El “periodo oscuro” de Disney, dragones, motos de luz y ferias terroríficas

El “periodo oscuro” de Disney, dragones, motos de luz y ferias terroríficas

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Querido Teo:

El próximo 5 de Octubre se estrena “Christopher Robin” (2018), el film en acción real de los personajes de los cuentos y películas de Winnie the Pooh, protagonizada por el carismático y siempre efectivo Ewan McGregor y la simpática Hayley Atwell. La cinta es un intento más de la compañía de adaptar sus películas animadas a largometrajes de acción real; una estrategia que se inició inofensivamente en 1994 con la adaptación de la olvidada y solvente “El libro de la selva” de Stephen Sommers. Una estrategia que, en la actualidad, ha perdido esa inocencia y se ha convertido en toda una hoja de ruta a seguir para el Estudio. Un movimiento empresarial que, en los últimos años, ha generado millones de beneficios a The Walt Disney Company y unas críticas muy buenas en la mayoría de los casos.

Aunque esta reformulación de sus clásicos animados y adaptación a acción real es algo muy rentable, su riesgo a nivel creativo es cuestionable, ya que puede verse como un paso sobre seguro y una muestra más de que Disney (y Hollywood en general) no arriesga con productos originales y prefiere seguir apostando más por marcas conocidas e identificables que por otro tipo de largometrajes.

Pero esto no fue siempre así; si algo caracterizó a Walt Disney en vida era su tesón y sus decisiones arriesgadas a nivel creativo. ¿Qué hay más arriesgado que crear el primer largometraje animado de todos los tiempos? A este tipo de decisiones siguieron otras igual o más grandes, “Fantasía” (1941), la primera película concierto que reportó pérdidas a la compañía hasta su muerte, cuando la compañía comenzó una crisis artística y financiera que se fue fraguando poco a poco, dando lugar a lo que se conoce como “el periodo oscuro”. Un periodo caracterizado, principalmente por el querer alejarse por completo de los cuentos de hadas, el aperturismo para desmarcarse del cine infantil y el acercamiento a un cine más oscuro y adulto que dio como resultado auténticos fracasos de taquilla, pero también obras incomprendidas (animadas y de acción real) de un riesgo artístico y creativo como pocas veces se han visto en la compañía.

Con la muerte de Walt Disney en 1966, la empresa se sumergió en una época en la que la todo funcionaba bajo el lema “¿Qué hubiera hecho Walt?”, dando lugar a productos animados y de acción real que seguían el espíritu de su fundador pero empezaban a adolecer de falta de originalidad y gancho. Además, toda la generación de animadores que fundaron el estudio empezó a retirarse, dando lugar a la incorporación de savia nueva. Entre esa savia encontramos nombres como Tim Burton, John Lasseter, Don Bluth o Andreas Deja (considerado uno de los mejores animadores del mundo). Además de todo lo anterior, las películas no reportaban tantos beneficios como se esperaba de ellas y los cambios en la ejecutiva no se hicieron esperar.

En 1978 se nombró a Ron Miller (creador del sello Touchstone y Disney Channel), yerno de Disney, nuevo  presidente de Walt Disney Productions, que era el nombre del Estudio por aquella época. Miller, que posteriormente consiguió el cargo de Director Ejecutivo en 1983, estuvo al frente de la compañía hasta 1984, cuando su primo político, Roy E. Disney, presionó para su destitución con dos ases en la manga llamados Michael Eisner y Jeffrey Katzenberg. Probablemente no se llame “periodo oscuro” solamente por el aspecto artístico de su cine, sino también por todos los entresijos ejecutivos. Sea como fuere, durante los años de liderazgo de Ron Miller, la casa del ratón realizó las mayores rarezas cinematográficas y, todo sea dicho, asumió los mayores riesgos artísticos y financieros. Riesgos que dieron como resultado obras extrañas, melancólicas y, a veces, informes, pero que, vistas con perspectiva, algunas de ellas están llenas de una belleza bizarra.

Ahora, vamos a repasar siete de los títulos más representativos de este “periodo oscuro” bajo el mandato de Ron Miller. Un periodo marcado por la experimentación con los gráficos por ordenador, una nueva generación de animadores, ciencia ficción, querer tener su propia “El exorcista” (1973), dragones, motos de luz, carnavales terroríficos y la secuela oscura de un clásico infantil.

“El abismo negro” (1979). Psicodelia apabullante

“La guerra de las galaxias” (1977) se había convertido en un fenómeno de masas y Disney (que había rechazado financiar la propuesta de George Lucas), al igual que el resto de Estudios de Hollywood que hicieron lo mismo, quería su propia película de ciencia ficción y tener su porción del pastel de un negocio que parecía redondo. Y así es cómo surgió “El abismo negro” (1979). La película fue la primera de la compañía en obtener una calificación no apta para todos los públicos, sin embargo, tampoco es una película para adultos. Es demasiado naif para ser adulta, pero demasiado oscura para ser infantil; lo que se tradujo en un sonado fracaso de taquilla.

La historia de “El abismo negro” gira en torno a la USS Palomino, una nave científica que encuentra en lo profundo del espacio a una nave desaparecida 20 años antes, orbitando cerca de un agujero negro. La tripulación se adentra en la nave para investigar qué pudo pasar años atrás y encuentran al doctor Hans Reinhardt, interpretado por Maximilian Schell, junto a un ejército de robots en cuyo origen se encuentra el misterio de la película. Junto a Schell en el reparto encontramos al oscarizado Ernest Borgnine, Yvete Mimieux, Robert Forster y Anthony Perkins, el inmortal Norman Bates de “Psicosis” (1960).

Dirigida por Gary Nelson, la cinta adolece de una irregularidad narrativa propia de la serie B, decisiones erróneas, acción tosca y una carencia de rumbo bastante grave, que acaba por manifestarse en su delirante y psicodélico desenlace que trata de homenajear a “2001: Una odisea del espacio” (1968). La crítica destrozó la película y fue un estrepitoso fracaso de taquilla, haciendo perder millones a Disney. Obtuvo 2 nominaciones a los Oscar para su fotografía y sus efectos visuales. Con los años, el film ha ido creciendo como objeto de culto entre varios fans. Y si bien es cierto que la cinta es bastante fallida, pueden intuirse sus pretensiones adultas y sus ganas de hacer algo distinto.

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“Los ojos del bosque” (1980). Terror anticlimático

Y si el éxito de “La guerra de las galaxias” (1977) había dado lugar al engranaje que pondría en marcha “El abismo negro” (1979), en este caso fue “El exorcista” (1973) la cinta que dio pie a uno de los proyectos más bizarros de Disney. Una historia que mezcla casas encantadas, con presencias fantasmales, telequinesis, niños que dan grima y extraterrestres. Una amalgama oligofrénica que lleva por título “Los ojos del bosque”.

La primera incursión de Disney en el género de terror consiguió reunir a un director solvente como John Hough y a un reparto encabezado por una Bette Davis en horas bajas que daba vida a la misteriosa Sra. Alywood, una solitaria mujer, cuya hija desapareció en extrañas circunstancias mientras jugaba con unos amigos en una iglesia y que alquilará la casa contigua a la suya a un matrimonio americano y sus dos hijas. Pronto comenzarán las presencias paranormales y los enigmas que desembocarán en un revelador y, cuanto menos, sorprendente final.

Un final que gustó tan poco a las audiencias en el estreno original de la película que, tras tres semanas en cartel y debido a que apenas era comprensible y daba conclusión al conflicto, la cinta fue retirada de los cines y se regrabó su final por completo (aparte del prólogo), tratando de darle más entidad y volviendo a estrenarse en 1981 y convenciendo algo más a la crítica. Un final que, pese a regrabarse, sigue siendo abrupto y anticlimático para una historia que, sobre el papel parecía ser una buena propuesta de terror adulto y que, inexplicablemente, acabó siendo una película de terror para toda la familia. Una película sin forma que ni Bette Davis en su 50º aniversario en la interpretación puede salvar. Un relato torpe y ramplón que, pese a algún buen momento aislado, no funciona en ningún momento. Un desastre con mayúsculas que únicamente recaudó 5 millones de dólares en su estreno americano. Una catástrofe.

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“El dragón del lago de fuego” (1981). Dragones y mazmorras

En una coproducción con Paramount Pictures, quienes ya habían financiado junto a Disney un año antes la bizarra “Popeye” (1980) de Robert Altman con un Robin Williams semi desconocido, se decidió optar por un relato de espadas y hechiceros para tratar de llegar así a un público joven que acababa de vibrar con las aventuras de un tal Indiana Jones en “En busca del arca perdida” (1980), aprovechando el tirón que vivía el cine de aventuras.

Para ello, no se reparó en gastos y se contrató al equipo de efectos especiales que había revolucionado el cine con “La guerra de las galaxias” (1977), capitaneados por Dennis Muren, un maestro de las miniaturas y la animación fotograma a fotograma, que desarrolló una técnica específica para esta película, dando como resultado unos efectos de primera y uno de los dragones más realistas jamás concebidos, que obtuvieron su justa nominación a los Oscar. En la silla del director se sentó Matthew Robbins, que también ejerció de guionista, y en cuyo currículum se encontraban ya “Loca evasión” (1974) y reescrituras de “Encuentros en la tercera fase” (1977).

Junto a un reparto encabezado por Peter MacNicol, en su primera aparición fílmica, Caitlin Clarke y Ralph Richardson, en la piel de un enigmático hechicero, el conjunto está muy influenciado por los escritos de Tolkien. De hecho, mucha de la producción audiovisual de la época está marcada por el acero y la brujería. La película nos narra una historia muy simple de un aprendiz de mago que deberá rescatar a una princesa de las garras de un dragón. Aunque la princesa, lejos de ser la damisela en apuros clásica, mostrará una gran complejidad y muchas aristas, algo de agradecer en este tipo de historias, ya que, pese a ser una película de corte muy simple, se nota un gran trabajo de personajes detrás. El resultado es irregular y alargado hasta el exceso, pero su puesta en escena, ciertas decisiones en la dirección y su acabado visual, convierten al film en una grata experiencia que recaudó unos irrisorios 14 millones de dólares mundiales.

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“Tron” (1982). Adelantarse a su tiempo

Probablemente estemos ante el producto más arriesgado de toda esta época de Disney y ante una nueva forma de hacer y concebir el cine. Un film tan adelantado a su tiempo que su relevancia no se notó hasta casi una década después. La utilización de imágenes creadas por ordenador como elemento de narración. Una película tan importante y visionaria a nivel técnico que sin ella, seguramente, no existiría Pixar y Disney no sería lo que es hoy en día. Una revolución audiovisual que pasó desapercibida en su momento y que, poco a poco, se ha erigido como una de las propuestas más interesantes de Walt Disney Productions.

Dirigida por Steve Lisberger, “Tron” (1982) partió de un empeño personal del propio director y guionista que se fue fraguando poco a poco a partir de la aparición de los primeros videojuegos por parte de compañías como Atari, que dieron un puñetazo sobre la mesa a finales de los 70. Con una tecnología no en pañales, sino inexistente, Lisberger con la ayuda de nombres como Moebius o Donald Kushner, utilizó toda la tecnología a su alcance (ordenadores de 2Mb de RAM) para poner en pie una absoluta proeza visual que es un ejemplo de optimización de recursos y puesta en escena. Una propuesta tan bella e interesante a nivel audiovisual como simple y vacua en su contenido. La historia gira en torno a un diseñador de una gran compañía que es absorbido por el control de la misma (una especie de inteligencia artificial primigenia) y engullido por el mundo digital donde tratará de encontrar, con la ayuda de dos compañeros, los datos digitales que le concediesen la autoría de ciertos diseños robados por el presidente de la compañía.

Sin duda, nos encontramos ante una precursora de cintas como “Terminator” (1984), “Matrix”(1999) u “Origen” (2010), donde inteligencias artificiales y mundos virtuales se dan la mano. Pero no sólo eso, sino que fue fuente de inspiración para muchos creadores que, a partir de ese momento, emprendieron caminos creativos distintos a los establecidos. Con escenas que son ya parte de la Historia del cine (esa carrera de motos de luz es algo que 36 años después sigue dejando asombrado), “Tron” (1982) se erige por derecho propio como la piedra Rosetta de las imágenes generadas por ordenador.

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“El carnaval de las tinieblas” (1983). Something wicked this way comes

Basada en la novela del famosísimo Ray Bradbury titulada “La feria de las tinieblas”, Disney quiso que el propio autor fuera el guionista de su adaptación. Una película de misterio y terror juvenil que, sobre el papel, era bastante más interesante que el producto final. Un producto, que sin ser un desastre, sí adolece de una falta de ritmo y rumbo considerable. Y no es por culpa de su responsable directo, el magnífico director Jack Clayton, sino más bien por una nerviosa Disney que, tras los desastrosos pases de prueba y, casi un año después de que concluyese el rodaje, decidió rodar nuevo material para hacer la cinta más accesible. Algo parecido a lo que sucedió con “Los ojos del bosque” (1980). Y con resultados muy similares.

La historia, una alegoría iniciática, gira en torno a dos muchachos a cuyo pueblo llega una misteriosa feria regentada por el enigmático señor Dark, que tratará de cumplir los deseos más profundos de los pueblerinos por un (no tan) módico precio. Una desasosegante historia con un mensaje triste y taciturno que nos habla de la oscuridad de la vida adulta.

Asustados con lo que tenían entre manos, en Disney decidieron volver a convocar al reparto un año después para grabar nuevas escenas. Escenas fáciles de identificar porque los niños están bastante más crecidos que en las originales y que consisten, básicamente, en escenas “de miedo” metidas con calzador que acaban dando como resultado un conjunto que avanza a trompicones pese a contener un gran puñado de buenas ideas y algunas secuencias de un clasicismo tremendo, gracias al buen hacer de Clayton. Una propuesta que apenas recaudó la mitad de su inversión y que, como casi todos los films de la productora en esa época, produjo enormes pérdidas. Una pena, podríamos estar hablando de algo bastante grande que, por desgracia, se empequeñece en cada visionado.

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“Oz, un mundo fantástico” (1985). Melancólica nana

Casi 50 años después de que se estrenase “El mago de Oz” (1939), Disney pensó que era buena idea estrenar una secuela; así que, basándose en los tres libros siguientes de la saga de Oz escrita por L. Frank Baum, se comenzó el rodaje de esta joya que muy poca gente conoce pero que con los años ha ido ganado una buena legión de fans.

Dirigida por Walter Murch, montador y diseñador de sonido de películas como “La guerra de las galaxias”(1977) o “El paciente inglés” (1996), esta continuación se alejaba totalmente de la musical y colorida versión de 1939 para adentrarse en un mundo más siniestro y oscuro, tocando a veces lo cruel y lo macabro y que, en realidad, es más fiel a las novelas originales que la versión de Judy Garland. Un viaje de iniciación que funciona como perfecta metáfora del paso de niña a mujer con claras influencias de “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll. La película retoma la historia de Dorothy seis meses después de volver de Oz. Cuando cuenta sus aventuras a su familia, nadie la cree y es llevada a una clínica de siniestros métodos para tratar de que recupere la cordura. Durante una tormenta, Dorothy será arrastrada nuevamente a la tierra de Oz, donde reina el caos y la locura y donde su gobernante, el espantapájaros, ha sido secuestrado por el malvado rey Gnomo. Ayudada de nuevos amigos, Dorothy tratará de restaurar el orden en Oz y devolver el esplendor a la Ciudad Esmeralda.

La cinta, como la mayoría de las producciones de este periodo, fue un fracaso de taquilla (recaudando la mitad de lo que había costado) ya que, entre otras cosas, el público interpretó que era demasiado oscura en comparación con el clásico de 1939. Sin embargo, la película posee una riqueza visual, un diseño de personajes y un ritmo bastante firme que no abandona en ningún momento (aunque se adolece en su tercer acto). Su marcado tono bizarro, unido a una dirección artística apabullante, probablemente, compone un cuento para dormir tan lúgubre y melancólico que esconde más madurez de la que a simple vista puede apreciarse. Y así es como nace el cine de culto.

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“Taron y el caldero mágico” (1985). El caldero negro

Y como un fracaso no había sido suficiente, en 1985 la división de animación de Disney, estrenó justo un mes después de “Oz, un mundo fantástico” su largometraje número 25: “Taron y el caldero mágico”.

Basada en el primer libro de la saga de novelas juveniles “Las crónicas de Prydain” (claramente influenciadas por “El señor de los anillos”) de Lloyd Alexander, “Taron y el caldero mágico” (1985) supone el debut de los animadores más jóvenes de la factoría al frente de un largometraje. Para ello no se escatimaron gastos y se decidió rodar la película en Panavisión, algo que no se hacía desde los años cincuenta con “La bella durmiente” (1959). Dicho despliegue de medios se traduce en una animación de primerísima categoría con una fluidez que deja con la boca abierta por la cantidad de detalle y la calidad de sus fondos. Y también se traduce en la película de animación más oscura y tétrica que se haya hecho jamás en Disney y el primer título de animación en no obtener una calificación para todos los públicos.

La historia de “Taron y el caldero mágico” (1985) gira en torno a un joven granjero que tiene que evitar que el poderoso caldero negro, cuyo poder es resucitar a los muertos, caiga en manos del Rey del Mal e impedir que cree un ejército de muertos vivientes para conquistar la tierra Prydain de una vez por todas. Un argumento, sin duda, muy alejado de los clásicos cuentos de hadas a los que nos tenía acostumbrado Disney de los que llevaba una década desmarcándose y que, paradójicamente, serían los que acabarían haciendo resucitar la división de animación.

La salida de Ron Miller como director ejecutivo y la entrada de Michael Eisner y Jeffrey Katzenberg puso fin al conocido como “periodo oscuro” de la compañía. Sin embargo, los proyectos con luz verde y en postproducción continuaron su marcha. Katzenberg, nervioso con el material que tenía entre manos, exigió remontajes y eliminar las secuencias más oscuras y que tenían que ver con el ejército de muertos vivientes. La leyenda cuenta que él mismo, y desoyendo al director y equipo de producción del film, se encerró en la sala de montaje con llave y editó siete minutos de película con sus propias manos. Estas desavenencias ejecutivas dieron como resultado una película con ciertos problemas de ritmo que no fue bien recibida por la crítica y que resultó ser el mayor fracaso de taquilla de la Historia de la animación en Disney, cuyas pérdidas, casi consiguen que el Estudio de animación cerrase sus puertas para siempre. La compañía quiso olvidar tal fracaso y retiró prácticamente todo el merchandising de la película y no se editó en vídeo hasta trece años después de su estreno en salas. Y es una pena, porque es una de las propuestas más interesantes, exuberantes y estimulantes que ha rodado Disney en su larga trayectoria. Una joya por descubrir de una calidad enorme.

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Sr. Finch

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