"Casa ajena", conviviendo con nuestros fantasmas en un entorno hostil

"Casa ajena", conviviendo con nuestros fantasmas en un entorno hostil

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Querido Teo:

Lo bueno de unos premios como los BIFA del cine independiente británico es que permiten poner el foco en una serie de títulos a los que les viene muy bien esa promoción para no terminar engullidos por el sinfín de propuestas que llegan todas las semanas a las salas y las plataformas. Ya se puede echar un vistazo en Netflix a una de las favoritas de la próxima edición. “Casa ajena”, que cuenta con 16 nominaciones, es una cinta de terror psicológico sobre los fantasmas y miedos de la inmigración siendo la ópera prima de Remi Weekes que, en parte, sigue la senda de nombres como George A. Romero y Jordan Peele.

“Casa ajena” no necesita muchos ingredientes para sugerir y llevar a cabo un viaje de alto voltaje por ese drama que muchos gobiernos guardan bajo la alfombra sin saber cómo abordarlo, el de los refugiados. Una pareja de sudaneses, Bol y Rial, llega al Reino Unido huyendo de las matanzas y revueltas del país con el fin de encontrar una vida mejor.

La cinta empieza con una de esas embarcaciones en alta mar en la que, en el mejor de los casos, llegan a su destino sólo una parte de los tripulantes. Es lo que les sucede a los protagonistas de esta cinta que pierden a “su hija” Nyagak durante la travesía, arrastrando esa pérdida con ellos. Tras un tiempo en un centro para refugiados, se les asigna una casa para que inicien una nueva vida y puedan ser merecedores de pasar a ser ciudadanos de pleno derecho en el país.

Desde que llegan a esa casa, destartalada y propia de un barrio residencial marginal, abandonado a su suerte como los propios inmigrantes en él, ya se percibe que hay algo que no termina de funcionar. No sólo por un vecindario nada halagüeño, gente desnortada que mira por las ventanas con desconfianza o adolescentes que crecen como potenciales delincuentes, sino por el hecho de que algo pasa en un matrimonio que abraza la oportunidad de manera diferente. Mientras él está ilusionado por una nueva vida intentando adoptar las costumbres del lugar para ser un ciudadano ejemplar, hecho que se ve en su vestimenta o usando los cubiertos a la hora de comer, ella sigue neutralizada por lo vivido y añora su lugar y costumbres sintiéndose desubicada y con la impresión de que un mal les perseguirá vayan donde vayan hasta que se pongan en paz con ellos mismos.

A pesar de la intención inicial de sacar el partido a su nueva casa, tan grande como desvencijada, los miedos y las inseguridades en forma de pesadillas y la tradición ancestral del lugar que provienen les llevará hacia un viaje a la locura y a la desesperación, sufriendo además la burocracia de un país que, en parte, les ayuda como un mero trámite y que, sobre la fachada de solidaridad, esconde esa suficiencia occidental que lleva a pensar que no tienen motivo de quejarse cuando encima se les está ayudando y tienen una casa más grande que la de un funcionario del montón. Esos ramalazos de racismo que, aun así, terminan emergiendo frente al diferente aunque se presuman enterrados dentro de la idílica pero ficticia sociedad del bienestar obligando a éstos a que asuman que no pueden pretender nada mejor más allá de las migajas en forma de limosna social.

“Casa ajena” es una propuesta que va más allá del típico subgénero de casas encantadas, llevándolo a un entorno contemporáneo y social bañado del drama de la inmigración y conectándolo con horrores tanto reales como imaginarios propio del trauma padecido que hace que, a pesar de lo que uno vive allá donde va, sufriendo discriminación, miseria y violencia, eso es algo preferido a lo padecido en lugares de origen sin futuro y en los que la única manera de intentar cambiar el destino a favor es huyendo de allí, aunque el riesgo de la aventura y la incertidumbre de lo que vendrá sea tan alto.

Una propuesta que habla también de la codicia y del enfrentamiento entre pueblos, algo que ha provocado la huida de la pareja y que ha convertido a Rial en una verdadera superviviente mientras ésta cuenta a Bol la leyenda de su pueblo sobre un hombre que ansiaba tanto una casa que comenzó a robar a los demás hasta que dio con un brujo que le condenó por siempre.

“Casa ajena” desmonta géneros y expectativas, alternando realidad y pesadillas para que ese desconcierto y miedo en la piel que sufren los protagonistas sea trasladado a un espectador que se encuentra ante una cinta con riesgo que aboga por lo diferente, sorprendiendo en todo momento con un giro sobre cómo tuvieron que salir de su país los protagonistas y que es tan imprevisible como coherente dentro de una cinta en la que no hay reglas escritas y en lo que todo se antoja tan al límite como auténtico jugando con nuestra capacidad de creer y con las inseguridades que viven entre nosotros ante el temor constante a la posibilidad de perder lo obtenido, por muy poco que sea, y ser engullidos por la voracidad de un oscuro pasado que impide soltar amarras definitivamente.

Un debut valiente que da aire a un subgénero trillado y que ofrece una mirada escalofriante sobre la deshumanización y el pavor que cala en la piel de aquellos acostumbrados a vivir en esa sensación, demostrando que lo que provoca pánico no tiene porqué ser la clásica criatura diabólica, como las que también aparecen aquí, sino que es mucho más paralizante y devastador aquello que sentimos dentro de nosotros y de lo que no podemos despojarnos. Hay sus golpes de efecto, sonoros y lumínicos, pero es cobrando otras formas de denuncia cuando el terror realmente golpea e hiere.

Sangre, violencia, miedo, rabia, desesperación y culpa sobrevuelan a una pareja, conmovedora y ferozmente interpretada por Sopé Dìrísù y Wunmi Mosaku que, a pesar de ser una primera película, demuestra la claridad de ideas de su director a la hora de la planificación visual y de equilibrar los recursos oníricos con el drama social sin dar la sensación de que el conjunto descarrile o que emerjan ciertos egos autorales. Roque Baños ha compuesto la música y en el reparto podemos ver a Matt Smith ("The crown"), como el trabajador social que ayuda a la pareja, y al habitual Javier Botet ("El laberinto del fauno") en una más de sus criaturas, ahora como brujo simiesco.

Hay potencia en el mensaje, riqueza visual y estética, predominando colores y simbolismos minimalistas como ese islote de soledad en el que parece estar el protagonista mientras cena o cuando ella es avergonzada por tres adolescentes negros a los que pide ayuda y que le recriminan lo mal que habla mientras reclaman que vuelva a su país. Un Reino Unido hostil, clasista y ahogado por sus miserias individualistas en el que la sombra del Brexit y el descontento de la clase obrera inunda la película.

“Casa ajena” es una de las joyas a reivindicar en la cosecha de Netflix de este año ofreciendo interesantes mensajes sobre nuestro tiempo y sobre la forma de tratar al diferente que suele llevar, con cierta suficiencia occidental, a forzar una adaptación homogénea que no lleva a un óptimo resultado ante las diversas circunstancias y necesidades que presenta cada uno, más cuando el pasado y nuestros fantasmas no están para combatirlos y ser eliminados sino para, por muy terribles que sean, aprender a cohabitar con ellos porque, como parte de nuestras vivencias y experiencias, nos construyen y nos hacen ser quiénes somos.

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Nacho Gonzalo

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