“El vendedor de tabaco”

“El vendedor de tabaco”

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (1 votos, media: 4,00 de 5)
Cargando…

Deja tu comentario >>

Robert Seethaler es guionista, actor, y escritor reconocido desde que publicó “Toda una vida”, pero antes de su repercusión internacional había escrito esta historia en aquella Viena de los años 30, que combinaba la sofisticación de sus cabarets, sus cafeterías, sus tartas de chocolate, con la pesadilla del racismo y la crueldad indiferente o participativa que destruyó a dos generaciones. Viena sirve también para esta historia emotiva y ejemplar, que protagonizan un chico de pueblo de 17 años, un judío que regenta un estanco y Sigmund Freud, que se librará del nazismo huyendo de su ciudad, gracias al respeto internacional que le dio el psicoanálisis.

Título: “El vendedor de tabaco”

Autor: Robert Seethaler

Editorial: Salamandra

La historia es de una sencillez perturbadora, universal; y en muchos momentos tan enternecedora como intranquilizadora en otros. Franz vive con su madre, joven, viuda y protegida por el tercer hombre más rico de su pueblo. Cuando el hombre muere, la madre de Franz decide enviarlo a la capital, para que trabaje en el estanco de un viejo amigo. Franz es inocente, educado y demostrará que su inexperiencia no cambiará su sentido de lo que es justo y lo que no. El olor de la ciudad es el primer asalto que sufre.

“Cuando finalmente el tren llegó a la estación oeste de Viena, la Westbahnhof, con sólo dos horas de retraso y Franz salió del vestíbulo a la deslumbrante luz del mediodía, hacía tiempo que su leve melancolía se había desvanecido. Se sentía un poco indispuesto y tuvo que apoyarse en la farola de gas más cercana. Lo primero que hago es tambalearme delante de todo el mundo, ¡tiene narices!, se reprochó. Igual que esos veraneantes paliduchos que, año tras año, nada más llegar, acababan tirados en la hierba a orillas del lago con una insolación, y luego eran los alegres lugareños quienes tenían que hacerles volver en sí con un cubo de agua o un par de bofetadas. Se agarró a la farola con más fuerza, cerró los ojos y no se movió hasta que volvió a notar el suelo firme bajo los pies; las manchas rojizas habían desaparecido y poco a poco fueron saliendo de su campo de visión. Cuando volvió a abrir los ojos, soltó una risita asustada. Era impresionante. La ciudad hervía como el guiso de verduras de su madre al fuego. Todo estaba en constante movimiento, hasta los muros, y las calles parecían vivir, respirar, arquearse. Era como si se oyeran los quejidos de los adoquines y el crujido de los ladrillos.

El ruido era omnipresente: una efervescencia constante en el aire, un batiburrillo inconcebible de voces, sonidos y cadencias que surgían, se mezclaban, se solapaban, se elevaban sobre otros y los ahogaban. Y además, la luz. Por todas partes había centelleos, brillos, destellos y luces encendidas: ventanas, espejos, carteles publicitarios, astas de banderas, hebillas de cinturones, cristales de gafas. Los coches pasaban con estrépito. Un camión. Una motocicleta verde libélula. Otro camión. Un tranvía que doblaba una esquina con un sonido estridente. La persiana de una tienda que se abría, portezuelas de vehículos que se cerraban de golpe. Alguien tarareaba los primeros compases de una cancioncilla, pero se interrumpió en pleno estribillo. Alguien maldecía con voz ronca. Una mujer chillaba como una gallina a la que estuvieran matando. Sí, pensó Franz, aturdido, esto es otra cosa. Algo totalmente distinto. En ese momento notó el hedor. Como si algo fermentara por debajo de los adoquines y exhalara por encima los vapores. Olía a aguas residuales, a orina, a perfume barato, a grasa vieja, a goma quemada, a gasolina, a excremento de caballo, a humo de cigarrillos, a alquitrán.

— ¿Se encuentra bien, joven? —Una señora bajita se le había acercado y lo miraba con los ojos enrojecidos. Pese al calor del mediodía, llevaba un abrigo grueso y largo y un gorro desgastado de piel.

— ¡Sí! —se apresuró a responder Franz—. Sólo es que hay mucho ruido. Y huele un poco mal. Probablemente por el canal.

La señora lo señaló con un dedo índice que era como una ramita seca.

—No es el canal lo que huele mal —lo corrigió—. Son los tiempos que corren. Son tiempos podridos. ¡Podridos, depravados, corrompidos!

Al otro lado de la calle pasó un coche de caballos traqueteando y cargado con barriles de cerveza. Un enorme caballo de la raza pinzgauer agitó la cola y dejó caer unas cuantas boñigas, que un niño delgado, que lo seguía con ese cometido, recogió con las manos desnudas y se las guardó en el hato.

— ¿Vienes de lejos? —preguntó la señora bajita.

—De casa.

—Eso es muy lejos. Entonces ¡será mejor que vuelvas ahora mismo! —En el ojo izquierdo se le había reventado una venilla que se extendía en un triángulo rosado. Minúsculas partículas de kohl se le pegaban en las pestañas.

— ¡Qué va! —exclamó Franz—. Ya no hay marcha atrás. Además, uno se acostumbra a todo”.

La historia demostrará que la creencia de Franz no es exacta, que no se acostumbrará, que no será tan indiferente como tantos vieneses, a los acontecimientos que le esperan. Entre ellos le espera también el primer enamoramiento, tan desconcertante e incompresible para él, que acabará sentado en un banco junto a un amante de los puros, un doctor famoso que Franz piensa que puede ayudarle a entender lo que le pasa.

El tercer personaje masculino es el estanquero, un mutilado de guerra, un hombre pacífico, satisfecho y sabio.

“El estanco era minúsculo y estaba abarrotado hasta el techo de periódicos, revistas, libretas, libros, útiles de escritura, cajetillas de cigarrillos, cajas de puros y distintos artículos de fumador y de escritorio, entre otros. Tras el mostrador bajo, entre dos pilas altas de periódicos, había un hombre mayor sentado. Estaba inclinado sobre un archivador y escribía números con esmero y concentración en unas columnas y cuadrículas previstas para ello. En la sala reinaba una tranquilidad apática, sólo se oía el rasgueo de la pluma en el papel. El polvo ondulaba en las escasas y estrechas franjas de luz que entraban, y el aire estaba impregnado de un intenso olor a tabaco, papel y tinta de imprenta.

—Hola, Franz —saludó el hombre, sin alzar la vista de las cifras. Lo dijo en voz baja, pero las palabras sonaron con una nitidez extraordinaria en la estrechez de la estancia.

— ¿Cómo sabe quién soy?

— ¡Porque llevas medio Salzkammergut en los pies! —El hombre señaló con su pluma estilográfica los zapatos de Franz, que tenían terrones de tierra pegados en las punteras.

—Y usted es Otto Trsnjek.

—Exacto.

Otto Trsnjek cerró el archivador con gesto cansado y lo metió en un cajón. Luego se levantó de su butaquita, desapareció con un curioso saltito detrás de una pila de periódicos y salió del mostrador con dos muletas bajo las axilas. Por lo que pudo ver Franz, de la pierna izquierda sólo le quedaba la mitad del muslo. La pernera del pantalón estaba cosida por debajo del muñón y se balanceaba con cada movimiento. Otto levantó una muleta y señaló con un movimiento circular, casi cariñoso, el surtido de artículos del local.

—Y éstos son mis conocidos. Mis amigos. Mi familia. Me gustaría quedármelos todos. —Apoyó la muleta contra el mostrador y acarició con suavidad las portadas coloridas que brillaban en una estantería—. Pero todas las semanas los entrego, todos los días, a cualquier hora, desde que abro hasta que cierro la tienda. ¿Y sabes por qué? —Franz no lo sabía.

—Porque soy estanquero. Porque quiero ser estanquero. Y porque siempre seré estanquero. Hasta que no pueda más. Hasta que Dios Nuestro Señor baje la persiana. ¡Así de simple!

—Ya —dijo Franz.

Y luego introdujo a su aprendiz en los secretos de la vida de un vendedor de prensa y tabaco.

El lugar habitual de trabajo de Franz sería un taburete al lado de la entrada. Tendría que sentarse ahí tranquilamente cuando no hubiera nada más urgente que hacer, sin hablar, a esperar instrucciones y, entretanto, hacer algo para ensanchar su horizonte mental, a saber: leer periódicos. La lectura de la prensa era de hecho lo único importante, lo único significativo y relevante en la existencia del estanquero: no leer la prensa significaba no ser estanquero, por no decir no ser persona. Sin embargo, con leer la prensa como era debido no se refería a hojear y pasar las páginas de uno o tal vez dos diarios insignificantes. Una lectura adecuada de la prensa que nutriera mente y horizontes en igual medida implicaba todos los periódicos existentes en el mercado —y, por tanto, también en el estanco—, de la primera a la última página, sí, en gran parte y en especial: titulares, editoriales, las columnas más importantes y los comentarios más destacados, así como las notas más interesantes de las secciones de política —nacional e internacional—, local, economía, ciencia, deporte, cultura, sociedad, etcétera. El negocio de la prensa constituía, como era bien sabido, el negocio principal de cualquier estanco serio, y los clientes, o sea, los compradores de prensa, querían —siempre que no se tratase de los lectores habituales de determinada publicación por adhesión intelectual, emocional o política— que los estanqueros les aconsejaran, informaran y, si era necesario, hicieran hincapié con delicadeza o insistente bondad, los guiaran, a clientes, lectores, compradores de prensa, hasta el periódico adecuado para ese día, esa hora y el eventual estado de ánimo en que se encontraran. ¿Lo había entendido bien?, Franz asintió”.

Leedlo. Satisfacción garantizada. Dentro tiene una buena película, de las que dejan un poso delicado de dolor, y también de esperanza en que sobrevivan los Franz de nuestro mundo.

Carlos López-Tapia

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

  • Nombre
  • Correo Electronico
  • Comentario