Cine en serie: Margaret Atwood, de la distopía a la analogía

Cine en serie: Margaret Atwood, de la distopía a la analogía

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Querido Teo:

Margaret Atwood llegará este próximo sábado a los 78 años convertida en uno de los personajes del año. La escritora canadiense ha ido atesorando a lo largo de los años prestigio y estatus tanto como novelista como activista pero ha sido este 2017 el que le ha dado una fama que ya no le abandonará en la cultura audiovisual reciente gracias a dos series como “The handmaid´s tale”, ganadora del Emmy a la mejor serie dramática este año, y “Alias Grace”, de reciente estreno en nuestro país a través de Netflix.

Hija de un zoólogo y una nutricionista, Atwood se crió entre bosques (su padre investigaba entomología forestal) y libros siendo los preferidos en su juventud los de misterio y las fábulas de los hermanos Grimm. Licenciada en Filosofía Inglesa por la Victoria University de Toronto en 1961, se ha casado en dos ocasiones y tiene una hija de su segundo matrimonio con el guionista Graeme Gibson. Después de ganar la Medalla E.J. Pratt por su libro de poemas “Double persephone” en 1961, estudió un postgrado en Harvard alternando su vida desde entonces tanto en Toronto como en Nueva York.

MargaretAtwood01Su obra está marcada por dos temáticas, la marginación de la mujer y el contraste social y cultural entre Canadá, Estados Unidos y Europa. Ha sentado cátedra en un libro fundamental de la cultura canadiense como es “Survival: A thematic guide to Canadian literature” (1972), siendo su primera presencia en la pantalla en 1981 cuando escribió un capítulo de la serie “For the record” y se hizo la adaptación ese mismo año de su novela “Surfacing” en la que una joven va en busca junto a sus amigos de su padre desaparecido en una cinta sobre el conflicto entre la tecnología y la naturaleza. Aun así, sus dos obras más reconocidas son “El cuento de la criada”, publicada en 1985 y ganadora del prestigioso Arthur C. Clarke Award que reconoce la mejor literatura fantástica, y “Alias Grace” de 1996 y ganadora del Giller Prize.

Lo que ha sido una literatura de clara vocación feminista y de denuncia, que en algunos casos parecía o bien deudora de otra época o bien proyección de un mundo distópico, se ha convertido en una escalofriante mirada a nuestra realidad y a la percepción de un sexo como el femenino que sigue sufriendo discriminación; desde las ya habituales brechas salariales o la escasa conciliación entre vida y trabajo hasta las abyectas prácticas de abuso de poder que han hecho tambalear los cimientos de la industria de Hollywood, si no a nivel estructural sí por la imagen que ha provocado que a muchos se les haya caído la venda de los ojos tras el sinfín de acusaciones y denuncias en un Hollywood que, cogiendo como simbología la caída del megalómano Weinstein, ha perdido el miedo a hablar y a ser escuchado.

No es casualidad que la literatura de Atwood haya cobrado notoriedad y pertinencia precisamente este año, primero a golpe de calidad televisiva en un momento en el que la casualidad ha hecho que hayan coincidido dos adaptaciones de su obra, segundo por la desesperanza de una USA que ha aupado a Trump al poder y que sigue todavía más desnortada que hace un año en que hubo cambio en la Casa Blanca, y tercero por la gélida constatación de que la mujer sigue siendo para esos dinosaurios convertidos en depredadores sexuales un objeto de deseo al que poseer, cimentando así una escala de poder marcada por la corrupción, la amenaza y la pestilencia en las relaciones humanas que se establecen.

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En “The handmaid´s tale” las imágenes rememoran el momento del cambio moral que conduce violentamente a convertir el país donde transcurre la historia, Estados Unidos, en el sueño de los moralistas más religiosos y conservadores. La vanidad femenina en este nuevo mundo es considerada la gran responsable del deterioro que ha conducido a una sociedad capaz de derrochar hasta la autodestrucción. Y es que en la serie protagonizada por Elisabeth Moss la iconografía visual da una gran rotundidad al mensaje siendo la toca que llevan las mujeres un elemento de sumisión y de segregación; asemejándose a las monjas en su devoción a Dios, aquí representado por un Estado que separa a las esposas de las prostitutas, a las fértiles de las condenadas a vagar hacia su cementerio de elefantes particular.

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De mucho mayor impacto tanto emocional como visual que la primera adaptación de 1990, Atwood tuvo el germen de la idea para su novela cuando visitó los países que estaban más allá del llamado “Telón de Acero” tomando como referencias la historia de la esclavitud tan presente a lo largo de los siglos, el programa Lebbensborn de las SS (a través del cual se pretendía crear una raza aria superior), el robo de niños en Argentina por parte de los generales, la historia de la poligamia en los Estados Unidos, las leyes suntuarias, o la bíblica historia de Jacob, de sus dos esposas y de las criadas de éstas, siendo no sirvientas al uso sino las encargadas de gestar a los hijos.

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Margaret Atwood ha redondeado su gran año en pantalla con el estreno de “Alias Grace” en la que la protagonista narra su historia desde su infancia en Irlanda, sus años de pobreza y marginalidad en Canadá hasta el momento de su condena a los dieciséis años por el asesinato de su señor, Tomas Kinnear, y su enigmática ama de llaves, Nancy Montgomery, en 1943. La novela está narrada por el doctor Simon Jordan, un especialista en enfermedades mentales contratado por un grupo de reformistas y espiritualistas que quieren obtener el indulto de la joven. Basándose en las nuevas técnicas europeas, el joven médico entrevista a la reclusa Grace Marks (mientras es trasladada todos los días para que cosa para la mujer del alcaide de la prisión) con el fin de rescatar de su memoria aquél violento suceso a pesar de que la mente y el juego que establece Grace, de verdades, mentiras, ensoñaciones y voces que le dirigen e influyen, no lo pondrán fácil a la hora de averiguar que hay detrás de la fachada de una, en apariencia, frágil pero desconocida y esquiva joven que esconde más de lo que parece en una perfecta deconstrución de la psique de una víctima del tiempo que le ha tocado vivir o, quien sabe, de una asesina sinuosa. Un retrato de las contradicciones y complejidades de una época en la sociedad del siglo XVIII que ha sido adaptada y producida por Sarah Polley y dirigida por Mary Harron captando la esencia de la época y contribuyendo a la fascinación e intriga que genera en el espectador la figura de Grace, la misma en la que cae el alienista encargado de ir más allá de sus divagaciones, confesiones o medias verdades haciendo valer la presunción de una inocencia que en esta sociedad no se contempla para una mujer.

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“Alias Grace” se sustenta en una trama policial y judicial que fascinó desde el primer momento a Sarah Polley que tenía claro que esta historia tenía que ser convertida en serie y que lleva al espectador por un recorrido de dudas, escasas certezas y deconstrucción psicológica y secuencial tanto de la personalidad de la joven como de lo que pudo ocurrir realmente constantándose también que, siendo una asesina o no, Grace es víctima de un sistema en el que pertenecer a las clases bajas enfanga todavía más, y a ojos de los demás, la figura de cualquier mujer condenada a servir y a parir y, por supuesto, siempre culpable a ojos de la sociedad de cualquier acusación que le imprima un hombre cuyo honor nunca puede ser en entredicho por una mujer. Netflix, tras la estela del éxito de la serie de Hulu, no ha querido tardar más en ofrecer los seis capítulos de una serie que, si bien no es tan rotunda e impecable como la ganadora del Emmy de este año, intriga al espectador con solvencia y maneja la doble moral de su protagonista que ve el mundo que le rodea entre la inocente ignorancia y las heridas emocionales que los demás ya le han imprimido.

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Aun así, estas dos obras, y las que puedan venir en el futuro, siguen incidiendo en la influencia del mensaje de una Margaret Atwood que, tras décadas de carrera, se ha convertido, sin pretenderlo, y debido al descorazonador viraje de los tiempos, en brújula moral y bandera de denuncia de una época mostrada ahora en el formato televisivo convirtiendo en preocupante realidad los peores augurios de su libro en lo referente al recorte de libertades y a la desigualdad de oportunidades. Sea como sea, la popularidad que ha alcanzado su nombre este año, y las dos series que adaptan su obra, son muy representativas del 2017 que da sus últimos coletazos y que ya ha desmontado tantos paradigmas sobre lo que creíamos ya asimilado y superado que no hace más que predecir un panorama lleno de incertidumbres.

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Nacho Gonzalo

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