Cannes 2015: Fascinante estigma a la soltería que reafirma a Yorgos Lanthimos y un repetitivo pinchazo de Woody Allen

Cannes 2015: Fascinante estigma a la soltería que reafirma a Yorgos Lanthimos y un repetitivo pinchazo de Woody Allen

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Querido Teo:

Tras las buenas sensaciones que nos dio la fábula de Matteo Garrone y caer en un segundo día de marcado pero decepcionante sabor oriental esta tercera jornada de Cannes ha vuelto a elevarse (no sólo por el traicionero aire que corre por la Croisette que no es incompatible con un sol que invita pedirle a Harvey Weinstein sitio en su yate) con la nueva extrañeza pero fascinante apuesta del griego Yorgos Lanthimos. Y es que Woody Allen no ha podido más que ofrecer un ligerísimo y vacuo trabajo que asegura el titular de su presencia pero que termina siendo un nuevo valle en una filmografía en la que sus picos, seguramente fruto de la edad y la desgana, son cada vez más difíciles de encontrar.

Hablemos de “The lobster” de Yorgos Lanthimos que como comentaba una compañera se suma a la ya forzada corriente de directores europeos que terminan rodando con un reparto internacional manteniendo sus señas pero intentando conquistar desesperadamente el público internacional para no quedarse limitados a un nicho concreto. Les ha pasado en esta edición a dos italianos (Garrone y Sorrentino) y lo mismo se puede decir de un Lanthimos que, al contrario que un Garrone que se desmarca totalmente de su filmografía con una fábula palaciega, sí que respeta éste lo visto en “Canino” y “Alps” con una subyugante historia de gran atmósfera y que presenta un mundo distópico, hedonista y estigmático en el que ser soltero merece ser erradicado sufriendo en un bosque la peor de las condenas teniendo que quedar transformado en un animal (a elección, eso sí, lo que provoca que el que protagonista elija una langosta sea bien visto ante el gran número de perros ya existentes). Y es que ya sorprende desde el primer momento en el que un barrigón y bigotudo Colin Farrell con pinta de oficinista gris contesta un cuestionario sobre su vida amorosa, lo que provoca que ante su ruptura sea internado en un hotel de solteros con cuenta atrás para terminar encontrando pareja mientras se producen descolocantes incursiones en el temido bosque así como actos violentos y restriegos en partes nobles. Allí, un Colin Farrell sobrio y muy bien en su papel, hace amistad con Ben Wishaw y John C. Reilly (al que en las películas de esta edición le están destinando siempre destinos bastante sufridos, primero enfrentándose con una criatura marina en “Tale of tales” y después abrasada su mano por masturbarse) en una institución gobernada por la siempre solvente Olivia Colman, que se marca un número musical muy potente en una de las cenas con los residentes que crea una atmósfera entre lo enfermizo, el sentimiento de compañerismo y la sombra orgiástica en el aire, así como esas simulaciones que se llevan a cabo en la residencia con el fin de demostrar que lo peor que te puede pasar en la vida (tanto para un hombre como para una mujer) es quedarse soltero. Es verdad que la primera mitad de la película es muy potente y realmente genuina, clásica pero vanguardista, marcando su tono propio pero también recordando a secuencias y ambientes que bien podrían ser recreados por Paul Thomas Anderson o James Gray. En la segunda parte la presencia femenina altera la vida del atribulado Farrell así como de ese sistema preestablecido, tanto por la aparición de su ideal de mujer encarnado por una angelical y desvalida Rachel Weisz como de una mala pécora voz de la conciencia de la facción solteril, un grupo de hippys que viven la vida entre orgías y danzas tribales, sin preocupaciones y sin ninguna intención de enamorarse, representado por cada vez una más odiable (en sus papeles) Léa Seydoux. En todo caso, “The lobster” es una de esas películas que logran una gran fascinación, la fotografía y música contribuyen a ello, que hará que gane con el tiempo, se merezca segundos visionados y ayude todavía más a posicionar como uno de los directores más interesantes del panorama europeo. Esta película es su salto indiscutible a grandes ligas no sufriendo el síndrome de otros realizadores que naufragan a la hora de dar el salto ofreciendo un interesante debate sobre la concepción social del concepto de soltería, para unos un remanso de libertad y de autonomía y para otros una condena de la que hay que escapar aunque sea juntándose con la primera persona que pase aunque sea ofreciendo una imagen desvirtuada de uno mismo para favorecer el enganche de la complicidad.

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Mucha reverencia provoca siempre la figura de Woody Allen pero la verdad es que el director lleva una racha en la que los patinazos son cada vez más recurrentes y dolorosos. Si en lo que llevamos de siglo sólo “Match Point”, “Midnight in Paris” y “Blue Jasmine” destacan sobre la media de su filmografía (sabe a poco teniendo en cuenta que sale a película por año) las decepciones se van acumulando y si “Magia a la luz de la luna” sólo era un tontorrón viaje sobre el mundo del ilusionismo por la paisajística Riviera de los felices años 20, “Irrational man” desde luego que no mejora las sensaciones de la anterior. Más sólida desde el punto de vista del diálogo y de la carga sombría que va oscureciendo al relato, pero igual de intrascendente e inane, sobre todo porque a Woody (lógico por otro lado a la hora de cumplir anualmente con su cita con los espectadores y por el hecho de que los años no perdonan) se le nota muy desganado y como recogiendo ideas sueltas que han pasado por su cabeza a lo largo de todos estos años y que, de una manera u otra, han ya aparecido por una filmografía marcada por el juego de parejas, los engaños y también las miserias humanas a la hora de querer conseguir mejorar la condición social. Es lo que le ocurre a un profesor de filosofía que cambia de ciudad y que es recibido (casi con las piernas abiertas) por dos mujeres relacionadas con el ambiente universitario en el que da clase (una profesora y una estudiante). Y eso es principalmente una de las cosas que sorprenden de esta nueva cinta de Allen ya que, acostumbrados a sus corales repartos, aquí sólo encontramos a tres personajes (y al novio de la chica claramente secundario) con lo que la historia pivota solamente en sus interacciones, quedando algo coja ya que no tiene ni un guión trabajado ni una historia que logre sostener este hecho. Y aunque inicialmente la historia parece que va a cuidar más el diálogo y a sus personajes, sólo es un espejismo ya que ni entretiene en su primera mitad en la que parece que se va a introducir en el enredo amoroso ni inquieta como debiera en una segunda parte que no es más que una triste sombra de “Match Point”, casi una parodia teniendo en cuenta el cambio de las motivaciones del protagonista (que surgen de repente y no son convincentes) pasando de un justiciero movido por la indignación a un tipo obsesionado por el crimen perfecto que rota la barrera inicial se piensa que jugar a ser Dios es más fácil y está más legitimado. Joaquin Phoenix (que hace una reinvención de sí mismo más asemejado a los altibajos emocionales del propio actor que a jugar a ser un alter-ego del director ya que la historia tampoco va por ese camino), Emma Stone (estupenda como siempre pero a la que cuesta ya ver como universitaria inocente) y Parker Posey (explotando su lado maduro más sexual) poco pueden hacer ante una película a la que no levanta ni el mejor energizante y que no creemos que sea una propuesta especialmente bien recibida cuando llegue ante su fiel público español ya que tampoco encierra ningún momento recordable ni ningún diálogo ingenioso. Y es que hasta el sorprendente desenlace final no es más que un grotesco guiño cercano al sainete que junto a la innecesaria voz en off y la música machacona y constante que invade la película convierte a este “Irrational man” en una de las cintas que piden especialmente un esfuerzo por parte de los fans del director para no ir perdiendo la fe en su credo. Aunque haya afirmado Allen que ante “la llegada de la muerte lo mejor es distraerse” no se puede decir que esta cinta contribuya a ello.

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En Una cierta mirada hemos visto “Hrútar (Rams)”, cinta islandesa sobre dos hermanos que llevan 40 años sin hablarse viviendo en un inhóspito entorno rural que sólo hará que recobren su relación cuando sus rebaños de ovejas están en peligro. Una película que intenta emocionar en la relación de resentimiento pero aprecio genuino de estos ganaderos veteranos y curtidos pero que termina siendo demasiado gélida, descolocante y con las ovejas de aquí para allá pero sin indagar realmente en la relación de esos dos hermanos, en el porqué de ese resentimiento, lo que hubiera favorecido un final que tira descaradamente del sentimiento y el desgarro.

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Nacho Gonzalo

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Comentarios

Mary Carmen Rodríguez - 15.05.2015 a las 19:24

A este paso vas a hacer un Cannes canalla y a ver qué hago yo en los podcasts.

Excelente crónica, Nacho.

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