, entre ellas la ruptura reciente con su chica que le llevará a encontrar respuestas en la música para intentar reconquistarla.

“Alta fidelidad” es una buena película pero sobre todo es un gran homenaje a la música. Después de “¿Quieres ser John Malkovich?”, John Cusack sintió que no tenía ya nada que demostrar, y decidió darse un gusto personal. Su amor por los viejos discos LP de música pop de los años 60 y 70, hoy llamados vinilos, lo impulsó a filmar con Disney la novela del inglés Nick Hornby (de discreto éxito en su país). Cusack se mete en la piel de Rob, el dueño de una tienda de discos en Chicago (lugar en el que nació el actor), quien junto a sus empleados, más adictos todavía que él, ha levantado un templo a su música de culto, un lugar de peregrinaje para los fans. La película desprende amor al coleccionismo. Pero sus catálogos no se circunscriben a la música de los 70: Rob tiene los “Top 5” para todo, incluyendo a sus relaciones amorosas encontrando ahí sus errores como novio...

La cinta supuso la segunda colaboración de John Cusack con Stephen Frears tras “Los timadores” demostrando la versatilidad de un director que se ha movido con agilidad entre dramas de época, thrillers y comedias contemporáneas como es el caso de esta comedia romántica entre chico y chica pero también entre todos los personajes y la música, llenándola de nostalgia y de ese espíritu “indie” que comenzaba a inundar al cine de menor presupuesto coincidiendo con el cambio de siglo.

La adaptación de la novela de 1995 sólo tuvo dos modificaciones en la película, la acción se trasladaba de Londres a Chicago y el nombre del protagonista pasaba de Rob Gordon a Rob Fleming. La cinta encantó al propio Nick Hornby, que después se erigiría como un filón para futuras adaptaciones, señalando que a veces la película era como ver a John Cusack leer su libro ante la fidelidad que logró encontrar la versión cinematográfica.

Una historia generacional que comenzaba ya a retratar un mal de nuestro tiempo como es la insatisfacción de una generación, en este caso treintañeros que viven entre en anclaje del pasado y la frustración por un futuro deseado e idealizado que no ha llegado. The Kinks, Elvis Costello, Marvin Gaye o Bob Dylan se dan cita en un playlist envidiable que tiene su cenit cuando al propio Rob se le aparece Bruce Springsteen en sueños con su mítico The river de fondo.

Guiños musicales, diálogos ingeniosos y enredos románticos y dialécticos se dan cita en una cinta que no ha perdido un ápice de frescura siendo incluso muy pertinente para estos tiempos de desorientación personal y profesional haciendo las delicias de melómanos, cinéfilos y espectadores evasivos. La revista Empire la considera una de las 500 mejores películas de todos los tiempos y el portal Rotten Tomatoes la incluye en su top 25 de comedias románticas. En su momento consiguió una nominación para John Cusack en los Globos de Oro y una candidatura al guión adaptado en los Bafta para una de esas películas que como el buen vino gana y crece con el tiempo llevándose el cariño y el corazón de su público.

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Nacho Gonzalo

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