Cine en serie: "El beso de Singapur", aquellos colonialistas chupones

Cine en serie: "El beso de Singapur", aquellos colonialistas chupones

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Querido Teo:

El título de esta serie paródica de producción impecable responde a una técnica sexual en la que la mujer contrae y relaja los músculos vaginales para simular una succión. Metáfora muy adecuada para lo que les hacían los británicos a las riquezas de la zona, "succionando" el caucho hasta el extremo de que casi el 95% del utilizado por Inglaterra procedía de Singapur en 1940.

La ironía y el humor son las armas que utilizó el escritor James Gordon Farrell en una trilogía de donde sale la serie, denunciando corruptelas, incompetencia de los altos mandos militares y la hipocresía insensible de la alta sociedad británica. En pocas palabras, no deja títere con cabeza, y lo hace de una manera muy entretenida, con una banda sonora jazzística excelente y una ambientación a la altura de las buenas series inglesas.

No falta el drama romántico que pasa a primer plano cuando se acercan los bombardeos de los invasores japoneses y los amantes están separados, manteniendo siempre de fondo su tono de farsa despiadada, retratando el estiramiento prepotente, individualista y racista de los mandatarios de la colonia.

Winston Churchill consideró el papel del ejército en la defensa de Singapur, “el peor desastre de la historia militar británica”. Esa opinión inspiró a James Gordon Farrell y esta versión del oscarizado guionista Christopher Hampton, que ha sabido ser irreverente, pero manteniendo la elegancia necesaria para conectar con las historias teñidas de romanticismo de la época colonial. Christopher Hampton ya demostró en "Las amistades peligrosas" de Stephen Frears, lo bien que se le da reflejar la doble moral de los poderosos, y ha contado con una retahíla de actores que lo bordan.

La acción se sitúa cuando Japón declara la guerra a Estados Unidos en Diciembre de 1941 y comienza su expansión por las islas del Pacífico y el sureste de Asia, y conquistó rápidamente las Indias Orientales Neerlandesas. De hecho, los campos petrolíferos del Borneo holandés fueron, junto con el caucho y el estaño malayos, el mayor motivo para la declaración de guerra de Japón, ya que dependía de las exportaciones americanas, que habían sido interrumpidas por el presidente Roosevelt como represalia por la ocupación japonesa de China y de la Indochina francesa.

Entre la mitad y dos tercios del caucho mundial se destinaba a las ruedas de toda clase de vehículos, que condujeron a la creación de plantaciones de caucho a gran escala en Sumatra y Malasia, y en menor cuantía en Sri Lanka, Tailandia, Camboya y Liberia.

Esto nos lleva a la persistente intención de engañarnos con historias y delirios sobre lo que hacemos. Sostener un imperio exige un esfuerzo constante de mitificación del presente y tergiversación del pasado. Por eso destruyeron los británicos decenas de miles de documentos de sus propios archivos coloniales cuando abandonaron África en las postrimerías de la época imperial, quemándolos literalmente y arrojándolos al mar a espuertas en su empeño de borrar la historia e imponer una amnesia colectiva (en Uganda le dieron a esto el nombre de "Operación Legado").

Nada lo ha dejado más claro que la acción más horripilante de la era colonial: cuando el rey Leopoldo II de Bélgica compró como propiedad privada personal 2.500 kilómetros cuadrados de la cuenca del Congo y los convirtió en un holocausto de mutilaciones y trabajo esclavo con ánimo de lucro, que ocasionó la muerte de quizá 10 millones de personas a lo largo de dos décadas, oficialmente, se hizo con fines benéficos.

La tierra fue otorgada en 1885 a una organización de caridad llamada Asociación Internacional Africana, fundada por el propio Leopoldo. La supuesta misión filantrópica de la Asociación Internacional Africana era llevar la «civilización» a los habitantes del Congo. Lo que hizo fue convertir todo el país en una inmensa plantación de caucho en la que se castigaba a la población con la muerte por no alcanzar los objetivos de producción, o con la mutilación de manos, pies o narices.

Se requería de los soldados que presentaran determinado número de manos cortadas como prueba de a cuánta gente habían matado, porque los belgas querían asegurarse de no malgastar una munición costosa en actividades no esenciales (cualquiera que no fuera matar). Una bala, una mano. Las cestas llenas de manos amputadas se convirtieron en una especie de moneda del territorio. "El beso de Singapur" es una producción de la británica ITV que en España puede verse en Filmin.

Vídeo

Carlos López-Tapia

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