Cine en serie: “Baron noir”, la serie que no vería Maquiavelo

Cine en serie: “Baron noir”, la serie que no vería Maquiavelo

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Querido Teo:

Termino la tercera temporada de la serie política más sofisticada que ha producido la televisión. Para algunos críticos franceses, y otros que no lo son, franceses, no críticos, es la mejor serie política de la Historia.

Su calidad está en la habilidad que muestran guionistas y actores para hacer creíble, realista, un entramado de personajes que viven en el mundo de la política de partidos en el juego del poder. Añadiendo a la combinación unos diálogos de esos que desearías recordar.

El centro de la contienda está entre la cúpula del Partido Socialista y el Elíseo. El principal protagonista, el actor Kad Merad, lo borda. Es capaz de convencernos de poseer una capacidad estratégica superior a la del mejor ajedrecista conocido, incluyendo cierto ordenador. Él es el barón negro, el hombre que puede tejer hilos, como una araña superdotada para la sinceridad y la traición, en cualquier dirección que le convenga para llegar a ser algún día presidente.

Si estableciéramos alguna relación entre “El ala oeste de la Casa Blanca” y “Baron noir”, como se repite en muchas publicaciones, podría equivaler a la distancia intelectual entre Trump y Macron. Ambas series han sido democráticamente favorecidas, pero la primera la puede desentrañar cualquiera a partir de los 16 años, y la segunda te hace echar de menos haber tomado alguna nota. Comprender la primera provoca el placer de ver un buen capítulo; la segunda exige más atención y esfuerzo, pero produce la satisfacción de superar con éxito los obstáculos de un juego de estrategia. Comprendo que un “barón”, al que aprecio por muchos años de amistad, disfrute cada capítulo y la tenga en el podio de honor de este tipo de series.

Entre las muchas valoraciones publicadas, recuerdo que estamos en la tercera temporada, es frecuente hallar la idea de maquiavelismo en su versión de retorcimiento estratégico. Sostengo que al propio Nicolás Maquiavelo la serie le habría parecido tremendamente sosa.

Cuando Maquiavelo piensa que la conducta del político ha de ser al margen de consideraciones morales y teóricas que lo alejen del objetivo práctico, el poder, no podía imaginar un mundo como el del siglo XX, donde millones de personas corrientes alcanzarían el poder de representación política en cámaras, consejos y parlamentos.

El “maquiavelismo retorcido” no se encuentra en Maquiavelo. Sus opiniones resumidas en que el fin importa más que los medios son de otro mundo. Un mundo de crueldad natural, de escasos recursos legales para la mayoría; un mundo incapaz de convertirse en nación, como lo estaban haciendo países vecinos; un mundo que se movía entre la monotonía cotidiana y el culebrón criminal de pillajes y asaltos de ejércitos mercenarios. Lo que hizo Maquiavelo, que hubiera matado por la “estabilidad política” de la Francia moderna, fue fundamental para la política europea: la separó de la moral y la religión. Pero es que moral y religión se confundían en tiempos de Maquiavelo. Colocar entonces la “razón de Estado” por encima de otras razones era digno de una investigación inquisitorial, aunque ni siquiera fue una idea original de un Maquiavelo a quien “Baron noir” le hubiera sabido a poco. En su Florencia, en aquella Italia de ciudades-estado, la muerte era un precio habitual.

En “Baron noir” los cadáveres son la ética, la palabra dada, la honestidad básica. Las armas en manos de los “asesinos” son las redes sociales, la inmediatez, las ansias por dominar el famoso relato que acondiciona la verdad hasta dejarla irreconocible.

El retrato de hábitos electorales es preciso, tan convincente que sirve para reflejar muchas otras culturas políticas. Lo más satisfactorio para el espectador es que, aunque la serie no juzgue moralmente a los pervertidos por el poder con demasiada dureza, ya no estamos en tiempos de Dumas, invita a reflexionar sobre la servidumbre de la comunicación, las contradicciones del compromiso y el riesgo de ser abducidos por una ambición depredadora.

Sentados ante la pantalla, debidamente comidos, concentrados en lo que se va a ver, con la única distracción de una copa a mano, la burguesía politizada superviviente, que todavía es mucha, se lo pasa divinamente con “Baron noir”.

Vídeo

Carlos López-Tapia

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